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Hellraiser, el tañido de los cenobitas

Hermida Editores publica esta obra de la saga de la Configuración del Lamento y los monjes infernales que se ambienta treinta años después de las primera novela y como novedad, no ha sido escrita por Barker.

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VALÈNCIA. En los videoclubs de los noventa, como, pongamos por caso, un establecimiento Video Rados en el barrio de Campanar, sucedían cosas difíciles de comprender si no se han vivido: en su interior diáfano y de suelo tremendamente pulido aguardaba, junto al mostrador, un rottweiler muy poco amigable atado a una cadena demasiado larga. Era un perrazo de esta raza de la época, menos refinados que los que vemos en los últimos tiempos por las calles, y con la fama que les otorgaba el triste papel que se representaban en películas y series de televisión, a saber, el de bestias que te encontrabas al saltar una valla huyendo de la policía para constatar que ibas a ser despedazado. Era una época prepitbúllica, y los malos empleaban como armas vivientes perros negros con las colas cortadas. En las estanterías de aquel templo del sábado noche con películas y pizza o el domingo tras la comida aguardaban además horrores más allá de nuestra comprensión, de la comprensión de quienes éramos entonces niños entonces por lo fantástico de origen monstruoso, infernal o extraterrestre.

Hablamos de carátulas explícitas en anaqueles a plena vista –solo quedaban resguardadas las películas pornográficas en un cuartito del escarnio al que se accedía además por una puerta de cantina del Oeste– con imágenes tan perturbadoras como las de Holocausto caníbal, que marcó a toda una generación de menores, el rostro desfigurado de Freddy en Pesadilla en Elm Street, la sonrisa inhumana y maléfica de Chucky, y otras tantas propias de una época en la que el diseño no dejaba nada a la imaginación: sin internet en las casas, se optaba por mostrar por la vía rápida lo que uno iba a ver al poner la cinta en el vídeo, y las películas, elegidas tras un paseo andando o en coche, competían ferozmente unas con otras. Si su cartón azul no salía de la funda en ese momento, no habría opción de ser vista después. De todos esos seres de pesadilla que poblaban aquel lugar fascinante, uno de ellos prometía sin duda todo tipo de emociones extremas, incluso sin saber de qué iba la historia de la que formaba parte: con su cara blanca y cortada en sectores marcados por clavos, su mueca amenazante, vestimenta de cuero negro, nos ofrecía una extraña caja en apariencia inofensiva. Pero aquella caja era la de Lemarchand, la Configuración del Lamento, y a su lado la de Pandora queda a la altura de un simple tupper

  • El tañido, de Mark Allan Miller a partir de una idea original de Clive Barker -

Como descubriríamos después, el puzzle era también una trampa para los curiosos, cuyo castigo excedía en mucho la picaresca o crímenes que hubiesen podido emplear para conseguirla, pues servía para abrir un portal al infierno del que, precedidos por el tañido de una campana sobrenatural, emergían unos seres que son probablemente de lo mejor que dio la época a nivel literario y cinematográfico, una secta de monjes consagrados al dolor, propio pero sobre todo ajeno, que habían hecho de la transgresión corporal su seña de identidad, y que tras cazar a su desdichada víctima, se lo llevaban a su repulsivo reino para torturarlo sin límite. El líder de todas aquellas aberraciones, el Sacerdote del Infierno, fue llamado Pinhead por parte del público, pese al desagrado de su creador Clive Barker con el apodo, y así pasó a la posteridad. Hoy, muchas películas de calidad razonable o ínfima después, tenemos la suerte de reencontrarnos de nuevo con el demonio de aquellas portadas gracias al compromiso de Hermida Editores con la trilogía literaria, compuesta por El corazón condenado, Los evangelios escarlata, y ahora El tañido, que no ha sido escrita por Barker sino por Mark Allan Miller (y traducida por Óscar Mariscal), al estilo de las expansiones del universo lovecraftiano a cargo de su círculo.

La historia sucede treinta años después de los hechos de la primera novela y antes de la sublevación demoníaca cenobita que regaló a los fans la posibilidad de ahondar en el lore de la saga, trasladando el grueso de la acción a la geografía del averno, convertido en una dimensión menos abstracta (se recordará a Leviatán, la deidad creadora del laberinto de Hellraiser 2, una forma geométrica inmensa y flotante), más prosaica, donde diferentes clanes y familias de seres se disputan el trono. En ella Kristy malvive en un estado de huida constante a lo largo y ancho del mundo, siempre alerta ante cualquier señal de que el mal anda cerca. Una serie de sospechosas circunstancias acabará llevándola de cabeza precisamente a donde quería evitar y frente a quien tanto temía, pero no tanto como cualquiera de quienes leemos sus andanzas, pues si algo ha tenido siempre la ficción infernal es la capacidad de sobrecogernos ante la perspectiva de un dolor horroroso y eterno: hay pocas cosas que den más miedo, o ninguna. 

La idea de la tortura sin fin es el tope al que nuestro cerebro puede llegar (sin ser tampoco esto cierto porque somos incapaces en realidad de concebir el infinito). ¿Cómo se podría vivir sabiendo que a la vuelta de cualquier pared vienen a por nosotros unos seres enormemente pacientes y versados en las artes de la laceración, el quebrantamiento de huesos, la evisceración y la artesanía de la piel? No solo eso: morir tampoco es una opción dado que probablemente el destino acabe siendo el mismo. Hellraiser merece muchas más historias incluso sabiendo lo irregular de la saga: hay muchísimo que explorar en el mapa del inframundo y tres libros se quedan cortos. Hay muchas campanas todavía que hacer sonar, muchas habitaciones que convertir en condenas, muchos planos que corromper con la pestilencia de esa otra dimensión de la que Barker nos abrió sus maléficas puertas.

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