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Tribuna libre / OPINIÓN

Lecciones del post-confinamiento: una guía para afrontar nuevas oleadas del coronavirus

13/07/2020 - 

Una vez finalizado el periodo de confinamiento, parece el momento adecuado para analizar los cambios que se han producido como consecuencia de este largo periodo y, sobre todo, para prever cual es el futuro a corto plazo que nos espera y como se puede abordar el control de la enfermedad en un contexto en el cual parece muy posible la llegada de nuevas oleadas. La vuelta a la cotidianidad constituye una oportunidad de gran valor para poder comprender y dibujar la dinámica de transmisión del virus y, de esta forma, poder diseñar estrategias de control más efectivas que permitan minimizar las consecuencias de una nueva epidemia. Durante el periodo más agudo de la pandemia, la magnitud alcanzada por ésta y la masiva aparición de casos hizo casi imposible determinar con exactitud el origen y la trazabilidad de los mismos y, por tanto, definir las rutas de transmisión que el virus siguió hasta llegar a originar una auténtica pandemia.

Hasta el fin del confinamiento, se desarrollaron numerosas hipótesis y, asimismo, se emitieron muchas opiniones en torno a las condiciones requeridas para la transmisión del virus. Muchas de estas hipótesis y opiniones han sido confusas e, incluso, contradictorias. Sin embargo, tras el periodo de confinamiento el número de nuevos casos ha disminuido significativamente y esto facilita el seguimiento de los nuevos casos y permite una mejor comprensión de las verdaderas condiciones que favorecen la transmisión del virus en el seno de una comunidad.

En este sentido, la secuencia de eventos que estamos observando en el post-confinamiento está poniendo en valor el denominado factor de dispersión del virus o factor k que, previamente, había sido bastante olvidado. Este factor da una idea de la capacidad que tiene un patógeno de dispersarse y describe cómo se ramifican los contagios. Un valor bajo de este factor implicaría que una sola persona o unas pocas personas son las responsables del contagio de la mayor parte de los nuevos casos o, lo que es prácticamente sinónimo, las nuevas infecciones se distribuyen de forma focal a causa del contacto, en determinadas condiciones, de un número bajo de infectados con muchos individuos susceptibles. En el caso concreto de SARS-CoV-2, los datos disponibles sugieren un valor del factor k de 0.1, lo cual implica que, de manera aproximada, el 10% de los contagiados son los causantes de, al menos, el 80% de nuevos contagios. Este hecho, era difícil de vislumbrar en el momento más agudo de la pandemia por la gran cantidad de casos que aparecían a diario. Sin embargo, pone de manifiesto que la trasmisión comunitaria es, probablemente, baja y la mayoría de nuevos casos se asocian a espacios donde convive un numero alto de personas entre las que hay algún infectado.

Foto: CARLOS CASTRO/EP

Otro aspecto trascendente es el hecho de que el virus parece diseminarse preferentemente a través de aerosoles. La transmisión a través de aerosoles implica que el virus se mezcla con gotas de pequeñísimo tamaño que quedan flotando un cierto tiempo en el aire. Esto hace que, en un espacio cerrado, el inóculo viral se vaya acumulando de forma progresiva ante la ausencia de ventilación y la presencia de personas infectadas en el interior y, este acúmulo, incremente significativamente la posibilidad de contagio por inhalación a las personas susceptibles que compartan este espacio.

Las primeras semanas del periodo post-confinamiento se están caracterizando por la aparición de numerosos brotes que siguen, todos ellos, un patrón común bastante alejado del concepto que teníamos al principio de la pandemia y totalmente compatible con los parámetros que acabamos de describir. Los brotes se están produciendo en espacios cerrados, en los que convive una cantidad elevada de gente y se dan unas condiciones de temperatura y escasa ventilación que favorecen la trasmisión del virus. Los principales brotes, se han dado en industrias cárnicas, hortofrutícolas o fiestas multitudinarias donde se dan las condiciones descritas anteriormente. Todo esto sugiere que la transmisión ocurre fundamentalmente en espacios en los que se cumplen una serie de condiciones: (i) son espacios cerrados y poco ventilados; (ii) son espacios en los que coexisten personas infectadas y no infectadas; y (iii) son espacios en los que la gente permanece un elevado espacio de tiempo, lo que incrementa significativamente las posibilidades de infección.

De hecho, si hacemos un análisis retrospectivo de lo ocurrido durante la pandemia, se puede comprobar que los colectivos más afectados fueron ancianos que vivían en centros para la tercera edad (el 71% de los fallecidos pertenecen a este colectivo) y sanitarios que han convivido en hospitales con enfermos de covid-19. Esto confirma la trascendencia de este tipo  de espacios en la diseminación de la infección. Estos hechos, nos ofrecen una imagen más real de las rutas de transmisión del virus que puede resultar muy útil para diseñar estrategias para evitar nuevas oleadas a la vuelta del verano cuando, previsiblemente, se vuelva a hacer un mayor uso de espacios cerrados.

Ante la posibilidad de una nueva oleada de covid-19, uno de los debates que, con mayor intensidad, se está manteniendo en este periodo post-confinamiento, es el relativo a la posible inmunidad adquirida en aquellos individuos que han sufrido la infección. El contenido de estos debates está basándose, exclusivamente, en la presencia de anticuerpos, especialmente inmunoglobulina G o IgG, y su errónea identificación con un supuesto estado de inmunidad. De hecho, los últimos datos aportados por el gobierno hablan de un 14% de seronegativización en individuos que previamente presentaban IgG en suero, lo cual se ha como considerado un dato negativo por su posible repercusión en la denominada inmunidad de grupo. Sin embargo, estos debates están resultando estériles debido a la desacertada consideración de que la protección frente a nuevos contactos con el coronavirus dependerá de estos niveles séricos de anticuerpos. Los anticuerpos que se están detectando actualmente son, mayoritariamente, anticuerpos residuales producidos como consecuencia de la primera infección y cuyo papel protector en futuros contactos individuales con el virus es, a buen seguro, muy limitado.

Foto: CARLOS CASTRO/EP

La posible resistencia frente a nuevas infecciones por a SARS-CoV-2 se basará en la denominada inmunidad adquirida. Este estado de inmunidad se alcanza, en ocasiones, tras la exposición a un determinado patógeno (en este caso a SARS-CoV-2) y dota al organismo de capacidad para recordar al patógeno, respondiendo de manera más potente cada vez que el patógeno es reencontrado. El desarrollo de inmunidad adquirida depende de la generación, tras la primera infección, de las denominadas células de memoria. Estas células sobreviven durante periodos de tiempo largos y son las responsables de proteger al individuo frente a una nueva infección, bien sea a través de nuevos anticuerpos o de otros mecanismos de los que el sistema inmunitario dispone.

Probablemente, la causa de esta confusión sea de carácter exclusivamente técnico y, probablemente, de una inadecuada difusión y/o interpretación de datos epidemiológicos y clínicos. La obtención de datos relativos a las respuestas celulares es un proceso laborioso, caro e, incluso, requiere de tomas de muestra invasivas, lo que hace que no se utilice cuando se analizan poblaciones de gran tamaño. En cambio, la detección de datos relativos a los niveles de anticuerpos es muy sencillo y rápido siendo suficiente, en muchas ocasiones, una simple punción digital. Es por ello, que estos niveles de anticuerpos se utilizan en encuestas epidemiológicas como un indicador aproximado del porcentaje de una población que ha sufrido la infección y que podría ser inmune frente a ella. Sin embargo, no debe olvidarse que esto es simplemente un marcador epidemiológico fácil de detectar y, en ningún caso, es sinónimo de inmunidad. La protección de un individuo frente a nuevas infecciones va a depender de la presencia de células de memoria y, en ningún caso, de los niveles de IgG residuales que se puedan detectar en suero. Un hecho muy significativo en este sentido es que, a pesar de que ya sabemos que los niveles de IgG decaen con el tiempo, aún no se ha reportado ningún caso de infección secundaria por SARS-CoV-2. Este hecho sugiere, aunque de forma preliminar, que la infección genera un cierto grado de inmunidad, independientemente de la presencia de anticuerpos en suero.

A pesar de que el periodo post-confinamiento está resultando más agitado de lo que cabría esperar a causa de la continua aparición de nuevos brotes, esta etapa nos está permitiendo vislumbrar con mayor claridad los puntos débiles de nuestro sistema social que están facilitando la trasmisión del virus. Está nueva visión, junto con la posible inmunidad adquirida en un sector de la población y el eventual desarrollo de nuevas estrategias terapéuticas, deben ser herramientas clave en el control de nuevas oleadas provocadas por este virus.

Rafael Toledo Navarro es catedrático de Parasitología de la Universitat de València

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