Libros y cómic

LITERATURA Y DUDAS

El taller negro, o un viaje al proceso creativo de Annie Ernaux

Cabaret Voltaire edita los diarios en los que la autora francesa expone los engranajes de su escritura

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VALÈNCIA. “Escribo, pero no sé escribir” (27 de julio, 1985).

“Vacilación que me está matando” (4 de marzo, 1998).

“Todavía no veo el texto como una casa ni como un paisaje. Se escapa por todos lados” (18 de diciembre, 2013).

Escribir implica dudar. Escribir implica fracasar. Escribir implica regresar una y otra vez al mismo lugar, al mismo párrafo, a la misma idea. Tras plasmar episodios fundamentales de su biografía en títulos como El acontecimiento, Pura pasión o La ocupación, Annie Ernaux (Lillebonne, Francia, 1940) permite a los lectores asomarse a su proceso creativo en El taller negro, publicado por Cabaret Voltaire. Más que una obra cerrada, lo que la autora francesa propone en este volumen (con traducción de Lidia Vázquez Jiménez y recién llegado a las librerías españolas) es un dispositivo para acceder al interior de su escritura, hacia ese espacio generalmente invisible donde los textos aún no son textos, sino tanteos, miedos, impulsos. O lo que la propia ganadora del Nobel de Literatura 2022 define como un “diario de excavaciones”.

Un proyecto que, sin ella misma saberlo, arrancó en 1982, cuando adquirió la costumbre de anotar, en hojas fechadas, la exploración que acompaña a cada uno de sus manuscritos. El resultado es un registro de la redacción paralela que, durante más de tres décadas, ha discurrido junto a sus obras y que adopta los ropajes de cuaderno de trabajo.

En Cabaret Voltaire llevan más de una década editando a esta autora y aspiran a publicar toda su producción en castellano, una empresa que “se irá completando en los próximos años”. “Ahora que las lectoras y los lectores de Ernaux ya conocen su trayectoria, nos parecía un momento excelente para publicar este texto, que actúa como trastienda de su escritura”, explican. No en vano, las piezas que componen El taller negro “se disfrutan mucho más” cuando se está familiarizado con los títulos de Ernaux, pues proporcionan un acceso privilegiado “que no siempre podemos tener a lo que pasa por dentro, a lo que ocurre en la mente de quien escribe. Cuando se trata de alguien con un universo tan complejo y a la vez tan interconectado como el suyo, conocer su sistema de trabajo constituye una nueva capa que proporciona un acceso revelador a sus otros volúmenes”, señalan desde la editorial.

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Lo que emerge de estas páginas son, en efecto, las bambalinas de la creación, el reverso de un tapiz inacabado: El taller negro funciona a la manera de un laboratorio de producción narrativa abierto a las miradas ajenas. La autora expone los engranajes de sus obras sin la voluntad de ordenarlos retrospectivamente ni darles un sentido a posteriori; por el contrario, los presenta como un inventario de temores, deseos e interrupciones. No es casualidad que se considere “antropóloga de sí misma”.

“He trabajado en ello sin descanso desde noviembre pasado y, sin embargo, no estoy satisfecha, como si faltara algo (en la estructura, en la organización del tiempo de la narración)” (7 de marzo, 1996).

“He pasado la mañana consultando de nuevo las notas que he tomado durante casi 20 años. Me hace dudar aún más de lo escrito hasta ahora. Tendré que releer lo ya hecho” (17 de noviembre, 2003).

No es el único volumen en el que existe la posibilidad de asomarse a las intimidades creativas de la autora. El año pasado el mismo sello publicó Escribir la vida: Fotodiario, más centrado en “el componente biográfico, en cuáles son los acontecimientos que le están sucediendo a Ernaux en paralelo a la preparación de determinados libros. En él se dan claves interpretativas para entender a qué momentos de su vida aluden determinados títulos”.

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Fragmentos de un trayecto

El taller negro gira en torno a una estructura fragmentaria que no responde a una elección estética sino a la propia naturaleza del material. Son textos escritos a fogonazos, en distintos momentos, bajo distintas urgencias, en los que los ecos de lo vivido se funden con la actualidad del momento en que redacta. Cada entrada captura un instante del pensamiento en marcha: una idea que aparece, una formulación que no termina de convencer, una dirección posible que más tarde será abandonada. Esa intermitencia forma parte del propio trayecto y se convierte en una etapa necesaria: “Para Ernaux, hay momentos en los que es más fuerte el componente reflexivo, ese estar en lo mental hasta que se toman las decisiones -sostienen los editores-. En cambio, durante el tiempo de la verdadera escritura, este diario de trabajo se detiene porque ya se está escribiendo el libro en sí”.

A través de estos retales se pueden vislumbrar los itinerarios alternativos de algunas de sus obras más conocidas (Los años, El lugar, Memoria de chica…) en las que género, clase y memoria se entrelazan irremediablemente. La herida íntima transformada en espejo colectivo. Así, El taller negro está plagado de esbozos que no prosperaron, enfoques o estructuras descartadas, intuiciones exitosas. Victorias narrativas. Ernaux prueba inicios, los abandona, los retoma bajo otra luz. Recupera manuscritos. Toma decisiones. Se arrepiente de ellas. Da marcha atrás sobre sus pasos. Imagina hipótesis novelescas que podrían funcionar. Regresa a recuerdos concretos, a fotos, canciones, a instantes que desde fuera podrían parecer intrascendentes, pero que aquí adquieren el valor de cimiento literario. Nombra calles, viajes, objetos, películas o sujetos que atravesaron fugazmente su pasado. Se enfrenta a lo que ella llama, en algún momento, un “bloqueo infernal”. Mientras recorre las cartografías de su existencia, utiliza este taller personal como espacio en el que buscar la palabra precisa. Pule y talla su escritura hasta convertirla en cuchillo.

En El taller negro, el tiempo ejerce de compañero silencioso: más de treinta años de anotaciones permiten rastrear cómo las ideas maduran, evolucionan y se reensamblan hasta cristalizar en la pieza final. La vulnerabilidad de un anhelo todavía no materializado.

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“Releído lo que he hecho y no estoy contenta con nada” (28 de marzo, 1994).

"La escritura es inmersión. Empiezo a sumergirme, más bien a estar sumergida. Lo que intento hacer me parece difícil, pero no sé hacer otra cosa. Comparo la publicación de un libro y la escritura de otro libro con una mudanza. Los muebles, los objetos son los mismos, pero el espacio, las coordenadas han cambiado, hay que acostumbrarse a la nueva disposición, a otra vista, etc.” (5 de marzo, 1998).

“Aún no lo he releído todo. Me resisto, como si releerlo me obligara a volver a empezar, a cambiarlo todo” (7 de marzo, 2015).

Y durante ese diálogo consigo misma, Ernaux se asoma también a la bibliografía de autores que forman parte de su imaginario: de Marcel Proust a Virginia Woolf, de Georges Perec a Émile Zola. Leer y narrar se presentan aquí como actividades inseparables: la producción de los otros alimenta, cuestiona y orienta la propia. Se convierte en reflejo de lo que se ansía y de lo que se busca evitar.

La escritura como oficio

Frente al mito del genio creativo, esa figura a la que la inspiración le llega de manera casi mística, como si fuera un médium de su propio talento, Ernaux defiende la escritura como trabajo artesanal, minucioso y depurado. Un trabajo hecho de incertidumbres, de relecturas, de frustraciones. Una labor concienzuda con la que se desespera, se entusiasma, vuelve sobre sus propios pasos. Nada está dado de antemano. Como apuntan desde Cabaret Voltaire, a lo largo de este dietario no convencional, Ernaux “nos recuerda el aspecto del oficio de escritora que tiene que ver con el trabajo cotidiano y con el empeño sostenido durante años, durante décadas”.

La propia autora recuerda que los libros “no se piensan, sino que se escriben”. O lo que es lo mismo, se construyen. De lo que nos habla este artefacto es de “esos procesos mentales, de esas obsesiones, de esos flujos de pensamiento en los que a veces se cruzan diferentes ideas, pero hay que decantarse por una, hay que buscar una forma de entre todas las posibles, hay que hacer pruebas, ensayo y error”, indican los editores. De esta manera, aseguran, El taller negro recorre junto a ella la senda de “disquisiciones y de elecciones que acabarán por cristalizar en cada una de sus producciones”.

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Al despojar a la literatura de ese aura casi mágica, Ernaux la libera de cualquier torre de marfil y la sitúa en el terreno de lo humano, de lo posible. La redacción aparece como una práctica exigente, que requiere atención, rigor y una relación honesta con la propia experiencia. Mientras expone el andamiaje de su escritura, El taller negro ayuda a comprender mejor cómo se gestan las obras de Ernaux, pero también invita a repensar qué significa escribir a partir de sus propios interrogantes. Que nadie busque en estas páginas respuestas cerradas, no las hay. Lo que sí puede encontrarse es un territorio de preguntas: sobre el hecho artístico, sobre la memoria, sobre la relación entre vida y literatura. “Escribiré para vengar a mi raza”, se prometió Ernaux a los 22 años, en una afirmación en la que ‘raza’ alude a su clase social y a su género y que recordó al recoger el Nobel.

Frente a un ahora en el que prima el resultado como medida de valor absoluto, Ernaux decide mostrar lo que normalmente se oculta: el mapa del camino, con todas sus bifurcaciones, sus rodeos y sus callejones sin salida. Quizá por eso este libro tenga algo de verdad destilada y gesto generoso. Porque, al compartir su proceso, la autora ofrece al lector una experiencia rara vez accesible: la de asistir al nacimiento (tan complicado como fascinante) de la literatura.

“He decidido continuar” (2 de noviembre, 2014).

 

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