Este sitio web hace uso de cookies con la finalidad de recopilar datos estadísticos anónimos de uso de la web, así como la mejora del funcionamiento y personalización de la experiencia de navegación del usuario. Política de Cookies Aceptar

NOSTRADAMUS YA LO SABÍA / OPINIÓN

Si las cifras no hablan, ¿qué culpa tengo yo?

Foto: EUROPA PRESS/J. Hellín. POOL

La respuesta social de las medidas preventivas contra la pandemia es la misma que reciben los estudios para atajar problemas en el mundo no occidental o cualquier campaña de salud pública que prive del tabaco, el alcohol, torrarse al sol o disfrutar del sexo libre de anticonceptivos. No lo confunda con la apatía. Es la sociedad del miedo en estado puro.

25/01/2021 - 

Por la condición de cambiar la piel, la serpiente simboliza desde tiempo inmemorial a lo que rejuvenece y cura, además de lo que ahuyenta las enfermedades, acapara poder y despierta la libido. Pero la dualidad de la muda la torna a su vez en icono de destrucción. Esas atribuciones ancestrales la convirtieron en parte de la imagenería médica, no por el miedo que puede suscitar avistar una bata blanca, sino como animal de frontera entre vida y muerte, lo terrenal y lo subterráneo. El emblema de la Organización Mundial de la Salud y de diversas sociedades médicas, el ofidio enroscado a un bastón, único derivado de árbol sagrado que denota asistencia --frente a la sumisión del mazo, la batuta y el cetro--, proviene de la antigua Grecia, de la historia de Asclepio, cuyo nombre sugiere “para con los que sufren”, hoy traducido como “darle al like”. Bien lo sabe la enfermera Eva Martín, autora de los mejores hilos tuiteros sobre la sobrecarga física y emocional del personal sanitario frente a quienes los números de la pandemia nos les impide la juerga o quienes sienten los colores de la bandera administrándose vacunas ajenas.

Descendiente de Apolo, el médico de los dioses, y la mortal e infiel Coronis, y discípulo del centauro prudente Quirón, este nieto de Zeus no gozaría un respiro liberador como Anthony Fauci, el epidemiólogo sufrido de nuestra era, que ahora sin Trump se las promete felices para hablar del coronavirus con base en la ciencia. Su abuelo lo fulminó con un rayo, como esos que dejan serpientes de arena (fulguritas), bellas y vacuas, al impactar en la playa o en el desierto. Era la sentencia a la queja interpuesta contra él por Hades, siempre dando por saco, por hacer su trabajo, arrebatarle súbditos al inframundo. Así de bien pagada ha estado siempre la profesión médica, que nunca puede llegar tarde como el derecho. A Asclepio no le aplaudieron los balcones, pero al menos le levantaron templos curativos como el Asclepion de Pérgamo, primitivo hospital para enfermos mentales, que ya contaban con accesos para las personas con diversidad funcional, según las investigaciones más recientes. Ve usted, no todo era como Plutarco contaba sobre el monte Taigeto, el ecoparque espartano para los no válidos.

Anthony Fauci. Foto: AL DRAGO - POOL/ ZUMA PRESS

Entre mitología y datos, los cuentos calan más que los recuentos. Pregúnteselo a las serpientes, la fauna que más falsas creencias ha desatado a lo largo de la historia. Las hay con pelo, las que clavan la cabeza en el suelo y dan latigazos, las que hipnotizan a sus presas con la mirada o las que “pican” con la lengua. La culebra bastarda, la popular “bicha”, inspira una de las leyendas ibéricas más arraigadas, la de la serpiente que bebe del seno de la mujer lactante cuando se queda dormida. ¿Recuerda Mazurca para dos muertos, de Camilo J. Cela? Que las culebras maman es tan cierto como que sus mordeduras se solucionan emulando a los héroes de western, succionando el veneno para luego escupirlo. Pero, pese a saber que la mayor parte son inofensivas, apenas cinco especies de la península son venenosas y menos de un 1% de las mordeduras a humanos entre 1997 y 2006 fueron fatales, las serpientes no caen en gracia.

Como el común de los mortales no empatizamos con estos reptiles, nos pasan desapercibidos estudios internacionales como en el que participa el Instituto de Biomedicina de Valencia, portada reciente de Sciencesobre el uso del veneno de algunas cobras escupidoras como defensa y no solo para la caza, gracias a las fosfolipasas, toxina que provoca graves daños en el ojo y hasta ceguera en los potenciales depredadores, como los recuentos diarios del coronavirus dejan ciegos a los teufeurs, que confunden movimiento partisano con free parties para resistirse al semiconfinamiento.

"La pandemia es mucho más que un recuento diario. Pero no culpemos a las cifras. Los datos hablan, y mucho. El problema es nuestro, que no entendemos su idioma"

“¿Todo eso, para qué sirve?”, la gran pregunta a la ciencia de todos los tiempos. Además de indagar el origen de la función defensiva en relación con la evolución de nuestros ancestros, como si fuera la carrera de la vacuna contra la covid, donde las serpientes desarrollaron la habilidad de escupir un veneno más tóxico y los humanos un ojo más avispado para eludir el peligro, la investigación pretende desarrollar mejores remedios contra estos venenos, cuyas víctimas suelen ser campesinos y niños en entornos rurales de las zonas que dan de comer al mundo rico. Las cifras son bien reales como preocupantes. Según la OMS, cada año se producen entre 1,8 y 2,7 millones envenenamientos provocados por serpientes, sobre todo en África, Asia y Latinoamérica, lo que supone entre 81.410 y 137.880 muertes, y el triple de amputaciones y discapacidades permanentes, que condenan a víctimas y familiares a la marginación social y a la pobreza.

“¿Y qué culpa tengo yo?” es la respuesta social no solo para las medidas preventivas contra la pandemia, también para los estudios para atajar problemas en el mundo no occidental y cualquier campaña de salud que prive del tabaco, el alcohol, torrarse al sol o disfrutar del sexo libre de anticonceptivos. No lo confunda con la apatía. Es la sociedad del miedo en estado puro, la que describe Heinz Bude, sociólogo alemán menos famoso que su difunto colega Ulrich Beck, que le llevó la delantera con su sociedad del riesgo. Nuestra falta de perspectivas y ausencia de esperanzas de mejora hacen que Bude sostenga que mucha gente ya no tenga una promesa en la que creer y que ha sido sustituida por el miedo. “Cada uno está solo y es responsable de sí mismo”.

Táctica del miedo y cultura científica, aliados limitados

La agencia Reuters se refería hace unos días a España en una crónica con el demoledor titular “Los españoles se vuelven insensibles a las muertes por coronavirus, advierte una enfermera”. La sanitaria es Mar Vega, supervisora de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Sant Pau de Barcelona, quien no dijo nada nuevo, pero resumió la situación a la perfección: “En las noticias siguen diciendo 300, 400, muertes al día y parece que no están hablando de nada”. Si España es la nueva Suecia, lo dejamos a los politólogos y expertos en comunicación política. De lo que no queda duda es que la gravedad de la tercera ola, y la indignación sobre la insensibilidad de los irresponsables (particulares o públicos), encumbra dos mantras cargados de buena voluntad, dos viejos conocidos para la medicina preventiva desde hace 30 años: informar y elaborar campañas mostrando la pandemia con la máxima crudeza de los hospitales y los pacientes, y promover la cultura científica.

Salvo en conductas de bajo riesgo, como dejarse ver más por el dentista, la táctica del miedo funciona poco. Si un anuncio evoca una fuerte reacción emocional, algunas investigaciones muestran que, por ejemplo, los adolescentes no cambian su comportamiento como respuesta, porque rara vez relacionan el mensaje del anuncio con sus circunstancias personales, y aún más, los escenarios de terror les hace desconectar. Sin embargo, la comunidad científica no se pone de acuerdo. Así lo discuten otros estudios que concluyen que una ética de la salud pública que priorice el bienestar de la población, en contraste con el enfoque bioético en la autonomía, proporciona una garantía moral para que las poblaciones comprendan los riesgos para la salud en sus entrañas.

Foto: HENADZ ZHINKOV/XINHUA NEWS

Además de la controversia del miedo, la promoción de la alfabetización científica se justifica no solo para mejorar la comprensión hacia el mundo de la investigación y combatir las pseudociencias, sino también para percibir mejor el riesgo. Pues ni lo uno ni lo otro cuenta con tantos indicios, como me señalaba no hace mucho un lujo de lector, Manuel F. Herrador. Aunque el aforismo diga “conocer la ciencia es amarla”, y a pesar de que toda la literatura dedicada a la gestión del riesgo defienda la confianza como el capital para el buen funcionamiento de una sociedad, algunos estudios invitan a dar un paso más, promover la crítica en la enseñanza y comunicación de la ciencia, basados en el análisis de la población que ve tanto beneficios como riesgos en los avances científicos y tecnológicos, llamados también los “procientíficos moderados”.

Lo que está claro es que la pandemia es mucho más que un recuento diario. Pero no culpemos a las cifras, porque los datos hablan, y mucho. El problema es nuestro, que no entendemos su idioma. Cuando hay números y personas de por medio, siempre me acuerdo del estadístico José E. Vila, y de sus insistentes y certeros mensajes: nuestro sistema educativo no forma personas que sepan leer las historias que cuentan los datos; los medios suelen informar con datos fuera de su contexto; un dato aislado no sirve para nada; el problema no son los datos de las encuestas, sino cómo los interpretan y los usan periodistas y políticos; el problema de un dato fiable es que es más caro y lento de obtener que un dato menos fiable. Ximo, Mónica y Rubén, tomen nota, que aún estamos a tiempo.

Noticias relacionadas

next