Hombres en tetas en tu zona: ¿por qué hay más tipos sin camiseta en nuestras ciudades?

Más cultura

VALÈNCIA A TOTA VIROLLA

De París a València, con Alicante como avanzadilla, el verano deja una impresión: cada vez más hombres en tetas. Ante ello, peticiones por doquier para limitar estas conductas. ¿Es pudor o reacción cívica?

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VALÈNCIA. Con un método científico tan preciso como salir a la calle y mirar que hay más hombres paseando sin camiseta, el debate público ha concluido que hay un problema: ¡los hombres cada vez llevan menos ropa en la ciudad cuando hace calor! A la observación analítica solo le falta un par de conversaciones con taxistas que, en plena carrera, confirmen el avistamiento: hombres desnudos en tu zona. Apelando al sesgo personal, yo mismo he visto a más tipos que nunca sin camiseta pasear por la calle. Lejos de cualquier área de playa. ¿Y cuál es el problema?, podría formular un espectador neutral. A eso hemos venido: a entender si hay algún problema. 

Ha ocurrido en el mismo período en que la opinión publicada ha tenido a bien concluir que el toples (femenino) vive su peor verano. Por qué ya no enseñamos las tetas, planteaba Ana Iris Simón en su columna de El País, en pleno farragosto. ¡Porque los hombres las enseñan demasiado!, debería concluirse. El argumento de Simón se dirigía más al hecho reactivo contra un exceso de sexualización, liberarse a través de la contención.

La aventura urbana del toples masculino ocupa ya espacio en la crónica política. Pocos días antes, el grupo socialista en el ayuntamiento de València pedía que se regulara tanta teta de hombre. “En el último Consejo de Turismo, los comerciantes y los vecinos denunciaron un turismo chabacano que se pasea en traje de baño, bikini o directamente sin camiseta por la calle y no solo en el barrio de Marítim, sino que también lo vemos diariamente en el centro de València. Otras ciudades como Alicante, Barcelona o Málaga ya lo están regulando”, pedía la concejala Maite Ibáñez.

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Lejos de ser un asunto propio, estos días el mismo extremo resonaba en París. El periódico Le Parisien medía el descontento de los vecinos del barrio donde se sitúa el canal de Saint-Martin, convertido durante la temporada en nueva zona de baño público. “«Se nos imponen, nosotros no hemos pedido nada»: en París, hombres con el torso desnudo que incomodan”, rezaba el titular, describiendo una práctica en el espacio público en el que ciudadanos de otras zonas acudían a este segmento del Sena solo con bañador. El distrito, donde Saint-Martin, quizá no lo había advertido: se acababa de convertir en una playa.

Banalización del lugar

Nuestras ciudades tienen que decidir qué hacer. Qué hacer con una práctica que irá en un aumento porque: a) en verano cada vez hace mucho más calor y apetece quitárselo todo, b) la exhibición masculina del cuerpo ha ido en aumento azuzada por la mirilla de Instagram; persigue implícitamente un status, c) existe una banalización creciente del lugar como espacio habitado por sociedades propias.

En esa decisión pendiente convendría no dejarse llevar por la tentación de cerrar el capítulo acusando a todo dios de puritano o limitándolo a una reacción escandalizada que teme nuestras tetas. La cuestión interpela áreas distintas. La principal es la que el periódico francés traía a su titular: Se nos imponen, nosotros no hemos pedido nada. Ese grito de los vecinos de Saint-Martin refleja lo mismo que llevan dentro tantos vecinos de València: un sentimiento de desposesión. No es por qué tantos hombres se desnudan, es dónde deciden hacerlo. 

Tomar un área -donde viven personas, forman comunidades, tienen problemas, buscan soluciones- como un espacio no delimitado, por tanto sin reglas, por el que transitar de la misma manera que uno está en la playa, poco tiene que ver con puritanismo. Tiene que ver con un contexto que queda vaciado. Una posición por la que no importa quiénes están alrededor, porque un súper ‘yo’ decide sentirse en el mismo entorno donde se alzan los castillos de arena. Es una forma de comunicación. Un lenguaje. De la misma manera que escribir un whatsapp completo en mayúsculas se interpreta como un grito, un gesto agresivo, pasearse sin camiseta en cualquier entorno urbano denota una actitud similar. No se está eligiendo un lugar, se va a un lugar para ocupar un tiempo de ocio: todo lo que rodea al lugar queda desprovisto de cualidades. 

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El debate es pertinente porque nos mete de lleno en una actividad cada vez menos practicada: decidir qué reglas darnos dentro de una ciudad agitada por los cambios. ¿Y si la decisión pasara por -igual que cayeron las corbatas- animar a la población local a quitarse la camisa en verano? Boutades al margen, decidamos qué queremos en nuestras calles. Quedarse mirando de perfil conduce a la pérdida de una mínima soberanía local. 

Alicante, desde 2022, imprimió una ordenanza de convivencia en la que la decisión pasó por multar hasta con 750 a quien pasea con el torso desnudo fuera de playas, paseos marítimos o piscinas. Barcelona acaba de permitirse sancionar esos mismos comportamientos con hasta 300 euros (una sanción que ya aprobó en 2011 pero que el Supremo hizo decaer en 2015 por falta de rigor). 

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