Esas bestias pardas de los escenarios llamadas Rolling Stones

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VALÈNCIA. Los conciertos y las giras tienen mucho que ver con el estatus de grupo sagrado que los Rolling Stones han adquirido a lo largo de las décadas, que en el caso de su trayectoria ya suma más de medio siglo. Son muchos los motivos que hacen que no se pueda hablar de los Stones sin tener en cuenta su naturaleza escénica y muchos de ellos están recogidos y catalogados en el libro The Rolling Stones On Tour, de Paul Sexton, que resume casi siete décadas de actuaciones y más de dos mil conciertos. Dicen de los Stones que son la mejor banda en directo de la historia. Tal vez ese adjetivo ya no sea tan exacto en 2026 ( o quizá, sí, es difícil evaluar eso), pero lo que sí es indiscutible es que nadie hace lo que hacen los Stones cuando salen a actuar. Sería interesante analizar a fondo los motivos de esa vigencia. Tal vez sea porque son los supervivientes de una época que lo cambió todo, y su persistencia los ha convertido en una especie de museo ambulante que, gracias a la música y al espectáculo, es mucho más divertido que un museo convencional. Tal vez sea también porque sus protagonistas supervivientes, Mick Jagger y Keith Richards, son historia viva. No sabemos cuánta batería les queda para seguir repitiendo la proeza de una gira que te tiene meses dando vueltas por el mundo. Pero sabemos que, a lo largo de todo este tiempo, esa energía ha funcionado. Si sacar de gira a estos señores no fuese una empresa rentable, esto se habría terminado hace bastante.

Los Stones nacieron y crecieron en los escenarios. Esos escenarios fueron creciendo con ellos, o tal vez fuese al revés. Desde el primer momento, Mick Jagger proyectó un magnetismo que nadie de la competencia rockera tenía. Todo ese periplo se recoge en el libro de Sexton a través de fotos, pósteres, entradas y textos que van relatando cada año de carretera del grupo. La primera actuación fuera de Londres en 1963, compartiendo cartel con Everly Brothers y Little Richard. Las primeras actuaciones televisivas, que sin duda divulgaron masivamente su atractivo e hicieron que las salas donde actuaban se llenaran de un público entregadísimo. Enseguida se dieron cuenta de que los directos eran un terreno a conquistar. En 1964 dieron 218 conciertos entre Inglaterra y Estados Unidos. Dos años después, tras dos años de vértigo, empezaron a ser más selectivos. Las giras sin fin se terminaron en 1967, año en el que solamente dieron 28 conciertos a lo largo de Europa. Para entonces ya se había constituido la empresa Rolling Stones Ltd. y todo se programaba ya desde una calculada profesionalidad.

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La muerte de Brian Jones -que ya había sido expulsado del grupo- en 1969 marcó una nueva etapa. Los Stones se despidieron de los gloriosos sesenta con una gira americana marcada por el punto trágico de Altamont (un hombre fue asesinado por miembros de los Ángeles del Infierno, que supuestamente ejercían como seguridad del grupo). Hubo una película -Gimme Shelter- y un disco en directo -Get Yer Ya-Ya’s Out-, pero, sobre todo, hubo una transición acorde a los nuevos tiempos. La década que estaba a punto de nacer iba a ser el tiempo a través del cual se coronarían como gran grupo de directo. Cada vez que Jagger, Richards, Watts y Bill Wyman tocaban juntos se conjuraba algo único, independientemente del segundo guitarrista que los acompañara, que a partir de 1976 y hasta la fecha no es otro que Ron Wood. A partir de 1972, cada gira se presentaba más apoteósica que la anterior. 

La controversia tampoco faltó. El libro de Sexton obvia la película Cocksucker Blues, dirigida por Robert Frank, convertida en película de culto desde el primer momento (nunca llegó a estrenarse oficialmente y se ha proyectado en muy pocas ocasiones). La cámara contaba esa parte que hacía de ellos una banda salvaje. El sexo desenfrenado y las drogas, que para entonces ya estaban haciendo mella en Richards. Hasta entonces, cada uno de sus discos había ayudado a hacer historia y en ocasiones, también había sido un acontecimiento: Rolling Stones 2 (1965) Aftermath (1966), Beggar’s Banquet (1968), Sticky Fingers (1971), Exile On Main Street (1972)... Sin canciones y discos que las sustenten, las giras no serían nada. Y los Stones son un espectáculo visual cimentado en una colección de canciones que, de ser munición, ganaría muchas batallas. Desde 1963 hasta 1978, la discografía del quinteto, con sus altibajos incluidos, es una obra que funciona por sí misma. Si los Stones no hubiesen hecho del directo su hábitat natural, es muy posible que esas canciones hubiesen tenido la misma importancia. 

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A partir de 1980, esa importancia fue decayendo. Jagger y Richards habían entendido lo que debían hacer para seguir adelante: pensar como empresarios y salvaguardar la magia para cuando llegara el momento de componer y tocar. Los Stones dejaron de grabar álbumes monumentales a partir de 1981, pero a cambio, se especializaron en que sus conciertos y sus giras fueran auténticos acontecimientos. Su primera vez en Madrid, en julio de 1982,  hizo historia, con una lluvia que, en lugar de estropear la velada, añadió magia al acontecimiento, y supuso todo un contraste al debut español de la banda en la Monumental de Barcelona, seis años antes, con los vestigios del franquismo materializándose a través de cargas policiales. Si los setenta fueron años de transición hacia la grandeza, los ochenta lo fueron de calma. Siete años sin gira "stoniana" terminaron cuando en 1989 se anunció el tour de Steel Wheels. A partir de ahí, la grandeza se alió con la necesidad de permanencia. Porque no hay que olvidar que en la música pop las estrellas envejecen más rápido que el resto de la población. Lo que un día fue venerado mañana será reemplazado. Jagger y compañía han sabido hacerlo para que nada ni nadie pueda reemplazarlos. Y ahí están. Con los años, las giras cada vez son más espaciadas y comedidas. Pero siguen levantando la misma expectación, el mismo entusiasmo. El hecho de que Wyman se jubilara antes de tiempo y de Watts falleciera repentinamente en 2022 no le ha restado fuerza a la demanda de entradas. 

En el libro se cita precisamente a Watts diciendo: “No entiendo muy bien por qué, pero a los fans les encanta ver tocar a Keith, o cómo Mick menea el culo”. Y ahora, la gran cuestión. ¿Cuánto tiempo puede seguir siendo atractivo un espectáculo en el que aquellos que alentaron una revolución juvenil pasan ya de los ochenta? ¿Hasta qué punto la vejez es compatible con la fantasía del rock & roll? Me temo que es el público el que tiene la respuesta y esta parece muy clara. No obstante, escuchemos a uno de los interesados manifestarse al respecto tal cual se le cita en el libro: “Me encanta ver mundo -dice Keith Richards-, y espero que al mundo le encante verme a mí. Existe la idea de que esto sólo se puede hacer entre los 17 y los 25 años o algo así. Pero no soy un jugador de tenis. Seré yo quien decida cuánto tiempo se puede hacer”.

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