CASTELLÓ. El fotógrafo castellonense César Viera ha situado su mirada en lo más alto del panorama internacional tras conquistar la medalla de plata en la categoría de retrato natural en la World Photographic Cup (WPC), un certamen que reúne a las mejores selecciones nacionales de fotografía profesional. Su logro no solo reconoce la potencia individual de su obra, sino que también contribuye al subcampeonato mundial del equipo español, consolidando a España como una de las grandes potencias creativas en este ámbito.
Recién aterrizado de Islandia, donde se entregó el galardón, César ha charlado con Castellón Plaza y no duda en reconocer que aún no es consciente de lo que ha conseguido. Su mujer le regaló hace diez años una cámara y, desde entonces, no ha parado de crecer. Por eso la suya es una trayectoria forjada desde la intuición y la constancia. Su manera de entender el retrato es de lo más personal. Trabaja desde la sobriedad de la “clave baja” y elimina lo superfluo para centrarse en lo esencial, que no es otra cosa que la verdad que emerge en la mirada de quien se sitúa frente a su cámara. César es el autor que se escondía detrás de las enormes fotos que lucieron en la fachada del Mercado Central el año pasado. Una exposición que nos dejó con ganas de seguir conociendo en su ciudad el trabajo de este castellonense.
-¿Cómo explicar a alguien que no está en el mundo de la fotografía lo que significa la plata en la World Photographic Cup?
-La forma más sencilla de entenderlo es compararlo con el fútbol: es como quedar subcampeón del mundo representando a tu país en un Mundial. La World Photographic Cup reúne a selecciones nacionales de fotografía de todo el mundo, donde cada fotógrafo compite a nivel individual pero también como parte de un equipo que aspira al título mundial. Conseguir la plata significa que tu trabajo ha sido reconocido como uno de los mejores del mundo dentro de tu categoría, entre miles de imágenes de fotógrafos de altísimo nivel. Pero lo realmente importante es formar parte de un equipo que representa a España y sentir que tu trabajo contribuye a ese logro colectivo.
-¿Cómo entras a formar parte de la selección española de fotografía?
-No es algo a lo que uno pueda presentarse directamente sino que se trata de un proceso. Un equipo de jueces especializados evalúa trabajos de fotógrafos a nivel nacional y elige a aquellos que consideran que pueden representar al país en cada categoría. En España, la entidad encargada de conformar la candidatura es la Federación Española de Profesionales de la Fotografía y de la Imagen (FEPFI). Este proceso está capitaneado por el seleccionador nacional, José Hidalgo, quien supervisa tanto la elección de los fotógrafos como la preparación de las obras. En mi caso, todo parte de un recorrido previo dentro de FEPFI, participando en sus calificaciones nacionales, donde las imágenes son valoradas y puntuadas por jurados profesionales. Las fotografías que superan los 80 puntos pasan a ser consideradas para la Colección de Honor, un reconocimiento que, tras la evaluación y revisión final del jurado, distingue a las obras más destacadas del país. Este año tres imágenes mías han obtenido dicha distinción, y ese tipo de reconocimiento junto con otros en concursos nacionales, es lo que va posicionando tu trabajo y te acerca a poder formar parte de la selección.
-¿Qué significa que trabajas 'en clave baja'?
-Trabajar en clave baja significa utilizar la luz de una forma muy controlada para que la mayor parte de la imagen quede en sombra, dejando solo pequeñas zonas iluminadas. Pero más allá de lo técnico, es una forma de simplificar y quitar todo lo que sobra para quedarme con lo esencial.

-¿Y qué es lo esencial?
-La persona. La luz no solo ilumina, también dirige la mirada y crea atmósfera. Trabajar en clave baja es tener un lenguaje muy directo, donde no hay distracciones. O la imagen funciona o no funciona.
-Cuando estás retratando, ¿qué te dan los ojos que no te dé otra parte de la cara de la persona que tienes enfrente?
-Los ojos son el único lugar donde la persona no puede fingir. Puedes controlar un gesto o una sonrisa, pero la mirada siempre termina diciendo la verdad. Ahí es donde encuentro la conexión real. No se trata de que la foto sea bonita o intensa sino de que sea honesta. Cuando eso ocurre, ya está todo hecho.
-¿Cómo fueron tus inicios en el mundo de la fotografía?
-La primera cámara me la regaló mi mujer el día de nuestra boda, y ahí empezó todo. No vengo de una formación académica en fotografía, soy autodidacta. Empecé desde la curiosidad, pero también desde la falta de medios. No tenía flashes ni fondos ni equipo profesional.
-¿Y cómo hacías esas primeras fotos?
-Con linternas LED, con la luz de casa o con luz natural. Como fondo utilizaba toallas oscuras colgadas con pinzas en un tenderete, y muchas veces la persona se sentaba en el suelo. Mi primer modelo fui yo mismo. Hacía autorretratos. Aprendí a trabajar con lo que tienes y no con lo que te falta. Lo importante no es el equipo sino la mirada.

-Dices que cuando trabajas eres fiel a tus gustos y que no te impone nunca nadie nada. ¿Qué significa eso?
-Significa ser coherente conmigo mismo en todo lo que hago, aunque no siempre sea lo más fácil o lo más correcto. Mi fotografía no nace solo de la fotografía en sí, sino de todo lo que me ha acompañado desde pequeño. Me he criado con el cine de acción, Stallone, Steven Seagal, Jean-Claude Van Damme, mis dibujos favoritos de la infancia como Bola de Dragón… todo eso ha marcado mi manera de ver. Y cuando analizo mi trabajo veo que eso está muy presente. Hay miradas, tensión contenida, pocos gestos. Es una forma de contar sin adornos. La estética de mi obra es concreta, con una edición cruda y una iluminación muy cuidada. No es una búsqueda de estilo, es simplemente lo que me gusta.
-¿Siempre has trabajado así?
-Sí. Intento que mis retratos me gusten a mí primero. Y he tenido la suerte de que, siendo fiel a eso, también conectan con los demás. Y, de hecho, ser fiel a mis gustos es lo que me ha llevado a cosas que nunca hubiera imaginado, como ser subcampeón del mundo en la categoría de retrato.
-¿Se puede ser perfectamente imperfecto?
-Sí. Ahí está la belleza. Vivimos en una sociedad en la que todo tiende a ser perfecto. Utilizamos filtros y hacemos retoques, con lo que las imágenes quedan muy construidas, pero eso nos aleja de la realidad. En mi caso, me interesa más la verdad que hay en una persona que una perfección artificial. Prefiero una fotografía que tenga presencia, aunque no sea perfecta, a una imagen impecable pero vacía. Por tanto, ser perfectamente imperfecto es aceptar quién eres, cómo ves y cómo trabajas, sin intentar encajar en un ideal que no te representa. Para lo bueno y para lo malo, así somos. Y eso es lo que intento reflejar en mis retratos.
-¿Cómo sabes a qué persona elegir para retratar?
-No es algo racional, muchas veces es intuición. Me fijo en la mirada, en la presencia, en las facciones. Hay algo en ciertas personas que llama mi atención sin saber muy bien por qué. Te pongo un caso. Voy a recoger a mis hijos al colegio y puede haber 500 niños, pero puede que vea uno del que piense que lo podría retratar. No sé si son las pecas, la expresión o la forma de mirar, pero hay algo que me llama la atención. A veces también me pasa en el día a día, tomando un café o caminando. No es algo que busque constantemente, pero cuando aparece, lo reconoces. Es un poco como el amor: a veces lo buscas y no aparece, y cuando dejas de buscar, gira la esquina y ahí está.
-Y cuando das con la persona, ¿cómo te acercas a ella?
-Me acerco de forma natural, explicando quién soy y por qué me ha llamado la atención. No busco convencer a nadie ni forzar nada; con respeto. Si la persona no se siente cómoda, no pasa nada. Pero cuando hay una apertura, todo fluye de forma distinta. Al final se trata de crear un pequeño espacio donde la persona pueda mostrarse tal y como es.
-¿Por qué trabajas siempre en tu estudio?
-Porque es donde puedo controlar todo. El estudio no es solo un espacio físico, es una forma de trabajar. Me permite eliminar distracciones y centrarme únicamente en la persona. Todo está pensado para que nada compita con el retrato. Cuanto menos ruido hay, más fuerza tiene la imagen. Además, al ser un espacio de intimidad la persona se siente protegida.
-¿Qué es lo más importante en tus retratos?
-La persona. Por encima de la luz, de la técnica o del equipo, por encima de todo, está la persona. Todo lo demás está al servicio de eso. Lo importante es lo que cuenta la imagen y la conexión que se crea. A mí no me interesa hacer una foto bonita sino una que diga algo, que tenga verdad, que tenga presencia y que conecte. Siempre digo que, al final, la fotografía es un trabajo en equipo: su presencia y mis gustos. Porque yo retrato a la persona, pero en la edición, el encuadre y la forma de mirar también hay mucho de mí. Es una conversación entre los dos.
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