VALÈNCIA. Pedro Almodóvar estrena su largometraje número 24, Amarga Navidad, una historia llena de otras historias, algo habitual en su cine, en el que reflexiona sobre la relación entre la realidad y la ficción, sobre el propio oficio de cineasta y la legitimidad del artista para convertir a sus allegados en material para su obra. Un gran tema, quizá más de actualidad que nunca, dada la proliferación de eso que hemos dado en llamar autoficción, tanto en literatura como en cine o teatro. No hace mucho, el gran Emmanuel Carrère, que ha construido casi toda su obra sobre su biografía y la de quienes le rodean, con resultados extraordinarios desde el punto de vista literario y artístico, confesaba que lamentaba haberlo hecho en algunas ocasiones, con su expareja y su madre, porque les había provocado mucho daño. Es algo que muchos autores se han planteado a lo largo de la historia y seguirán haciéndolo.
Lo cierto es que la evolución de Almodóvar desde sus inicios en 1980 hasta hoy es fascinante. No solo por haberse convertido en uno de los cineastas más importantes e influyentes del cine actual en todo el mundo, sino porque, vistas hoy en día sus primeras películas, que podemos calificar de cine punk o underground sin problema, es difícil prever el camino de complejidad y sofisticación que ha llevado al cineasta a su estatus actual y el mundo personalísimo del melodrama suntuoso y manierista en el que se mueve como pez en el agua, un mundo que podemos definir con un adjetivo propio, almodovariano. Aunque la RAE no lo reconozca y el word me lo subraye, todos sabemos de qué hablamos al decirlo.

- Entre tinieblas -
Y, sin embargo, en esas primeras películas punk hay mucho del Almodóvar actual. La mirada desprejuiciada, la capacidad para combinar cosas que, a priori, no parecen combinables, los cambios de tono, el protagonismo femenino, los homenajes pop a todo tipo de referentes sea Jean Cocteau, Fassbinder, un anuncio de detergente o la zarzuela La revoltosa. Y, por encima de todo ello, la imaginación desbordante y la libertad creativa.
Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), Laberinto de pasiones (1982), Entre tinieblas (1983) y ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984), las películas a las que nos referimos, son una rara avis en el cine español del momento. No se parecen a nada, aunque cojan de aquí y de allá. Desaliñadas y desconcertantes, revelan a un cineasta repleto de ideas y de energía, convencido de que los tiempos han cambiado y que esos tiempos no se pueden contar según reglas antiguas. En mis clases de Historia del cine español, el visionado de las primeras secuencias de Pepi, Luci y Bom eran para los estudiantes la constatación directa, inmediata y casi visceral de que el dictador, efectivamente, había muerto, no hacía falta explicar nada: aquello era otra cosa, indisciplinada, libérrima, provocadora e inclasificable. Es obvio que el joven Almodóvar no tenía ni idea de dónde poner la cámara, que la película es chapucera, que está mal hecha y tiene errores de principiante a porrillo, pero hay en ella una energía vibrante, un ímpetu creador, unas ganas de dejar constancia de otra mirada y otros universos, una libertad y un derroche de imaginación e ideas que sigue asombrando. No es solo que sea muy divertida y que tenga un enorme valor histórico, es que su insolencia sigue siendo inspiradora.

- ¿Qué he hecho yo para merecer esto? -
También asombra lo rápidamente que el cineasta aprendió a hacer cine. En este sentido, el salto entre Pepi, Luci y Bom y Laberinto de pasiones es notable, pero cuando llega a ¿Qué he hecho yo para merecer esto? es abismal. Y sigue siendo punk y desconcertante y desaliñada y aun así es una película mayor, de hecho una de las mejores del director. Con sus situaciones surrealistas (el lagarto, los diarios de Hitler), sus salidas de tono y cambios de ritmo, su humor extravagante y su deliberada y adecuadísima estética del todo a cien, consigue reflejar la vida jodida y arrastrada de un ama de casa del extrarradio, sometida a la pobreza y al machismo, mejor que muchas películas aparentemente más serias o que cualquier tratado sociológico. Extraordinaria.
Es tal la potencia de estas primeras películas que, incluso con grandes desequilibrios internos, siguen funcionando hoy en día. Un perfecto ejemplo es Entre tinieblas, que tiene un gravísimo problema en su centro mismo, y es que la protagonista, Cristina Sánchez Pascual, que es la cantante de boleros que llega al convento y desata toda la acción, ofrece una interpretación terrible, que ni siquiera la siempre ajustada dirección de actrices de Almodóvar logra salvar. Pero no pasa nada, nadie se acuerda de ella y sí de Marisa Paredes, de Carmen Maura, de Julieta Serrano, de Lina Canalejas y de Chus Lampreave. Ellas son Sor Estiércol, Sor Perdida, Sor Rata de Callejón, Sor Víbora y la madre superiora, las monjas que forman la inolvidable congregación de las Redentoras Humilladas. No es un mal ejercicio recordar la película en toda su capacidad de provocación, ahora que las monjas y la espiritualidad parecen estar de moda.
Poco después llegó Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), en la que el director logró combinar a la perfección todos los elementos y, a partir de ella y su éxito internacional, con un Oscar a la mejor película internacional incluido, ya fue otra historia. Ya no una underground, ni punk, pero sí la de un cineasta absolutamente fiel a sus temas, sus obsesiones, su estética y su estilo, venerado en el mundo entero.

- Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón -