VALÈNCIA. Empieza la película con los primeros compases del Himno Regional del maestro Serrano (unos compases muy cinematográficos, que también sirvieron como cortinilla de la productora Cifesa). Un paisaje recuerda vagamente a la València de finales del siglo XIX: barracas, campos trabajados, indumentaria valenciana. Cuando empieza a hablar la voz en off y los primeros personajes, parece definitivo que es una película rodada en la huerta valenciana, pero no lo es. Es México, otoño de 1944.
Se trata, en realidad, de la primera gran adaptación en la historia del cine de La barraca, una de las novelas imprescindibles de Vicente Blasco Ibáñez. Y sobre todo, es el reflejo del exilio español tras la dura posguerra. “Al repasar la copiosísima producción de los profesionales del cine refugiados en México, se constata sin esfuerzo, sobre todo en los primeros años, cierta tendencia a la agrupación solidaria, de modo que no es raro observar que en las películas dirigidas por un español se encuentren también tres o cuatro españoles en el reparto de intérpretes y técnicos. El caso más llamativo de película de exiliados lo constituyó La barraca”, explica Román Gubern en su libro Cine español en el exilio.
Esta cita es recogida por Álvaro Martín en un artículo de Archivos de La Filmoteca que compara el texto original con la adaptación cinematográfica. La barraca se convirtió en una de las películas fundacionales del cine mexicano, primera ganadora de los Premios Ariel (sus Goya). La adaptación, lejos de ser una libre y descontextualizarla para aliviar la producción de las referencias extranjeras, hizo un trabajo importante en el sentido contrario: el de hacer posible una historia lo más valenciana posible.

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A lo largo de la película se reconstruyen escenarios como l’Albufera, el Tribunal de les Aigües, los personajes bailan dansà y se dicen xiqueta y bon dia. “Este valencianismo entronca con una de las características del cine del exilio, la reivindicación de la patria perdida mediante la reivindicación de las peculiaridades regionales”, comenta Luis E. Parés en un artículo para el Instituto Cervantes.
En el equipo que hizo la película se han acreditado hasta una veintena de españoles trabajando, la mayoría de ellos valencianos. La primera, Libertad Blasco Ibáñez, hija del escritor y responsable de la adaptación y del guion, junto a Paulino Masip y Abel Velilla. En el elenco, que tenía que mantener el acento castellano en vez del mexicano, también había exiliados (como Anita Blanch, Amparo Morillo o José Baviera), pero el protagonista, Domingo Soler, era un actor mexicano al que se le nota el esfuerzo por adaptarse al contexto de la película.
El film reconstruye la novela con apenas variaciones y magnifica el aspecto pictórico de la narración. Ricardo Gavaldón, el director, también mexicano, se convertiría en un nombre imprescindible para la historia del cine del país. Y su carrera apenas había despegado en 1945, cuando finalmente se estrena la novela.

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En los créditos se nombra a un “asesor folklórico”, Francisco Gil, que sería el responsable de hacer rigurosas las indumentarias y el funcionamiento de las diferentes tradiciones que aparecen en el film. Ciertamente, si Parés detecta esta exageración por melancolía de la patria perdida, esto no significa en ningún momento una caída en los tópicos del que pecan muchas películas que miran (por ejemplo, desde el cine norteamericano) al mundo hispano o a sus culturas propias.
La Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas rescató esta película en una restauración ejemplar en 2023 y la película ha vuelto a tener cierta actualidad. En clave valenciana, la fotoperiodista Eva Máñez, está precisamente visitando algunas de las localizaciones donde se rodó el film en un proyecto mayor para mapear y retratar el exilio republicano en México —este proyecto está co-financiado por la Diputación de València y se podrá ver su resultado en la ciudad.