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crítica de cine

'Utoya, 22 de julio': en el seno de la matanza

19/07/2019 - 

VALÈNCIA. Se trata de una de las tragedias más escalofriantes de los últimos tiempos. El 22 de julio de 2011, cientos de adolescentes estaban reunidos en un campamento adscrito al Partido Laborista de Noruega cuando llegó un joven y comenzó a disparar contra todos de manera indiscriminada. Se llamaba Anders Behring Breivik y antes había puesto un coche bomba en una de las sedes institucionales desatando el pánico en la capital. Pero lo que pasó en la isla de Utøya adquirió una dimensión diferente por la crueldad y la sangre fría con la que actuó este hombre de ideología fascista que disparó y asesinó a más de setenta personas como si se tratase de una ejecución. Jamás se arrepintió y en el juicio declaró que lo volvería a hacer si pudiera.  

Este acontecimiento puso de manifiesto hasta qué punto el discurso del odio de la ultraderecha podía desatar la violencia en un momento de extrema delicadeza dentro de una Europa cada vez más polarizada y en la que el alzamiento del extremismo radical demostraba hasta qué punto podían ser terribles las consecuencias.

Los hechos han sido analizados en documentales y en dos películas de ficción. Una de ellas es el original de Netflix 22 de Julio, de Paul Greengrass, presentada en el pasado Festival de Venecia. La otra, Utoya, 22 de Julio, de Erik Pope, que se pudo ver un poco antes en la Berlinale. El mismo suceso narrado desde dos perspectivas totalmente diferentes. A Greengrass no le interesaba tanto la matanza como las consecuencias y dedicaba una parte fundamental de la trama a analizar la figura del terrorista, convirtiéndose en una película más política, pero no por ello más reflexiva, sino que se acerca en algunos momentos al docudrama a través de un punto de vista cercano al telefilme.

En cambio, la propuesta de Erik Pope se convierte en toda una lección de ejercicio de estilo tan rotunda como precisa y que contiene multitud de hallazgos desde la ejecución de la brillante idea de base hasta la plasmación del miedo en una situación de caos y violencia extrema en la que no solo domina el pavor y el espíritu de supervivencia, sino la solidaridad ante aquellos que se encuentran en la misma situación.

A Pope sí le interesa el atentado, de hecho, la película comienza prácticamente con el primer disparo y termina con el último. Se trata de una recreación en tiempo real y rodada a través de un único plano de lo que ocurrió en ese campamento de verano convertido en una ratonera visto a través de los ojos de una joven llamada Kaja (la estupenda debutante Andrea Berntzen) que busca a su hermana en medio de la confusión de todo lo que está ocurriendo mientras no solo intenta escapar ella misma, sino que se dedica a ayudar a sus compañeros cuando caen heridos o entran en pánico. Precisamente es esta sensación, el pánico, la que se adueña de cada uno de los fotogramas. La angustia, la confusión, la incomprensión, el terror más salvaje y la impresión de estar metidos en el interior de una pesadilla.

La figura de Anders Behring Breivik en este caso se convierte en una sombra que tan solo aparece fugazmente por la pantalla mientras que los disparos de su metralleta sí que adquieren una presencia sonora constante y aterradora. La cámara se sitúa siempre a la altura de los ojos de Kaja y la acompaña en su desesperado itinerario lo que contribuye a generar una experiencia inmersiva en el espectador. Por eso, quizás la película sea todavía más incómoda de ver, porque no se produce una distancia, es como si lo estuvieras viviendo, sin filtros ni trampas, y lo que es más importante, sin tendencia al subrayado o al sensacionalismo. Es una cuestión de experiencia y el resultado deja irremediablemente en estado de shock por su visceralidad, aunque en ningún momento veamos en la pantalla representada las consecuencias de la violencia de manera explícita. No hace falta, todo se intuye y resulta suficiente para abarcar el horror en todas sus dimensiones.

Resulta curioso que la anterior película de Erik Pope fuera el drama histórico-bélico muy académico La decisión del rey (2016) ambientado en la II Guerra Mundial que narraba la disyuntiva del monarca a la hora de luchar o no contra Hitler. Aunque Utoya. 22 de Julio y La decisión del rey no tengan absolutamente nada qué ver, ahí está presente la muerte y la destrucción en ambas, así como un acercamiento similar a los protagonistas a través del intento de introducirse en su pensamiento. Sin embargo, en lo que una era digresión y escaso pulso narrativo, en Utoya. 22 de Julio se convierte en una lección de ritmo, de precisión y de contundencia.

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