VALÈNCIA. A mediados de los noventa, recuerdo que en casa de mi novia de entonces, entre los trastos viejos, apareció una cinta de Hombres G. La pusimos inmediatamente en el radiocasete y nos quedamos alucinados… con la producción. Era el sonido de los ochenta puro. Un soplo de aire fresco para los que añorábamos la década anterior, algo que muy poca gente hacía. Ese periodo de tiempo se consideraba lo más hortera y cutre jamás habido, algunos de los que lo habían vivido escondían sus fotos personales. Pero para los nostálgicos no había internet entonces y la tele iba a la suya, el recuerdo de tiempos pasados solo se podía hacer mediante vestigios como esa casete. Cada fotografía y cada disco era como oro en paño.
Y hasta ahí llega mi relación con Hombres G. No hay ninguna canción que me guste. Tampoco los circunscribo a nada atractivo. Cuando era niño, veía que le gustaba a las chicas mayores que yo, a las fans de Mecano, que era la gente normal. Lo más que disfruté de ellos fue en un par de cumpleaños de un amigo, ya que tenía sus dos películas en VHS, y aquello y a niños de 10 años eso nos parecía la panacea. Estábamos en la onda.
Sin embargo, aunque no suene ninguna canción de Hombres G en mi casa, tienen todo mi respeto porque lograron lo más difícil e importante, que es conectar con el público. Los grupos de nicho, los minoritarios, los exquisitos, etc… pueden estar muy bien, a mí son lo que más me atrae normalmente, pero llegar a la población masivamente exige un don especial, algo que se tiene o no se tiene. Igual exige ser un poco tontorrón, tener poca vergüenza o sentido del ridículo y por eso a la gente listísima y cool a más no poder se les hace tan difícil ese tipo de éxito. Pero cuando ocurre, siempre tiene que haber canciones detrás.

Hombres G han tenido muchas acusaciones en las barras de los bares de ser lanzados gracias a los contactos de la familia Summers. Creo que es un hecho que aprovecharon el conocimiento del medio, tanto en las presentaciones de sus discos como para realizar las citadas películas, pero nada habría sido posible sin temas que le gustaran a la gente, además de un cantante muy guapo. Se ha enterrado mucho dinero en el lanzamiento de artistas que luego no han tenido éxito, no es fácil que se den todos los factores necesarios a la vez aunque haya grandes presupuestos y aquí sucedió.
En este sentido, lo más revelador del documental para mí es la teoría que aporta su biógrafo, Javier León Herrera, de por qué el grupo pegó el pelotazo de forma instantánea. No sé si con segundas o no –muy probablemente sí-, pero dejan caer que ellos eran personas normales. Es decir, chavales con camisetas, vaqueros y zapatillas. Y esa actitud se pone en contraposición a los artistas de la primera mitad de los ochenta, encuadrados en La Innombrable, muy marcados por el punk, el afterpunk, la nueva ola y los nuevos románticos. En muchos de estos casos esto se traducía en: peluquería y hombreras.
De hecho, la imagen que utilizan para ilustrar esta idea en el documental es de Ana Curra con Parálisis Permanente. Si no me equivoco, del clip Quiero ser santa. A mí me parece un comentario completamente coherente. Por mucho romanticismo que haya ahora, las tribus urbanas fueron un fenómeno en el que solo participaron minorías aunque alcanzaran tanta visibilidad. La mayoría de la juventud era “normal”.
Las letras de Hombres G, sobre enamoramientos juveniles, desamor, celos, amistad, pandillas, diversión y rebeldía orientada a no querer hacerse mayor, es natural que llegasen a más gente y a gente más “normal”. Quiero ser santa, una fantasía de santidad con toques morbosos y autodestructivos por la vía del martirio, un fino humor negro erótico sobre dolor y placer con provocación católica directa, era la música del uno por ciento aunque llegara a las pistas de baile de toda España. Hombres G, en cambio, se situaron en un espacio sociológico muy parecido al que ocupaban Los Pecos en el cambio de década.
Este estilo se llamaba “música de fans” para contraponerlo a la música supuestamente seria. Hombres G tuvieron un pie en ese género y otro en el pop-rock de radio fórmula. Una tormenta perfecta. Todo un pelotazo que queda patente en el documental con las referencias a las giras multitudinarias que realizaron,. Y con especial atención a la animadversión que despertaron en aficionados a la música más inseguros que las fans de 14 años, los que les apedreaban en sus actuaciones. No obstante, el verdadero éxito el grupo lo vivió en Latinoamérica, donde tocaban en estadios ante 60.000 personas. Allí, por el contrario, dicen que se les consideraba un auténtico y genuino grupo de rock and roll.
En la otra cara de la moneda, cuando estaban en lo alto, el padre de David Summers enfermó y eso sumió al cantante en una depresión y una fatiga crónica. Cuenta que no podía ir a una fiesta ni a ningún lado sin encontrarse de pronto rodeado de gente. Era agotador y acababa encerrándose en los baños solo para poder respirar en soledad. Un aspecto interesante de la codiciada fama.
De todos modos, el mismo púbico soberano que les aupó en España, les dio la espalda en los años 90. En Los mejores años de nuestra vida se reconoce sin edulcorarlo. Las ventas descendieron en picado. Uno de sus sucesores, Alejandro Sanz, que también empezó con una chupa de cuero, pero interpretando música de fans, supo envejecer mejor con sus seguidores. En este caso, Hombres G se separaron antes de afrontar ese reto.
Esta podría ser la parte más interesante del documental, pero con la participación de Warner en la producción, es obvio que aristas han dejado pocas. Se retrata el shock que supone dejar abruptamente la carretera antes de cumplir los 30 años y tener una crisis de identidad y sobre todo profesional. A esto hay que añadir “desajustes económicos” y “desencuentros” que condujeron a que estuvieran diez años sin hablarse. En el libro este detalle se describe como “cuestión privada”. Detrás de esas palabras está la verdadera historia que cerraría a la perfección el retrato de un grupo de estas características, pero eso habrá que dejárselo a un biógrafo independiente si es que queda alguno. Movistar, por ahora, está más por el publirreportaje en sus biopics.
