Libros y cómic

CONVERSACIONES CULTURPLAZA

Andrés Neuman: “La esperanza puede ser vana, pero la desesperanza puede legitimar la violencia”

Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

VALÈNCIA. Andrés Neuman atraviesa el presente para preguntarse en qué quedamos [la sociedad] después de la agitación a la que nos empieza a tener acostumbrados. En Vengo de ver (La Bella Varsovia, 2026), su nuevo poemario, el autor propone un recorrido que arranca en la perplejidad de la pandemia y continua en  un contexto marcado por la saturación informativa, la hiperdigitalización y la sensación de vivir en un estado de emergencia permanente.

Frente a ese paisaje, el escritor argentino no reivindica la esperanza como consigna fácil, sino la necesidad de encontrar, después de la furia, aquello que sigue haciendo que la vida merezca la pena. En esta reflexión, también deja espacio a pensar sobre los duelos no resueltos, la fragilidad de los vínculos o las formas contemporáneas del amor.

Neuman, que visitó València hace unas semanas para presentar tanto este poemario como su participación en el proyecto del IVAM Escrituras Cactus, se encontró con Culturplaza.

— “Vengo de ver” es el título del poemario pero también una letanía que se va repitiendo a lo largo de la primera parte del libro. ¿Qué contiene ese verso?
— Los primeros poemas del libro surgen con un tono común, un ritmo, una música, buscando un equilibrio en realidad imposible entre la ansiedad, el exceso de estímulos y la necesidad de detener ese ruido visual y auditivo para tratar de contemplarlo con serenidad; buscar una especie de serenidad en mitad del vértigo.

“Vengo de ver”, me refiero al lema, tiene que ver con la sensación de que nos abruman demasiado. Vivimos una especie de estado de bombardeo informativo y audiovisual que, paradójicamente (pero también calculada o deliberadamente), genera una sensación de aturdimiento, ceguera y sordera. No es una cuestión solo de cantidad; es una cuestión de ritmo y casi te diría que de formato. Los soportes en los cuales nos informamos no son solo cuantitativos, sino que neutralizan cualquier posibilidad de reflexión y contemplación.

Entonces, el lema “vengo de ver” alude, por un lado, a ese estado de saturación frente al cual siento que necesitamos responder. Al mismo tiempo, hay algo de inventario de todo lo visto y de tratar de hacer una pequeña antología de visiones para, como decía Machado, separar las voces de los ecos; en este caso, las visiones de los fantasmas, las apariencias de las realidades un poco más sustanciales.

Ubicas la génesis de esta reflexión en la crisis de la covid-19, no porque ahí empiece ese  vértigo, pero sí hay un punto de inflexión muy claro.
— Este no es un libro sobre la pandemia. A mí mismo no me apetecería ni escribirlo ni leerlo. Pero sí es verdad que se abre con esa mirada entre perpleja y aterrorizada ante la pandemia.

De hecho, el primer poema se titula así, Génesis. Y habla de la imagen del Vaticano vacío y alguien predicando, nunca mejor dicho, en el desierto, porque la plaza estaba desierta.

Literariamente hablando, la pandemia dejó muy a flor de piel y muy en carne viva cuestiones y conflictos que ya existían y que se agudizaron. También temas literarios que siempre han formado parte de la tradición y que entonces se presentaron con una violencia y una expresividad especiales.

Me refiero, por ejemplo, al tema de los duelos no resueltos. Una de las funciones de la literatura y del arte, desde siempre, ha sido tratar de nombrar y cerrar duelos silenciados o truncados. Y es evidente que la pandemia es un ejemplo colosal y global de eso.

Hemos seguido adelante dejando atrás fantasmas, traumas, cambios económicos, materiales y familiares, como si no hubieran sucedido. Fue tan traumática la pandemia que, una vez acabó, estábamos todos deseando seguir adelante. Pero al mismo tiempo, ¿cómo seguir adelante sin hacer una evaluación un poco más pausada de lo atravesado y de lo perdido? Existe el miedo de que, al hacerlo, ya no podamos seguir adelante.

Entonces, es un caso clásico de bloqueo colectivo del que todos hemos formado parte. No lo señalo en tercera persona: me incluyo dentro de ese proceso. El fantasma del duelo no resuelto es uno de esos elementos.

Otro tiene que ver con la hiperdigitalización de nuestras vidas cotidianas, que se recrudeció por necesidades coyunturales. Una vez finalizada la pandemia, hay aspectos de la vida que se recorporalizaron y otros que no. Quedó un remanente de exceso de digitalidad que fue útil e inevitable en una circunstancia determinada, pero ese regreso al cuerpo y a la presencialidad nunca terminó de producirse del todo.

Podemos poner ejemplos laborales, sexuales o afectivos. Se quedó ahí un remanente de cuerpo fantasmagórico que para mí es un problema colectivo.

Y que nadie me diga la excusa de la tecnología, porque las sociedades no cambian del 2020 al 2022 de esa manera. Claramente el cambio no fue tecnológico. Mejor dicho: los intereses tecnológicos aprovecharon la ocasión para imponer la obligatoriedad y la precarización de ciertas herramientas que no habríamos utilizado y aceptado si no se hubiera producido la pandemia.

Por otro lado, está el consumo todavía más compulsivo de información. Ya vivíamos en un estado de emergencia informativa; la pandemia no inventó nada de esto, pero sí recrudeció la neurosis y el estado casi de histeria informativa en el que seguimos viviendo hoy. Se metieron una o dos marchas más y quedó un hábito, un reflejo, desde el cual es imposible pensar.

Creo que es necesario bajar una marcha. No volver a la Edad de Piedra, sino gestionar de otra manera esta histeria de información digital, porque no es saludable mentalmente para nadie, incluyendo a quienes producen esa información.

Luego está el estado de precariedad laboral, familiar y económica en el que quedó el ciudadano medio, el trabajador y la trabajadora media. Salimos de la pandemia más vulnerables también en lo material y en lo laboral, por no hablar de lo espiritual.

Ese estado de vulnerabilidad necesita cuidados. Y esos cuidados no son solamente —aunque sin duda también— los de los servicios públicos, la sanidad o la educación, tan dañados en muchos lugares. Una forma de cuidar la vulnerabilidad es pensarla, escribirla, cantarla, pintarla. Es decir, desde el campo creativo se aporta un granito de arena. No soy tan imbécil como para pensar que eso puede sustituir a los hospitales. Es, simplemente, algo que se suma a ellos.

  • -

A lo largo de todo el libro hay una pulsión de, sin llegar a crucificar este contexto que has descrito, buscar ciertas grietas de esperanza. Muchas veces, cuando se ha hecho ese ejercicio se ha caído en una esperanza vacía que más enemiga de la real que la propia desesperanza.
— De hecho, cuestionaría el propio concepto de esperanza. Estoy muy de acuerdo contigo. Yo no vendo ni compro esperanza. No me parece que la esperanza sea necesariamente una virtud. Creo que hay una cierta sobrevaloración moral de la esperanza.

Me acuerdo de lo que decía Ángel González: “Sin esperanza, con convencimiento”. Estamos vendiendo esperanza todo el tiempo. Somos un colectivo de esperanzados y eso no quiere decir que no estemos derrotados. Creo que hay fuerzas mayores que la esperanza. La esperanza implica una especie de fe en el futuro. Es, de algún modo, la continuación del Cándido de Voltaire por otros medios. El Cándido creía que vivíamos en el mejor de los mundos posibles; la esperanza cree que vendrán tiempos mejores. ¿Se sostiene necesariamente en algo? No.

Por eso no se trata tanto de advertir contra la esperanza como de preguntarse: ¿es de verdad esperanza o son convicciones, principios? Hay una fuerza superior a la esperanza, que es la gana de vivir, el vitalismo. Y ahí es donde el libro pasa de la furia a la fiesta.

Tiene dos partes, además aliteradas: Furia y Fiesta. Es una fiesta que tiene que ver con el goce de estar vivo, con una valoración de lo pequeño que se enraíza en la vida cotidiana y que merece celebración. No tiene nada que ver con consignas vacuas, sino precisamente con la valoración de lo inmediato, de lo cercano, de aquello cuya importancia solemos subestimar en función de grandes discursos.

Instalar la desesperanza absoluta es permitir que se destruya el presente. Y, en el fondo, volvemos a una lógica barroca que creíamos superada: Si vamos a morir, ¿para qué gozar?, se preguntaban algunos moralistas barrocos. Si el futuro está tan oscuro como nos lo pintan, entonces, ¿para qué?

Si trasladamos eso al plano colectivo: si vamos hacia la extinción y hacia la destrucción de todo tejido posible, ¿qué importa cuidar o aplastar al prójimo? Total, para lo que nos queda en el planeta.

Ese discurso es tóxico porque es una profecía autocumplida. Consiste en anular el cuidado del presente y del futuro inmediato en nombre de las catástrofes anunciadas del futuro, que es precisamente lo que terminaría haciendo imposible ese futuro.

Por eso digo: la esperanza puede ser vana, pero el discurso de la desesperanza puede ser cínico y legitimador de la violencia. Yo no me sitúo ni en la esperanza ni en la desesperanza. Saldría de la trampa del optimismo frente al pesimismo y de su variante esperanza frente a desesperanza.

La cuestión es si vale la pena o no estar vivos. Si la respuesta es sí, entonces necesitamos articular las herramientas para que siga valiendo la pena estar vivos, como comunidad y como individuos, y valorar aquello que hace posible esa vida.

Precisamente para combatir cualquier ingenuidad, cualquier forma de coaching barato, en el libro va primero la furia y después la fiesta. Lo que plantea el libro es: después de toda la furia, después de todo el dolor, después de toda la oscuridad, ¿qué es lo que queda que siga valiendo la pena? No mirando hacia otro lado, sino después de atravesar todo eso.

Se trata de sacudir el árbol. ¿Qué frutos o qué hojas no se caen? Aquellos que resisten el cimbronazo de la realidad áspera tal y como es. Esos frutos hay que cuidarlos como si fueran un tesoro. Son, de algún modo, posibilidades de poemas de amor después de la catástrofe.

  • Andrés Neuman, en una foto de archivo. -

Hay un poema que me gusta especialmente, “Sembrar”. Me hace pensar en cómo atraviesa tu experiencia de haber echado raíces en dos países diferentes. ¿De qué manera aparece eso, tanto en la furia como en la fiesta?
— Me estaba acordando de un poeta extraordinario que murió no hace tantos años, Izet Sarajlić. Siempre recuerdo una idea suya que aparece en sus poemas. Fue perdiendo familiares a lo largo de distintas guerras europeas, incluida la de los Balcanes, y aun así anhelaba escribir poemas amorosos.

Y eso está en las antípodas de cualquier ingenuidad. No estamos hablando de alguien que hubiera visto la tragedia desde lejos. Estamos hablando de una persona a la que le asesinaron familiares, que vivió bombardeos. Se tomaba los poemas de amor muy en serio.

Yo, por suerte, no he vivido una intensidad semejante de desgracias, aunque nací en una dictadura y en mi familia ha habido muertes, secuestros y exilios. Pero tomo ese ejemplo como un paradigma. Si incluso en circunstancias tan extremas el arte puede servir para reivindicar la necesidad del canto, quizá podamos salir de esta falsa dicotomía entre ser optimistas e ingenuos o ser pesimistas y tirar la toalla.

Habría que buscar otras categorías. Y me parece que los poemas amorosos de posguerra o de posapocalipsis son especialmente interesantes.

En cuanto a echar raíces, para bien o para mal me he criado en dos países con mucha furia y mucha fiesta. Ni Argentina ni España son lugares especialmente apacibles. Son espacios atravesados por contrastes, por la violencia, el dolor y la pérdida, pero también por una enorme capacidad de celebración, por vínculos afectivos y familiares muy intensos.

En el fondo, forma parte de nuestras tradiciones mediterráneas y latinoamericanas eso de montar una fiesta en mitad de la furia. El ejemplo extremo sería la celebración mexicana del Día de Muertos. No se produce a pesar de la conciencia de la destrucción, sino precisamente por ella. Es porque somos conscientes de la destrucción que se propone un festejo más profundo, una ritualización del hecho de estar vivos.

A mí me ha tocado echar raíces en las dos orillas, pero también sentir desarraigo en ambas. Es una fiesta y también un duelo. Siempre suelo decir que mi madre nació de vos y murió de tú —nació en una orilla y murió en la otra. Por lo tanto, son dos tierras en las que he tenido madre y también dos tierras en las que me ha tocado quedarme huérfano.

  • -

¿Cuál ha sido el encargo que te han hecho desde Escrituras Cactus y cuál ha sido tu propuesta?
— La propuesta del IVAM está muy bien precisamente por ese diálogo entre las artes plásticas y la literatura. No solo rinde homenaje a una época del arte sino que recupera una lógica de trabajo en la que las disciplinas estaban mucho más cerca. Siempre que leo diarios o escritos de artistas plásticos de aquella época me llama la atención el contacto constante que tenían con la literatura, la pintura o la escultura. No sé si eso sucede tanto ahora. Quizá parte de ese diálogo se ha desplazado hacia lo audiovisual o hacia otros formatos. O quizá tenga que ver con la compartimentación actual del conocimiento.

Hay una especie de balcanización del saber como nunca antes. El supuesto paraíso digital se ha convertido muchas veces en un reino de taifas, y los programas de estudio son casi lo contrario del ideal humanista. No sé si esa lógica de segregación del conocimiento ha terminado dificultando la naturalidad con la que distintas disciplinas artísticas se rozaban entre sí, igual que deberían rozarse las ciencias y las letras.

No pretendo convertir esto en una tesis, pero sí percibo ese fenómeno. Por eso me parece que este ciclo impulsado por el IVAM vale mucho la pena: intenta recuperar un hilo que fue muy valioso durante buena parte de la historia del arte.

A mí me encargaron, igual que al resto de participantes, elegir una pieza de Julio González y escribir un texto a partir de ella. Yo inmediatamente, y sin ánimo de redundancia, me enamoré de Los enamorados.

La obra que me cautivó en cuanto vi el catálogo de Julio González es una pieza abstracta y geométrica que lleva precisamente ese título. Y lo fascinante es que, lejos de mostrar dos figuras humanas entrelazadas o dos amantes flotando en el vacío, presenta una especie de triángulo o semipirámide muy puntiaguda sobre la que parece mantenerse, en un equilibrio extremadamente precario, una especie de cilindro o tonel perforado.

Me parece una maravilla que esa obra se titule Los enamorados. A partir de ahí he intentado leerla en distintas direcciones amorosas. He tratado de pensar no solo qué pudo querer decir el artista, sino también de cuántas maneras puede leerse el amor a través de esa pieza.

Los huecos que presenta, los equilibrios que propone, los dolores y los filos que insinúa... Todo eso puede hablar de un milagro, de una caída, de una incompatibilidad o de una compatibilidad inexplicable. De dos piezas que se necesitan, que se sostienen, que se apoyan y que también combaten.

Es una obra extraordinariamente rica. Lo que he intentado hacer en este pequeño ensayo es desplegar un abanico de formas de leer el amor a partir de ella.

Recibe toda la actualidad
Castellón Plaza

Recibe toda la actualidad de Castellón Plaza en tu correo

Eudald Espluga: “Com més coneixement obtenim sobre la realitat, més desemparats ens sentim”
Una mirada adulta a Dragon Ball: el día que descubrimos que Piccolo era un estoico