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el tintero / OPINIÓN

Sin vergüenza

Uno ya no sabe cómo reaccionar ante la cascada de noticias que genera el nuevo gobierno o quizá es más apropiado empezar a llamarlo nuevo régimen. Desde los más de veinte ministerios, a los nombramientos de familiares, amigos y sobre todo acólitos

15/01/2020 - 

La capacidad de sorpresa empieza a anularse, por un lado, porque las personas normales no pueden dedicar su vida a seguir las tropelías y barrabasadas que cometen los políticos y por otro, por la imposición de una moral totalitaria y supuestamente correcta que sólo posee la izquierda política. Da igual lo que hagan y digan, siempre es aceptable, entendible y comprensible, siempre. Y sino, el mal demócrata, el intolerante y cómo no, el facha eres tú, que te atreves a criticar. ¿Se imaginan un presidente del PP, no digamos de Vox, o si quieren de Ciudadanos, que hubiera dicho y hecho lo mismo que Sánchez en el último mes y medio? Si al partido del malogrado Albert Rivera se le bautizó de veleta por modular su mensaje y acercarse a la socialdemocracia en busca del centro político, siempre considerado como la meta de todo gran partido, ¿qué es Sánchez, un camaleón, un trilero, un embustero, un mentiroso compulsivo? 

El abogado del estado en excedencia y actual diputado de Ciudadanos, Edmundo Bal escribe en una reciente columna: “sin ningún pudor se nombra a una diputada electa por el PSOE al frente de una institución esencial del Estado como es la Fiscalía.” Así lo manifiestan profesionales del mundo de la judicatura y cualquier observador de la realidad medianamente informado. El nombramiento de Dolores Delgado es una muestra más de la falta de vergüenza, del más mínimo decoro, de la sensación de impunidad ante cualquier decisión porque la mayoría de medios sino aplauden, callan y silencian noticias que con un gobierno de centro derecha serían un escándalo nacional. Esta falta de equilibrio y de ejercicio de contrapoder es lo que pone en jaque la democracia. 

Todos hemos oído las auténticas barbaridades pronunciadas por algunos de los actuales ministros, por la propia Fiscal General del Estado en sus conversaciones filtradas por el sabelotodo Villarejo. Afirmaciones que no resistirían ni un minuto en boca de cualquier funcionario público, siquiera un simple becario de la administración, no digamos en un directivo del sector privado. Y son esas mismas personas quienes van a ostentar los más altos cargos en la estructura de un estado que denominamos democrático y de derecho. Esto sería un asunto que habría sacado ya a la gente a manifestarse si lo estuviera cometiendo un gobierno de coalición entre el PP y Vox, pero hay una peligrosa y amenazante tolerancia y en muchos casos benevolencia con cualquier decisión que provenga de una izquierda comunista o de partidos independentistas.

La realidad empieza a tomar los peores derroteros posibles, si bien muchos confían en ganarse el pan como sea, sin pensar en la pérdida de libertades reales y de democracia. Todos los puntos del totalitarismo se van cumpliendo como marca el guion prestablecido, lo primero tras hacer un PSOE a la medida de su presidente para que la razonable oposición interna ante decisiones más que cuestionables quedara eliminada, es controlar el poder judicial, colocar a personas de la máxima confianza del líder supremo para desactivar la independencia del poder que puede garantizar el estado de derecho y el cumplimiento de las normas de convivencia. 

La historia nos enseña que muchos de los errores que podemos cometer, ya sucedieron en otro momento, y la idea utópica de un régimen socialista tildado por una serie de sustantivos y adjetivos de apariencia bondadosa es una fatalidad para el conjunto de la sociedad. Cualquier parecido con el Frente Popular de este nuevo gobierno es pura estrategia, un plagio de todo lo que creíamos extinguido en la segunda década del siglo XXI, la mejor prueba es repasar textos y discursos de hace un siglo que parecen escritos viendo la realidad actual. Se abre una etapa muy compleja principalmente por el adormecimiento de una gran masa social que pese a no querer ni creer en la ideología comunista se ve abocada a padecer unos gobernantes soberbios, un estado omnipresente y controlador y unos medios serviles. 

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