CASTELLÓN

775 aniversario

La génesis de un pueblo: el Privilegio del Traslado que alumbra el orgullo histórico de Castelló

El permiso otorgado por Jaume I en 1251 permitió el descenso del Castell Vell y marcó el nacimiento de la villa

  • La Romeria de les Canyes de 2026 tuvo lugar el pasado domingo, 8 de marzo.
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CASTELLÓ. “Sàpien tots que Nós, Jaume, per la gràcia de Déu rei d’Aragó, de Mallorques i de València, comte de Barcelona i d’Urgell i senyor de Montpeller…”. A lo largo de la historia, existen fechas que trascienden el tiempo: laten, respiran y encarnan la memoria colectiva de un pueblo. El 8 de septiembre de 1251, hace ahora 775 años, el rey Jaume I concedió a los antiguos pobladores del viejo castillo de Fadrell el Privilegio para su traslado a cualquier lugar de la vasta y fértil planicie que se extendía ante sus ojos. El permiso real para dejar la montaña y ocupar el llano obró un milagro geográfico y sentimental traducido en la génesis de una sociedad concebida entre el mar y la tierra. El cambio supuso la siembra de una identidad conservada con el paso de las épocas y celebrada cada tercer domingo de cuaresma, cuando Castelló se reconoce en sí mismo y regresa a su origen para venerar, como una vez lo hicieron sus antepasados en la capilla que guardaba aquel viejo castillo, a Santa María Magdalena.

De vuelta al principio, antes de todo ello, a mediados del siglo XIII, el territorio conocido en la actualidad como Castelló se entretejía en un mosaico complejo. La conquista del rey Jaume I, iniciada cerca de dos décadas antes, integró estas tierras en la por entonces apenas centenaria Corona de Aragón. No obstante, el paisaje conservaba todavía un cariz fronterizo: zonas de cultivo disputadas, caminos inciertos o fortificaciones defensivas cuya vigencia empezaba a cuestionarse ante la estabilidad del nuevo reino. En lo alto de una montaña, en el ámbito del castillo de Castellón, el castell Vell cumplía su función de vigía y defensor, aunque la vida de sus habitantes pedía crecer. El dominio real forjado por el monarca animó a repoblar, a construir y a imaginar nuevas villas capaces de articular el territorio.

En este sentido, años antes incluso de que se articulara la idea de un traslado, el futuro asentamiento comenzó a fraguarse mediante una carta puebla. En pleno fragor de la conquista, el rey Jaume I entregó el castillo de Fadrell y sus dominios a su tío, el infante Nuño Sancho, conde del Rosellón, firmante de la licencia de población el 8 de marzo de 1239. Con el paso del tiempo, el castell Vell, aunque protector leal de los habitantes de su interior, flaqueaba ante unas limitaciones físicas evidentes y otras económicas insostenibles para un pueblo deseoso de crecimiento. Las fecundas huertas extendidas en el llano quedaban lejos y eran accesibles únicamente a través de caminos tortuosos y a menudo inundados por temporales crueles. El refugio que permitía la montaña colisionaba con la necesidad de prosperar de una sociedad en la que germinaba lentamente un espíritu arraigado y emprendedor. Así, la idea del traslado tomó forma y se abrió paso como un murmullo; como una propuesta; como un deseo compartido por construir una nueva villa.

El privilegio de un nuevo comienzo

Paulatinamente, el murmullo popular gestado en la fortificación ascendió hasta alcanzar la Corona. La tradición, teñida de leyenda aunque firme en su esencia, relata que los habitantes del castell Vell solicitaron al monarca el permiso para descender e instalarse en el llano. Los pobladores no pedían exenciones extraordinarias, sino la licencia real para reinventarse y elegir un lugar donde crecer. El rey Jaume I comprendió la lógica de la petición y la necesidad estratégica de afianzar poblaciones fuertes en la fértil llanura. De esta manera surgió el documento que custodia el Archivo Histórico Nacional.

  • Los romeros deshacen el camino andado por los primeros pobladores en 1252. -

Per Nós i els nostres —prosigue el escrito del privilegio— donem llicència i integra potestat a vós, dilecte nostre, En Ximén Pérez d’Arenós, lloctinent nòstre al Regne de València, per a que pugau canviar la vila de Castelló de Borriana a qualsevol lloc que us parega dintre del terme del mateix Castell de Castelló”. El documento incorpora entonces un pasaje que recalca el talante generoso y visionario del monarca conquistador. “Concedint que tots els pobladors que en la dita vila sojornassen o en ella tingueren cases i horts, els tinguen, ells mateixos i els successors, perpètuament, francs i lliures, sense cap cens, tribut, us, servici i qualsevol altra exacció”. Concretamente, el último detalle —la exención perpetua— enseña que el traslado no supuso únicamente un reajuste poblacional, sino una fundación enraizada en el sentimiento y entroncada mediante un acto de confianza del rey hacia un pueblo que había surgido, resistido y florecido junto al cerro de la Magdalena.

Una vez seleccionada la ubicación concreta en la planicie divisoria entre la montaña de tierra rojiza y la llanura abierta al Mediterráneo, la primigenia sociedad castellonense dirigió su mirada hacia la mejor opción para el asentamiento inicial. Las fuentes de la época describen la presencia de diversas alquerías de origen musulmán. De entre ellas, la denominada Benirabe representó el punto escogido, alineada probablemente con la actual calle Mayor de la ciudad, la arteria que bombea desde aquel momento la vida social y comercial del municipio. El cardo, situado en plena red viaria que conecta con la huerta, la montaña y el mar, supuso el embrión para la traza urbana que ha crecido en estos 775 años.

Con el permiso concedido por parte del rey el 8 de septiembre de 1251 y el lugar de destino decidido, llegó el momento de completar la travesía. La tarde del tercer sábado de Cuaresma de 1252 —como recoge la tradición que celebra cada año la ciudad en sus fiestas fundacionales— los pobladores del castell Vell dejaron atrás su hogar medieval en una lenta comitiva encabezada por las mujeres, los niños y las autoridades eclesiásticas. Según la memoria transmitida hasta hoy, los miembros del grupo amarraron cuerdas para no extraviar a los más pequeños, colgaron faroles de sus gayatos para iluminar el camino al anochecer, cargaron provisiones y tomaron cañas para vadear los cauces anegados que se interponían ante ellos. La marcha presentó dificultades, pero el nuevo comienzo brilló con fuerza.

El Castelló en el llano: una villa desde cero

Los habitantes del castell Vell, herederos de la carta de población de 1239 y legitimados por el privilegio real concedido en 1251, completaron el descenso y se establecieron finalmente en el llano, donde grabaron su hazaña en la historia mediante la fundación de la villa de Castelló. A lo largo de las décadas siguientes, el nuevo emplazamiento comenzó a dibujarse de acuerdo con el modelo urbano medieval: un primer recinto amurallado para proteger el núcleo original y tres viales rectos, principales y paralelos que ordenaban el crecimiento. El trazado reservaba espacios para parroquias y mercados. Cada piedra latía con esperanza en una sociedad que dejó atrás la montaña sin renunciar a su memoria.

  • La Romeria representa en la actualidad las clases sociales del pasado y presente. -

La comunidad asentada en la llanura reflejaba además la diversidad propia de los cambios geográficos y políticos de la época. La agricultura continuó siendo la piedra angular de la economía, pero el proceso de reparto de tierras impulsado tras la conquista de Valencia en 1238 modificó el mapa del campo. El Llibre del Repartiment promovió la llegada de familias procedentes de los territorios de la Corona de Aragón y alteró la estructura demográfica, legislativa y cultural del enclave. Nuevos pobladores, mudéjares o órdenes militares convivieron en una sociedad que comenzó a dotarse de instituciones propias y vínculos comunitarios. En este contexto aparece documentado por primera vez el topónimo de Castelló, en el año 1290.

La vida cotidiana encontró pronto un ritmo propio en la nueva villa. El mercado articulaba el intercambio económico en los alrededores de la actual plaza Mayor —entonces conocida como plaza Vieja— y en enclaves como la plaza de la Hierba o la plaza de la Pescadería. Los caminos conectaban el municipio con el mar y con las huertas circundantes, mientras que las celebraciones religiosas tejían una cultura compartida. Siglo tras siglo, la repetición de gestos cotidianos fue consolidando un sentimiento común: el orgullo de ser de Castelló, una comunidad que eligió asentarse en la llanura sin olvidar su origen en la montaña.

La memoria que regresa: del Privilegio a la Magdalena

Con el paso de las centurias, la memoria de aquel traslado y su Privilegio se transformó en mito, en relato transmitido de generación en generación y finalmente en tradición celebrada cada año. Desde su abandono por los pobladores primigenios, el cerro de la ermita de la Magdalena pasó de ser un vestigio medieval a convertirse en la casa simbólica del origen de la ciudad. Allí, donde un día se alzaron las murallas del castell Vell, Castelló encontró el emblema más profundo de su identidad. El vínculo cristalizó en una romería que cada tercer domingo de Cuaresma reúne a miles de personas.

  • La primigenia tradición penitencial reúne ahora a miles de personas cada año. -

La Romeria de les Canyes no es únicamente un paseo ritual, sino la representación inversa del traslado fundacional. Si en 1251 la villa descendió al llano, en esta jornada festiva la ciudad asciende a la montaña para renovar su pacto con la historia. Con la caña en la mano, el pañuelo al cuello y el rotllo como provisión simbólica, familias enteras recorren el mismo camino que evocan sus antepasados. La fiesta, mezcla de solemnidad y alegría, recuerda que la identidad de un pueblo no es un monumento inmóvil, sino un gesto que se repite y se vive.

Por ello, en el 775 aniversario del Privilegio, la ciudad celebra más que una efeméride. La conmemoración ensalza la valentía de un pueblo que se atrevió a cambiar su destino; honra la generosidad del rey Jaume I, que entendió aquel deseo; reconoce la llanura fértil que acoge desde entonces la vida del municipio; y celebra, sobre todo, la capacidad de recordar. En cada romero que asciende, en cada gaiata que señala el camino y en cada caña que se eleva al cielo late la historia que define a Castelló desde 1251: la de un pueblo que bajó de la montaña para fundar una villa, pero que nunca dejó de mirar hacia arriba para reconocerse.


Este es un extracto del artículo inédito publicado en el 'llibret' oficial de la Gaiata 4 L'Armelar para las Fiestas de la Magdalena de 2026. Este año, rinde homenaje al 775 aniversario del Privilegio del Traslado.


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