CULTURA

Espido Freire: "Clarín, Delibes, Pardo Bazán o las Brontë nos enseñan más de un paisaje que los geógrafos"

La escritora impartirá una charla este sábado en el festival literario de Vall de Almonacid

  • Espido Freire.
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CASTELLÓ. Espido Freire ha construido una de las trayectorias más singulares de las letras españolas contemporáneas. Su carrera la vertebra la independencia creativa, la versatilidad y la fidelidad a una voz propia. Sin olvidar, claro está, su mirada a Jane Austen y las hermanas Brontë. Y de todo ello hablará este sábado en el primer festival literario de Vall de Almonacid, donde ofrecerá una conferencia que lleva por título ‘Escribir y leer desde otros espacios, otros tiempos, otras edades’.

Espido nunca ha publicado siguiendo las modas. Desde que irrumpió en la literatura española siendo apenas una veinteañera hasta hoy, ha defendido una forma de entender la escritura en la que lo rural también juega un papel reseñable. Es una gran defensora de los encuentros con lectores en escenarios íntimos, como el que se compartirá en Vall de Almonacid, porque entiende que es ahí “donde la conversación literaria puede llegar a ser más intensa y más cercana que en muchos grandes eventos”.

-Espido, permíteme que empiece con el título de tu conferencia porque tú nunca has tenido miedo de mirar hacia otros tiempos y otras edades. ¿Es complicado escribir sin seguir las modas del momento?

-Nunca he sabido hacerlo de otra manera. Cuando publiqué ‘Irlanda’, a finales de los noventa, el panorama literario iba en direcciones muy distintas a las que yo elegí. Mis referencias eran Jane Austen, las Brontë, Daphne du Maurier, Ana María Matute o Carmen Martín Gaite, unos nombres que no parecían precisamente las lecturas más modernas para una autora de veinte años. Las modas tienen algo muy seductor porque ofrecen la sensación de pertenencia. Pero también presentan fecha de caducidad. La literatura, en cambio, trabaja con materiales mucho más resistentes, como el miedo, el amor, la ambición, la pérdida o la identidad. Tolstói sigue hablando de nosotros. Austen sigue hablando de nosotros. Eso me parece una buena lección de humildad.

-¿No le preocupa obviar las tendencias?

-A veces tengo la sensación de llegar antes o estar fuera de algunas corrientes, pero no solo en lo literario, también en opinión o enfoque. No me preocupa demasiado. Prefiero escribir libros que me representen a perseguir tendencias que quizá desaparezcan antes de que el libro llegue a las librerías.

-Durante mucho tiempo, la literatura ha estado muy vinculada a los centros urbanos. ¿Crees que el mundo rural está recuperando protagonismo como escenario literario?

-Sí, pero me interesa especialmente que lo haga sin idealizaciones. Durante décadas, el campo aparecía como un lugar atrasado o como un paraíso perdido. Ninguna de las dos imágenes resulta del todo cierta. La literatura entiende que el mundo rural contiene conflictos tan complejos como cualquier gran ciudad: despoblación, memoria, transformación económica, pertenencia, desarraigo. Delibes ya lo sabía. Julio Llamazares también. Y hoy vemos cómo muchos autores vuelven a esos espacios porque permiten contar historias esenciales. Además, en una época tan acelerada, el territorio rural nos obliga a prestar atención a ritmos distintos. Y la literatura siempre ha necesitado esa atención.

-¿Qué papel pueden desempeñar los festivales literarios en pueblos pequeños para acercar la cultura a nuevos lectores?

-Enorme, un papel enorme. La cultura compite entre sí en las grandes capitales. He participado en festivales y encuentros en localidades pequeñas donde la conversación literaria era más intensa y más cercana que en muchos grandes eventos. La literatura nació alrededor del fuego, de la narración compartida. En cierto modo, estos festivales recuperan algo de ese espíritu. Acercan autores y lectores, eliminan barreras y demuestran que la cultura no es un lujo reservado a unos pocos. Y además generan un orgullo de pertenencia. Cuando un pueblo se convierte durante unos días en un centro cultural, cambia la percepción que tiene de sí mismo.

Los festivales en pueblos pequeños generan un orgullo de pertenencia e incluso cambia la percepción que tiene de sí mismo

-¿Crees que la literatura puede contribuir a preservar la memoria de los territorios rurales?

-Lleva siglos haciéndolo. Muchas veces conocemos mejor un paisaje por los escritores que por los geógrafos. Pensamos en la Asturias de Clarín, en la Castilla de Delibes, en la Galicia de Emilia Pardo Bazán o en el Yorkshire de las Brontë. La literatura conserva voces, costumbres, formas de hablar y maneras de entender el mundo que de otro modo desaparecerían. No sustituye a la historia ni a la documentación, pero guarda algo igual de importante, y me refiero a la experiencia humana.

-Relato, novela, ensayo, traducción, guiones y literatura infantil. ¿Qué te lleva a elegir un camino u otro en cada momento?

-La historia manda. Hay ideas que exigen una novela porque necesitan espacio y complejidad. Otras funcionan mejor como ensayo porque plantean preguntas. Algunas piden la concisión del cuento. Y hay asuntos que encuentro más adecuados para los lectores jóvenes. Nunca he entendido los géneros como compartimentos estancos. Me gusta la curiosidad intelectual y aprender de formatos nuevos. Si llevo más de veinticinco años escribiendo, casi treinta, y lo hago con el entusiasmo del primer día, es precisamente porque procuro no repetirme demasiado. Yo soy la primera en aburrirme.

-Es que has publicado hasta audiolibros...

-Sí, sí. He leído varios de mis audiolibros y he escrito dos historias originales para audio. Una de ellas también la dirigí yo. 

-¿Qué queda de aquella Espido que ganó el Planeta con 25 años?

-La curiosidad. Y probablemente la testarudez. Tenacidad queda mejor, ¿verdad? La perseverancia... bueno, entendemos a qué me refiero. Jeje. Por suerte, también han cambiado muchas cosas. Hoy conozco mejor el oficio, tengo más paciencia y menos necesidad de demostrar nada, pero la misma fascinación por las historias y por las personas.

Recomendaría recuperar a la británica Penelope Fitzgerald, que merece muchos más lectores de los que tiene, y a la danesa Tove Ditlevsen

-Sigues siendo la más joven en haber ganado el premio…

-Cuando gané el Planeta, era muy joven, pero era a la vez enormemente vieja. Siempre he desconfiado de los fuegos artificiales, y nunca me he creído demasiado la cara visible. Eso me ha salvado en muchas más ocasiones de lo que la gente pueda creer. 

-Siempre vinculada a la radio, mención especial merece tu labor en Radio Clásica, donde estableces puentes entre música y literatura. ¿Has descubierto autores gracias a la música o compositores gracias a la literatura?

-Constantemente. Aquí merece un espacio enorme, en todos los sentidos, mi compañero Martín Llade, sin el que sería imposible hacer ‘Notas a pie de página’ y que sirve como conversador inagotable sobre estos temas. Como él y yo, la música y la literatura mantienen una conversación ininterrumpida desde hace siglos. Gracias a la música llegué con más profundidad a Rilke, a Goethe o a Shakespeare. Y gracias a la literatura terminé interesándome por Schubert, Mahler o Britten. Me gusta especialmente cuando un arte abre la puerta a otro, y las formas distintas de abordar las mismas preguntas.

-Radio Clásica siempre te cita como “nuestra escritora predilecta”. Además de un lujo, ¿supone una responsabilidad?

-Es un honor enorme, pero, como ya he dicho antes, no me creo nada. Eso se lo dirán a todas… Fuera bromas, Radio Clásica representa una manera de entender la cultura que aprecio mucho; hay rigor sin pedantería, profundidad sin exclusión. Intento estar a la altura de esa confianza y devolver el cariño que siempre me han mostrado, que es constante e inmerecido.

-Una curiosidad: ¿existen los días en los que no hay escritura? ¿Consigues pausar en algún momento?

-Escribo menos de lo que la gente imagina y pienso mucho más de lo que parece. Hay días sin escritura material. Lo que no hay casi nunca son días sin observación, ni sin lecturas. Los escritores tenemos una cierta deformación profesional; por tanto, escuchamos conversaciones, almacenamos detalles y nos fijamos en cosas aparentemente insignificantes. A veces el trabajo consiste precisamente en alejarse de la mesa y vivir un poco para tener algo que contar después. No hacen falta grandes hitos ni aventuras; es suficiente una conversación con un taxista, un traspié en la calle, una discusión presenciada o un gesto.

En una época tan acelerada, el territorio rural nos obliga a prestar atención a ritmos distintos, y la literatura necesita esa atención

-La primera vez que escuché el nombre de Margaret Atwood fue cuando recomendaste su lectura hace más de 25 años en una charla en Castellón, donde también sugeriste leer a una desconocida por entonces, Pilar Adón. ¿Te aventuras a cerrar la entrevista con un par de propuestas de las que no están en los escaparates de las librerías?

-Qué ilusión me hace eso. La verdad es que no me puedo quejar de mi gusto literario. Las dos son grandes autoras, y en estos 25 años se han convertido en patrimonio público. Siempre es arriesgado porque, en cuanto mencionas un nombre, deja de ser un secreto. Pero recomendaría recuperar a Penelope Fitzgerald, una autora británica extraordinaria que escribió novelas breves, inteligentes y elegantes, y que todavía merece muchos más lectores de los que tiene. Y también a Tove Ditlevsen, la escritora danesa. Sus memorias son precisas, incómodas, brillantes y profundamente humanas. Las dos poseen algo que admiro y mencionan constantemente: una voz propia. Al final, más allá de las modas, los premios y las listas de ventas, eso es lo que permanece.

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