Hay artistas que llegan. Y hay artistas que están llegando. Jacob Gómez pertenece al segundo grupo, y eso, en la danza contemporánea, lo es casi todo. Es el valenciano que está reescribiendo este arte con su particular visión de sentir la vida, el amor y las relaciones humanas. Su trayectoria suma años de trabajo en Alemania, Israel y Estados Unidos. Fundó su propia compañía, con la que ha recorrido más de cuarenta ciudades. Sus piezas han ganado premios en España e Italia, pero Jacob no da señales de haber llegado a ningún destino definitivo. Sigue moviéndose, para vivir y crear desde la ternura.
Quema, su último trabajo, es la prueba más clara de esa inquietud. Es una pieza íntima, de dos cuerpos, pensada para espacios no convencionales. Ha llegado después de Meohadim, un espectáculo coral de cinco intérpretes, que ha sido uno de los éxitos de la danza española reciente. El salto no es solo de escala. Es un salto de lenguaje, de tono, de apuesta. Pasar de veinte minutos de energía colectiva a dos almas solas en el escenario requiere otra clase de valentía y energía, aptitudes que suma Jacob Gómez.
En 2025 llegó la candidatura a los Premios Max 2025, por su participación como bailarín en La Quijá, de Paloma Moñuz. No es solo un reconocimiento a su destreza técnica. Es el reconocimiento a un artista que ha sabido construir una voz propia, coherente, reconocible. Una voz que habla de amor, de ternura y de cómo nos miramos —o dejamos de mirarnos— los unos a los otros.
El origen y las revelaciones
Jacob Gómez nació en Xeresa, una población de La Safor de unos 2.500 habitantes. No había academia de danza. No había referentes masculinos en la escena. Nadie que le dijera que ese impulso de mover el cuerpo tenía nombre y tenía futuro. Lo que había era una familia que decidió apoyar a Jacob en todo y cuyo respaldo fue clave para su desarrollo artístico. «Vengo de un pueblo donde la danza es casi inexistente. No tuve referentes, y menos masculinos, que me pudieran acompañar en esta carrera tan sacrificada. Mis guías han sido la intuición, las ganas y el apoyo de casa, donde, con lo poco que sabían, hicieron lo mejor posible, y ahora veo que lo hicieron increíble», explica. Tras muchas negativas, pudo acudir a clases de danza en una asociación cultura en Xeresa, junto a sus hermanas: «No fue fácil, lidié con críticas y burlas».

- Daniel García-Sala
Esa fuerza que no nace de la certeza sino de la intuición es, quizá, el rasgo más permanente de su carácter artístico. Jacob no esperó a tener un mapa. Siguió una brújula interior. «Desde pequeño intuía que viviría una vida de aviones y autobuses —cuenta—, aunque entonces no sabía que existía la profesión de bailarín o coreógrafo». Sus palabras suenan a revelación: no soñaba con un escenario concreto. Soñaba con el desplazamiento en sí. Con el movimiento como modo de vida.
El primer salto fue al Institut del Teatre de Barcelona, donde se graduó en Danza Contemporánea. Después vino Madrid, para completar estudios de Pedagogía en el Conservatorio Superior María de Ávila. Entender cómo se transmite el movimiento es, en el fondo, entender por qué el movimiento importa. Luego llegó la Jove Companía IT Dansa, primer peldaño real en el circuito profesional catalán.
Pero la formación de Jacob Gómez no cabe en ningún conservatorio. Tiene que leerse en el mapa. Pforzheim, Bielefeld, Tel Aviv. En los teatros municipales alemanes —el Theater Pforzheim primero, el Theater Bielefeld después— aprendió la disciplina rigurosa del oficio centroeuropeo. Allí no solo bailó, creó piezas para compañías profesionales y para grupos no profesionales. Aprendió que la creación no espera condiciones perfectas. Sucede donde hay cuerpos dispuestos y una idea que no puede quedarse dentro.
Israel fue otra revelación. La Kibbutz Contemporary Dance Company le dio vocabulario para nombrar lo que él ya intuía: la tensión entre el individuo y el colectivo. Jacob venía de un pueblo pequeño, de una familia numerosa, de una cultura donde lo personal y lo compartido se negocian constantemente. Israel no le enseñó ese dilema. Le dio herramientas para expresarlo: «Aprendí a ser una persona camaleónica, a adaptarme rápido a los sitios, a la gente y al grupo para sacar lo mejor de mí. Aprendí diferentes maneras de pensar, idiomas y lenguajes, lo cual influye directamente en mi pensamiento creativo. Esa mezcla de culturas hace que mi propuesta sea algo diverso y rico».

- Daniel García-Sala
No es retórica de artista con pasaporte lleno de sellos. Es una descripción funcional de cómo opera su dramaturgia. Cuando Jacob Gómez construye una pieza, convoca a todos los Jacob Gómez que ha sido. Cada uno aporta algo y ninguno domina del todo. El reconocimiento llegó, como suele, desde donde menos se espera. En diciembre de 2020, en plena pandemia, recibió el Premio Butaca al mejor intérprete masculino de Cataluña por su trabajo en Wu Wei, de Raquel Klein. Era una pieza de otra creadora. La generosidad del Jacob intérprete no compite con el Jacob coreógrafo. Coexisten, se nutren, se desafían mutuamente.
A su periplo europeo, hay que sumar su estancia en Dallas en 2025. La Embajada de España le propuso crear una pieza en el Meadows Museum, en Texas. Otro continente, otro idioma, otro público. «No podía creerlo. Fue una alegría muy grande sentir que reconocían mi trabajo desde otro continente. Fue un abrazo al Jacob trabajador que lucha a diario para que la danza sea reconocida y tenga continuidad», relata.
Allí apostó fuerte: flamenco, palmas, gritos, fiesta. Lo más de aquí posible. Y el público le devolvió ojos que brillaban. La paradoja del artista global: cuanto más específico, más universal.
La trilogía creativa
Meohadim nació en 2019. Nació de sus cinco hermanas. De la distancia entre personas que se quieren profundamente y no siempre se entienden. De esas conversaciones aplazadas, de esos silencios que no son indiferencia sino exceso de vida. La palabra, en hebreo, significa «unidos». La elección no es casual: la pieza habla precisamente de la dificultad de mantener esa unión cuando el tiempo y el espacio se interponen. «Me fui con dieciséis años y, pese a la distancia, siempre hemos estado unidos; nos necesitamos, se hace lo imposible por mantener la familia viva».

- Daniel García-Sala
La obra empezó como pieza corta de quince minutos. Ganó el Premio del Público en los Premis Institut del Teatre, el Premio del Público en el Distrito Tetuán y el segundo premio en el Certamen Bucles. En 2021 creció hasta convertirse en un espectáculo de gran formato de cincuenta minutos, coproducido con Tanz Bolzano, en Italia. El Premio IVC 2023 al mejor espectáculo de danza y más de cuarenta ciudades recorridas confirmaron lo que los primeros públicos ya habían intuido: que aquello era reconocimiento. Reconocerse en los cuerpos de cinco mujeres que se buscan, se alejan y vuelven a buscarse.
El elenco ha evolucionado con los años. Las primeras intérpretes —Blanca Tolsá, Helena Hernáez, Julia Sanz, Lara Misó y Naya Monzón— dieron paso paulatinamente a nuevas incorporaciones como Queralt Farran, Berta Martí, Gisela de Paz y Joel Mesa. La música de Sergio Gassmann y el espacio escénico, vestuario e iluminación de Sergi Cerdán son las otras dos columnas de un espectáculo que ha demostrado que la danza española puede competir en cualquier circuito europeo sin complejos y sin concesiones.
Rara Avis llegó después, en forma de cuarteto, creada en colaboración con el Festival Bucles de València. Premio especial en la Mostra d’Alcoi. Presencia en Dansa València. Una pieza más breve, concentrada, que explora la singularidad dentro del conjunto. El pájaro raro no como rareza patológica, sino como condición del artista: el que se mueve entre los demás sin disolverse en ellos.
Ahora es el momento de Quema. El contrapunto íntimo. Un dueto para espacios no convencionales que pone sobre la mesa, sin adornos, la pregunta central de toda la obra de Jacob Gómez: «Quema nace de mi necesidad de ver un espectáculo de danza donde el concepto amor estuviera como un mantra. Con Julia Sanz y Joel Mesa, quise reflexionar sobre la vida que construimos. Dos almas en el purgatorio que visualizan su vida entera y se plantean qué habría pasado si hubieran cambiado su manera de querer».

- Daniel García-Sala
La evolución entre las tres piezas es la de un artista que aprende a confiar en la reducción. Meohadim es energía colectiva, la fuerza centrífuga de cuerpos que se repelen y se atraen. Quema es la misma pregunta en voz baja. ¿Cómo generar con dos cuerpos la misma energía que una masa de veinte personas? La respuesta, dice Jacob, «es el amor». No como tema decorativo, sino como estructura dramatúrgica, como principio compositivo, como la gravedad invisible que hace que los cuerpos en escena se doblen el uno hacia el otro aunque no se toquen.
El amor como arquitectura
Hay una frase de Jacob Gómez que podría ser el epígrafe de toda su trayectoria: «Siento que vivimos en una sociedad donde falta ternura, cuidado y que nos miremos los unos a los otros». No es denuncia, ni el discurso del artista comprometido que sube al estrado. Es un diagnóstico, casi susurrado, de alguien que lleva años mirando cuerpos humanos en escena y ha llegado a una conclusión simple: nos estamos mirando cada vez menos.
Su respuesta no es el grito, sino el gesto. No es la pancarta, sino el paso de danza repetido hasta que duele. Y hasta que consuela. La repetición es su recurso técnico más poderoso, y no por casualidad. «Utilicé la repetición, el cansancio y la derrota en las frases coreográficas, pero el secreto era hablar del amor constantemente. Un mismo paso se repite y ejecuta desde la misma base, pero cambiando el punto de vista, el frente o el ritmo».
Como la vida, que repite los mismos patrones, generación tras generación, hasta que alguien decide mirarlos desde otro ángulo y descubre que había otra manera de hacerlo. Su dramaturgia parte de una convicción que es también una apuesta: si vamos acompañados, si vamos de la mano, llegamos más lejos que si lo hacemos solos. «Los cuerpos están constantemente encajando, tocándose y ayudándose a levantar», describe sobre Quema. «Ese es el lema final: el apoyo que necesitamos del otro». No como debilidad, como condición de lo humano.

- Daniel García-Sala
La investigación que hay detrás de Quema indaga también sobre la escala. «Investigué cómo crear con solo dos cuerpos la misma energía que una masa de veinte personas», explica. Es un problema coreográfico, pero también filosófico. ¿Cuánto puede contener un gesto? ¿Cuánto amor cabe en la forma en que una mano sostiene un antebrazo? La respuesta, en sus piezas, siempre es la misma: «Más de lo que creías».
Sus obras salen a la calle. Quema lo está haciendo. El espacio no convencional no es para él una elección estética. Es una posición clara. Sacar la danza de la caja negra del teatro es democratizar el asombro. «Cuando la danza se ejecuta en un espacio público, crea la oportunidad de que cualquier persona acceda a ella por primera vez», argumenta. Y luego añade el detalle que hace de este razonamiento algo más que teoría: «El sonido de las campanas de la música a veces se mezcla con las campanas reales de la iglesia del pueblo, creando curiosidad. Como ocurre en Quema».
El arte se cuela en la vida cotidiana por los huecos del calendario. Por los poros de una tarde de martes en una plaza cualquiera. «Mucha gente que no conoce la danza se interesa al verla en una plaza», continúa. «Pregunta por las funciones y se cuestiona otras maneras de entender el mundo.» Eso, para Jacob Gómez, es el objetivo real. No los premios, no las giras. El señor que pasaba a comprar pan y se quedó mirando.
Su lenguaje coreográfico, en este sentido, funciona como los grandes gestos cotidianos: parece sencillo y contiene todo. Cuando habla de su origen, se distingue en él una cualidad que no aprendió en ningún conservatorio: «Hay una cuestión de ritmo, cariño, unión, de entender y sentir las cosas hasta el máximo, desde llorarlas hasta reírlas». Esa capacidad de ir de la emoción al extremo opuesto sin perder el hilo es la que sostiene sus piezas en escena. La que hace que el público no pueda mirar hacia otro lado.
Artesanía, lucha y horizonte
Los premios, dice Jacob Gómez, «reafirman al Jacob pequeño que soñaba con vivir de la danza y abrazan los momentos de lucha contra la precariedad». La frase importa, porque contiene las dos caras de la misma realidad: el niño que soñaba y el profesional adulto que ha tenido que pelear, año tras año, para que ese sueño no se convirtiera en quimera.

- Daniel García-Sala
Porque en España, recuerda con paciencia, «la danza aún no está consolidada como profesión, sino como un hobby». No como arte, ni como oficio. Como pasatiempo de fin de semana. Para Jacob, cada nominación, cada gira internacional, cada sala llena en una ciudad europea es una grieta en esa muralla de incomprensión institucional. «Estos logros se los dedico a mi familia, mostrándoles que el trabajo, la dedicación y la artesanía dan sus frutos. Me emociona enseñar a mis sobrinos que, aunque el mundo vaya rápido, hay que trabajar duro para llegar a lugares que ni siquiera estaban en tu lista original de sueños».
La palabra artesanía no es casual. Jacob Gómez se piensa a sí mismo como artesano antes que como artista en el sentido romántico del término. La danza, para él, es un oficio que se aprende, se practica y se perfecciona con los años. No hay inspiración sin transpiración. Los nuevos horizontes de este artista apuntan al audiovisual. Acaba de crear su primer vídeo coreográfico, una apuesta por llevar la danza contemporánea a pantallas donde los teatros no llegan. Para Jacob, no es una rendición ante el formato digital. Es la misma lógica de la plaza pública, trasladada al siglo XXI: si el público no viene al arte, el arte va al público.
«Deseo continuar abriendo caminos», dice. «Que se establezca un Estatuto del Artista en España donde se nos considere profesionales del arte y el ocio». No como privilegio corporativo. Como evidencia de lo que ya existe y merece ser nombrado. Y, mientras tanto, sueña con «un mundo donde triunfen el amor y la ternura». Lo dice sin ironía. Lo dice con la misma seriedad con la que construye cada frase coreográfica.
Con esa seriedad, Jacob Gómez sigue mirando al futuro. Los objetivos: vivir, crear y hablar de amor sobre las tablas. No tiene intención de esperar. Quiere encontrar respuestas a preguntas como: ¿Cuánta ternura dejamos sin dar en un día? ¿Cuántos abrazos aplazados se han ido acumulando hasta hacer un peso que ya no sabes cómo cargar? Encontrará las respuestas, pero no se conocerán a través de palabras, sino con movimiento.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 136 (mayo 2026) de la revista Plaza