Así es la receta de Ámsterdam contra la ''ciudad-franquicia'': ¿un modelo exportable a València?

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VALÈNCIA. Nadie quiere que València sea una ciudad-franquicia. Al menos, así lo defienden públicamente políticos de todo signo. El término se ha popularizado y tanto la alcaldesa María José Catalá como la oposición no dudan en esgrimirlo, cada uno a su favor, para advertir sobre el riesgo de vaciar de identidad el centro histórico. Sin embargo, más allá del consenso en el diagnóstico, la incógnita es la fórmula para evitarlo.

El comercio de proximidad que atendía la vida diaria del residente —la mercería, la papelería o el horno tradicional— cede terreno ante las franquicias de comida rápida o locales de alquiler de bicicletas y consignas de equipaje.

Y es que solo basta darse una vuelta por el centro para contar decenas de tiendas de souvenirs solo en el eje que forman la calle La Paz, San Vicente y la plaza del Ayuntamiento. Imanes de paellas de dudoso aspecto, delantales con toros y lunares (¿por qué no?) o postales de la socorrida estampa de la Ciudad de las Artes y las Ciencias congregan a turistas deseosos de llevarse un recuerdo de València. 

Modelo Ámsterdam

En la búsqueda de precedentes europeos, Ámsterdam se situó a la vanguardia de la regulación del comercio mediante la normativa urbanística. En 2017, el consistorio neerlandés intervino en su centro histórico a través de su Plan de Ordenación Urbana (Bestemmingsplan) y congeló la concesión de licencias en tres sectores —la venta de souvenirs, la comida rápida de consumo inmediato y los servicios al viajero como consignas de equipaje y alquiler de bicicletas— e introdujo la cláusula de no sustitución: si un establecimiento turístico cierra o se traspasa, pierde ese uso y solo puede reabrir como comercio tradicional para el residente.

Avalada en 2020 y 2023 por el Consejo de Estado de los Países Bajos (Raad van State), la medida sentó jurisprudencia en la Unión Europea al dictaminar que proteger la habitabilidad de los barrios y evitar la monocultura comercial constituye una "razón imperiosa de interés general". Pero, ¿es el modelo Ámsterdam el espejo en el que debe mirarse València para evitar ser una 'ciudad-franquicia'? 

"La composición comercial debe formar parte de la planificación"

El economista y urbanista Ramón Marrades apunta que más allá de reproducir la normativa de Ámsterdam a golpe de prohibición habría que fijarse en el principio que la motivó. “La norma neerlandesa reconoce que la composición comercial de una calle es una cuestión de interés público y debe formar parte de la planificación de la ciudad”.

Marrades pone el foco en el efecto que produce la acumulación de ciertas actividades: “Una tienda de souvenirs no representa necesariamente un problema; veinte prácticamente idénticas en tres calles pueden transformar completamente un barrio”. Y es que a su juicio, “cuanto más se especializa una zona en el visitante, menos razones tienen los residentes para utilizarla cotidianamente y menos oportunidades encuentran los negocios dirigidos al vecino”.

Vecinos de Ciutat Vella piden límites a la llegada de turistas

Para el movimiento vecinal de Ciutat Vella esta proliferación es la consecuencia de un modelo turístico que ha "desbordado la capacidad" del centro histórico. Desde las entidades del barrio advierten de que "la regulación puntual no servirá de nada" si no se limita la llegada de visitantes. "No ha habido ningún grupo en el Ayuntamiento con conciencia clara del impacto que tiene en la vida de los residentes la actividad turística", denuncian.

Desde la Asociación de Cicloturismo Ascitur "entienden la preocupación" por evitar que el centro se convierta en una ciudad-franquicia y también coinciden en que el problema radica en la concentración. "Si hay diez negocios iguales orientados al turista, es probable que exista un problema de equilibrio comercial", reconocen.

Limitar la llegada de turistas

Los colectivos vecinales señalan además que la presión turística se traduce en la pérdida de la función pública del barrio: "En Ciutat Vella no hay bancos para los vecinos, hay plazas que están en muchos casos ocupadas al 100% por terrazas de los bares", afirman. Por ello, insisten: "mientras la administración siga pensando que la actividad turística tiene que seguir creciendo, la regulación puntual no servirá de nada". De hecho, consideran que la tasa turística sería "solo un parche" si no hay una labor de limitación de la llegada de visitantes.

Para Ascitur "el debate no debería centrarse tanto en si un comercio atiende a turistas o no, sino en qué aporta ese establecimiento a la ciudad y qué modelo comercial queremos para nuestros barrios", sostienen.

Sin embargo, defienden que más allá de prohibir ciertas actividades comerciales de forma genérica se tengan en cuenta criterios como el arraigo, el servicio que ofrecen también a los vecinos, el uso del espacio público o la creación de empleo a la hora de plantear regulaciones, "y siempre escuchando previamente al comercio local y a los afectados".

En este sentido, Marrades alerta de que la prohibición de determinadas actividades no es una solución en sí misma si no se acompaña de políticas públicas que favorezcan un tejido comercial que genere barrio. "Si impedimos que abra otra tienda de souvenirs y el local permanece vacío porque ninguna otra actividad puede pagar su alquiler, habremos resuelto muy poco", ejemplifica.

Estrategia municipal de 'planta baja'

Para evitarlo, el urbanista propone desplegar una "estrategia de planta baja" a través de la cual el Ayuntamiento identifique locales vacíos, comercios en riesgo y adquiera establecimientos o negocie alquileres de larga duración para cedérselos a proyectos independientes de proximidad. "No podemos confiar exclusivamente en que la suma de decisiones individuales de quienes pueden pagar los alquileres más altos produzca la ciudad que necesitamos", aclara.

Y es que para Marrades una calle comercial "es mucho más que la suma de sus escaparates" ya que el espacio que genera donde se puede "jugar, conversar, sentarse o pasar tiempo sin consumir", también "construye su atractivo y sostiene su actividad económica".

Por ello sugiere apostar por el placemaking a escala de barrio, entendiendo el comercio local como una verdadera "infraestructura social". "Empezaría con un programa piloto en dos o tres áreas de València, con presupuesto, capacidad de gestión y objetivos medibles a cinco años", concreta.

El Ayuntamiento apuesta por proteger el uso residencial

Ante el reto de equilibrar las dinámicas urbanas, el Ayuntamiento de València apuesta por la protección del uso residencial a través del planeamiento. Señalan que la hoja de ruta del gobierno local pasa por "modernizar la ciudad manteniendo las señas de identidad que la hacen reconocible" y conseguir que el desarrollo urbano sea "compatible con la singularidad de cada barrio".

Para ello defienden la reciente regulación de usos turísticos que "blinda que un 98% de las viviendas sea de uso residencial". "Queremos que los barrios sigan siendo, ante todo, lugares para vivir, con la identidad y personalidad que le otorgan sus vecinos y sus pequeños comercios".

Otros ejemplos son los planes que protegen y ponen en valor núcleos históricos alrededor de los cuales ha crecido la ciudad, como los de Patraix o Campanar o el Plan Especial de San Miguel de los Reyes" donde se compagina la puesta en valor del Monasterio con la protección de la huerta como parte de nuestra identidad", aseguran.

Más allá de la coincidencia en el diagnóstico entre los distintos actores, El desafío urgente de València es pasar del diagnóstico a una estrategia efectiva capaz de articular la convivencia entre el atractivo turístico de la ciudad y el bienestar cotidiano de sus residentes para evitar perder la identidad. Una tarea que los poderes públicos deben hacer de la mano de sus ciudadanos.

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