ELS QUATRE CANTONS / OPINIÓN

Verdades pandémicas y mentiras blancas como la Navidad

10/01/2021 - 

Al final de toda esta historia, cuando la crisis social, económica y sobre todo sanitaria que nos ha traído la pandemia de covid-19 pase y analicemos en retrospectiva cómo se ha afrontado la situación, es muy posible que lo que mejor explique esta época sea cómo los poderes públicos han tendido a tratar a los ciudadanos como a niños pequeños a los que hay que vender pequeñas ilusiones para que sean felices en su bendita e ingenua ignorancia… y den poco la tabarra mientras las cosas, mal que bien, van tirando. O no, en ocasiones. Pero eso es casi lo de menos. Lo importante es… ¡que no molesten!

No es que no nos lo merezcamos, a veces. Basta ver el éxito de crítica y público de la Operación “Salvemos la Navidad”, con partitura compuesta por el gobierno español pero interpretada con devoción por todos los gobiernos autonómicos. Algunos, por cierto, como el valenciano, demostrando un especial virtuosismo en eso de alentar sin demasiado disimulo el consumo y las celebraciones, los reencuentros y las reuniones familiares en un allegro navideño ma non troppo que gran parte de la población ha entendido a la perfección y acompañado con palmas, botellones, fiestas más allá de lo permitido e incluso la celebrada llegada a una región supuestamente confinada de seres queridos o celebrities, porque siempre habrá alguna razón de cuidados o laboral a la que agarrarse para sortear la normativa.

Los resultados, a la vista están, son unos números de nuevos casos, muertes y saturación hospitalaria terroríficos no sólo en términos absolutos (más de 6.000 nuevos contagios diarios) sino porque está claro que son el necesario punto de partida para una explosión de contagios que nos va a llevar a una muy preocupante “tercera ola” que se puede además ver agravada por la mayor transmisibilidad de nuevas cepas que ya han provocado una situación de gravísima emergencia sanitaria en el Reino Unido y la llegada de lo peor del invierno. ¡Pero a una sociedad infantilizada los poderes públicos no se atreven a quitarle su “Tardevieja” así como así! Que una cosa es aguantar que mueran varios centenares de personas al día en España -un centenar prácticamente ya diario sólo en la Comunitat Valenciana, donde la fiesta, como es sabido, no se acaba nunca-, que entre todos los sobrellevamos, y otra bien distinta quedarnos sin “fiestuki”. Eso, ni pensarlo, no vayamos a hacer pucheros todos y, encima, a darle un disgusto enorme a la patronal hostelera que tanto vela por nuestro bienestar social y económico.

En definitiva, una sociedad infantilizada -siendo este comentario un poco injusto para con los niños, que en general, y desde que tienen la edad mínima que permite cierto control de esfínteres y, a partir de ahí, un mínimo aprendizaje de que a veces uno tiene que hacer esfuerzos de contención en esta vida, están demostrando una mayor capacidad para controlarse y comportarse que los adultos- está recibiendo el trato que parece demandar por parte de sus gobernantes. Así, las autoridades públicas siguen considerando normal no proporcionar la mínima información exigible con los datos en bruto debidamente actualizados a tiempo -pasados 9 meses hay que entender que esta situación empieza a ser, incluso en este país, más una decisión consciente que mera incompetencia-, ni se dignan explicar las razones que hay detrás de la mayor parte de sus decisiones, ni publican la composición e informes de los consejos asesores a partir de los que éstas son adoptadas para que puedan ser analizadas de forma rigurosa, ni nada de nada… Y, por supuesto, cuando se ponen mal dadas, la solución es siempre el recurso a estados de alarma, multas y militarización.

Sin embargo, entre tanta mentira blanca y piadoso fingimiento, algunas realidades van emergiendo como insoslayable reflejo de la realidad de la gestión de la pandemia llevada a cabo por las autoridades españolas y valencianas. Conviene empezar a asumirlas, al menos, para saber dónde estamos. No todas ellas, además, tienen por qué ser malas aproximaciones o decisiones criticables. Pero sería un detalle que se nos explicaran, se nos contara la verdad y que ello permitiera un cierto debate entre todos sobre si son las salidas más adecuadas o no, así como si necesitarían ser completadas con medidas coherentes con esa aproximación -de protección o reparto a partir de los costes que estas concretas decisiones asumen o provocan-:

1. La gestión que se ha decidido hacer se basa, como explicamos no hace mucho, en ir “bailando” con el virus, asumiendo que no compensa hacer el esfuerzo que requeriría erradicarlo, al menos mientras sea posible una gestión de sus consecuencias meramente de tipo sanitario. Esto es, y por expresarlo con cierta crudeza, que no sólo se trataba de “salvar la navidad”. También hay que salvar las rebajas, los bares y todo lo posible con un único límite: que el sistema de salud y los hospitales no acaben totalmente desbordados apilando muertos por imposibilidad efectiva de dar tratamiento a los pacientes. Ésa es la verdad de la decisión que hemos tomado como sociedad sobre cómo gestionar la pandemia durante este invierno. Y conviene ir asumiéndola. Más que nada, porque de ella se deducen ciertas consecuencias que habrá que atender.

2. A este respecto, en primer lugar, hay que señalar que por “colapso” no se entiende tensionar mucho el sistema, llevar a todo el personal sanitario a un enorme sobreesfuerzo que conlleve también ciertas bajas entre el mismo o incluso una pérdida de la calidad asistencial y de la capacidad de respuesta óptima a la hora de tratar a los pacientes de covid-19 -y, de paso, a todos los demás-. No. Todo esto lo tenemos ya, aunque se nos trata de difuminar, de nuevo, piadosamente, y se informe más o menos poco o nada sobre lo que es el día a día de nuestros centros de salud y hospitales -de los bares y hoteles tenemos reportajes a diario, en cambio-. Además, esta situación límite que ya tenemos se va a recrudecer en las próximas semanas porque, como es sabido, había que dar vía libre a los tan importantes social y económicamente eventos navideños. Pero no, eso no es aún el “colapso” que cambiaría la dirección de la gestión global de la situación. Por “colapso” hay que entender una situación mucho más grave, como la que en estos momentos se vive en Londres o se vivió en Madrid o Barcelona en la primavera pasada, en las que hospitales y UCIS directamente no tenían capacidad ni siquiera de recibir más enfermos y estos habían de esperar en casa o en una ambulancia a ver si se liberaba una cama o mero espacio asistencial de mínimos que permitiera un somero tratamiento mientras confiaban en no morir en el ínterin. Mientras no estemos ahí la situación se va a entender, como estamos viendo, como conllevable, por mucho que las autoridades salgan a explicarnos, a diario si es preciso, que están “muy preocupadas”, que la evolución es “muy mala” y que hay que tener “mucho cuidado”.

3. La decisión última esencial es, pues, salvar a toda costa -en términos de enfermos, muertos y estrés en el sistema sanitario- la actividad económica e, incluso, la actividad social y festiva -en parte, claro, porque ésta también tiene una importante dimensión económica-. Y puede ser una decisión comprensible, e incluso acertada, pero es lamentable lo poco que ha sido explicada y lo nada que ha sido explicitada. Además, resulta imposible no sospechar que se trata de un equilibrio final en favor de la actividad muy decantado por el hecho de que la covid-19 mata sobre todo a personas mayores -la letalidad de la enfermedad se dispara a partir de los 80 años- o con patologías previas, y además en ambos casos en mucha mayor medida en los colectivos de mayor vulnerabilidad social. La importancia relativa que, frente a la economía, se da a la salud de todos y las posibilidades efectivas de combatir más eficazmente a la pandemia sería a buen seguro mayor, y alentaría más y más severas restricciones, si el reparto de casos graves por la enfermedad fuera, como se temió en su momento en la primavera pasada al inicio de la primera ola, mucho más repartido socialmente.

Así pues, la triste realidad es que la respuesta que estamos viendo ahora se explica en gran parte porque, como sociedad, somos mayoría las cohortes de ciudadanos que no nos sentimos en un riesgo personal particularmente severo, lo que implica no tener demasiadas ganas de aceptar límites o prohibiciones que nos afecten negativamente en lo personal o económico. Esta desagradable verdad habría de afrontarse de una vez y, si el punto de equilibrio va a ser definitivamente éste, al menos, extraer las debidas consecuencias en punto a cómo, como mínimo, garantizar una efectiva protección de las personas más vulnerables y medidas adicionales de prevención para ellas. De momento no se ha hecho apenas nada en esta dirección porque seguimos prefiriendo vivir en la ficción de que este factor no ha sido determinante. Pero es obvio que lo ha sido y que lo es.

4. Otro elemento en el que nos hemos contado muchas mentiras a nosotros mismos como sociedad, y aún seguimos así, es el del supuesto seguimiento de los consejos científicos y lo que la evidencia empírica aconsejaba a la hora de tomar medidas. Se nos ha dicho, así, que las decisiones adoptadas han ido siguiendo siempre los consejos de unos comités compuestos por expertos en la materia y que aquéllas se han ido pautando y modulando según la evaluación que éstos hacían. Pero, frente a esta explicación, podemos constatar que de estos comités las más de las veces ni hemos conocido la identidad de sus integrantes y que nunca hemos tenido acceso a sus supuestos informes. Además, sabemos que las pocas recomendaciones generales que sí se han ido haciendo públicas han sido luego sistemáticamente ignoradas, sin que se nos haya explicado por qué habían dejado de ser válidas.

Piénsese en todo el diseño de la llegada a las fiestas navideñas que el gobierno de España quería que se hiciera en unas determinadas condiciones que juzgaba asumibles (50 casos por cada 100.000 habitantes en los últimos 14 días) y que luego no se ha alterado a pesar de una incidencia de casos que, por ejemplo, en la Comunitat Valenciana llega a casi multiplicar por 10 esa cifra en estos momentos. O la unánime consideración, asumida durante este verano por parte de la OMS, la UE y nuestros gobiernos, de que por encima de los 250 casos por 100.000 habitantes en 14 días era necesario un confinamiento de la población porque otra cosa supondría alentar un descontrol muy peligroso de la pandemia que, una vez hemos llegado y superado ampliamente esas cifras, ha caído en el olvido. Una sociedad adulta y madura exigiría explicaciones sobre las razones que hay detrás de que las evaluaciones previas ya no valgan y se revisen constantemente al alza los umbrales a partir de los cuales habría que actuar con contundencia. ¿Son razones “científicas” las que hay detrás de esta revisión? Porque, sinceramente, no lo parece. Y, como tampoco se explican cuáles puedan ser ni se fijan nuevos umbrales, ni dan datos, es inevitable asumir que eso de “seguir el consejo de la Ciencia y de los expertos” es más un mantra tranquilizador que algo que nadie se tome demasiado en serio.

5. Por último, y en contra de lo expresado este mismo viernes en una entrevista televisiva por el presidente de la Generalitat Valenciana, habría que decirle a la sociedad la verdad sobre la vacuna y no convertir su mero aterrizaje con cuentagotas en una taumatúrgica solución de todos nuestros problemas. Porque no es cierto, por mucho que nos lo quisiéramos creer todos, que, como dijo Ximo Puig en la televisión autonómica -y nos han bombardeado con una campaña navideña impresentable desde el gobierno y todos los medios de comunicación-, la llegada de la vacuna permita aligerar las restricciones y conlleve que éstas vayan a ser menos necesarias para afrontar este invierno, por lo que se justificaría la sorprendente inacción de la Generalitat Valenciana ante una escalada peligrosísima en los contagios. La verdad sobre la vacuna es que España apenas dispone en estos momentos de dosis para vacunar a un 20% de la población y que incluso esta cantidad irá llegando de manera paulatina de aquí hasta el final de la primavera. Más allá de que se pueda con ello ir inmunizando, a medida que lleguen las dosis, a las cohortes de más riesgo y al personal sanitario, hay que asumir que durante este invierno y principio de la primavera la vacunación no va a servir aún para impedir que la pandemia siga expandiéndose entre la población si no se adoptan otras medidas. Medidas mucho más serias que las que en este momento tenemos en vigor. Una sociedad adulta, de nuevo, debería ser capaz de reconocérselo a sí misma y actuar en consecuencia en vez de contarse cuentos chinos y dejarse mecer en la propaganda.

 La gestión de una situación como la actual es, sin ninguna duda, complicada. En primer lugar, porque sabemos mucho menos de lo deseable -aunque ahora sabemos ya bastante más que en marzo de 2020-. En segundo lugar, porque los intereses en juego son muchos y la composición socialmente óptima de los mismos dista de ser evidente, además de que a nivel individual cada ciudadano parte de unas condiciones, necesidades y preferencias muy diferentes. Lo cual obliga a cierta prudencia en la crítica y a manifestar empatía y comprensión respecto de la difícil tarea de quienes han de tomar decisiones en estas condiciones. Pero, a su vez, a quienes lo hacen hay que exigirles transparencia, sinceridad -también respecto de lo que no saben, por ejemplo- y, sobre todo, que traten como adulta a la sociedad. Sólo así pueden reclamar esa comprensión. Sólo así podremos todos, asumidas y entendidas las decisiones adoptadas, nos gusten más o menos a nivel individual, empezar con el debate que llevamos meses escondiendo tras una cortina de publicidad barata sobre vacunas que arreglan el problema y eslóganes motivacionales sobre cómo de ésta vamos a salir todos mejores y “más fuertes”. La realidad es que de aquí vamos a salir más débiles, con muchos costes sociales de todo tipo -algunos autoinfligidos- y algunos de ellos no sólo enormes sino que están hoy y estarán todavía durante mucho tiempo por pagar del todo. Mejor que vayamos dejando las ilusiones navideñas aparcadas y empecemos a asumirlo y a analizar y debatir cómo los vamos a pagar y cómo vamos a repartir el esfuerzo para ello. Es lo que hacen, se supone, aunque sea porque no hay más remedio, los adultos.

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