VALÈNCIA. Entrevistar al cantautor, compositor y artista -además de doctor y actor- Jorge Drexler (Montevideo, 1964) es, para un periodista, una especie de juego. Se trata de un divertido encaje de bolillos en el que él busca un hueco en su apretada agenda y el periodista se adapta para tener una conversación de lo más curiosa. Tal y como lo relata Luz Sánchez-Mellado en su entrevista para El País, es como cuadrar un sudoku con “la agenda del entrevistado con la actualidad de su trabajo” y, hasta con eso, es mágico. Para hacer esta entrevista, que funciona como antesala de su concierto en València para presentar su último trabajo, Taracá en València -el viernes 16 de octubre en el Roig Arena acompañado por artistas valencianas como Eva Català- tres personas diferentes hacen la misma pregunta antes de dar el “ok” definitivo.
“El artista ha puesto la condición de que el entrevistador debe haber escuchado su disco previamente”, cabe confirmar antes de empezar a preparar las preguntas, y no es una pregunta tan rara con los tiempos que corren. Su nuevo trabajo, Taracá (2026), se compone de once canciones que hablan del amor, la tradición y el baile desde los adentros de Drexler y dura apenas 36 minutos. Más de doce segundos de oscuridad, menos que una sesión de terapia. Aunque se responda que sí a la pregunta anterior, llega otra de la agente de prensa: “¿Tú has escuchado el disco?”, muchas preguntas para que se puedan por fin plantear las definitivas. Después de asentir y escuchar -además de cantar- por fin llega el momento, Drexler se conecta entre ensayos para hablar de este trabajo que escribe desde la persona, aunque intente crearlo como un personaje. Su trabajo por fin gira y le pertenece al mundo, y ahora toca reflexionar sobre el proceso.

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- Foto: LORENZO CHARLEZ
-Comienzo por una pregunta de cortesía, ¿cómo estás y cómo afrontas el concierto de València?
-Te agradezco que me lo preguntes, importa la cortesía y la forma es tan importante como el contenido. Estoy bien, con la gira muy avanzada y con casi cuarenta conciertos a las espaldas. Ahora arrancamos con la gira española y estoy emocionado; salimos de Latinoamérica para traer Taracá aquí y es muy emocionante.
-Corrígeme si me equivoco, pero para mí el tema central del disco son las raíces, y quería preguntarte cómo llegas a este.
-Ciertamente es el tema central del disco, aunque apenas se entienda en las letras. El sonido y la manera de crearlo juegan con esa narrativa que es casi imperceptible. Me gusta que un disco se pueda juzgar igual por su contenido de texto y estilístico, además de por las elecciones musicales que conlleva.
Siempre fui enemigo de ver la canción como algo divisible, de la que solo se puede hablar de una cosa. La canción es un género híbrido y abstracto, y lo que me interesa es que trascienda este simbolismo. Cuando se percibe que Taracá habla del territorio y el arraigo, me emociono, porque no se menciona explícitamente. Me gusta porque, si se percibe, es que el disco llegó donde tiene que llegar, a ese tipo de escucha.
-Con arraigado como es Taracá, ¿cómo se siente cruzar el charco con este disco? ¿Y cómo casa con el folklore de otros países como España?
-Creo que es interesante el contraste; para mí, cruzar el charco implica siempre conectar. Siento que estamos unidos de muchísimas maneras, tanto con la versificación desde el octosílabo que está presente en la poesía popular de ambos lados del Atlántico como, en este caso, con el idioma español. Me gusta que el mundo sea un solo espacio. Además, hace treinta años que vivo en España y sé lo que es estar en este lado del océano. Me siento tan cómodo tocando en València como en Asunción en Paraguay.
-Este trabajo, tu decimoquinto álbum, mantiene muchas cosas de la esencia “Jorge Drexler” como es hablar del amor, e innova en otras tantas, como pueden ser los instrumentos y sonidos. ¿Qué dirías que permanece y cambia desde tus orígenes?
-Te voy a ser muy sincero, casi que te diría que me interesa más lo que me puedas decir tú sobre esto que yo mismo. Lo cierto es que es más fácil ver los discos desde fuera, porque mi perspectiva es completamente incierta. Existen muchos cambios desde que entré en este mundo, con mi disco Eco (2004) cambié mi manera de escribir, siempre lo hacía desde la música y ahí empecé desde el texto.
En la forma y el contenido, ese trabajo fue un punto de inflexión, yo antes me consideraba puramente un músico y pasé los primeros discos buscando un letrista que me librara de los textos. Nadie tuvo el detalle de decirme tempranamente que eso se podía delegar [ríe].
-¡Pero si tus letras son casi de lo más mítico de tu trabajo!
-Y lo más complicado. A los jóvenes compositores y compositoras que estén leyendo esta entrevista les diría que es muy complicado escribir textos. Que lo comprendan y que no se desesperen, que si siguen peleando podrán impregnar el papel con lo que tengan que decir.
Volviendo a tu pregunta anterior, a partir de Eco empecé a escribir desde el texto. En 12 segundos de oscuridad (2006) escribí las letras entre aviones y en un año de mi vida que fue un completo maremoto. Me dieron un Óscar, -que le entregó el mismísimo Prince- me divorcié y me volví a enamorar y sentí, a su vez, que estaba muy perdido. Estaba en la oscuridad y por eso se llama así el disco. Desde este trabajo he ido escribiendo con metodologías parecidas.
-¿Sobre qué temas dirías que escribes?
-De la vida de las personas y de todo lo que nos rodea. Es muy fácil escribir sobre lo trascendente y es más difícil aún escribir sobre encontrar la trascendencia en lo cotidiano de repente. También hablo del amor que se percibe desde diferentes lugares. Si pones la radio en cualquier momento se habla del amor, pero me interesa abordarlo desde otro lugar. Me gustan mucho los interludios de las historias, y hablar sobre el amor como esa energía motriz que es perfecta para escribir.
-En este disco también le cantas a lo nuevo, en canciones como ¿Hay alguien A.I? en la que te preguntas sobre el futuro de la creación con la Inteligencia Artificial (IA), ¿Dirías que haces también canción protesta?
-No me gustan las canciones protesta. Creo que quejarse no sirve para nada, es mucho mejor hacer algo. Hacer algo en la música implica encontrar concordancia con la belleza, y sublimar cosas tristes, duras o desagradables. La música implica encontrar la belleza de un tema y exponerla.
Esto me suele pasar siempre con las primeras canciones que escribo de un disco. El tema ¿Hay alguien A.I? tendría que haber estado en mi disco Tinta y tiempo (2022) junto a ¡Oh, Algoritmo!, su canción hermana. La canción estaba en el tintero y quise sacarla, y casa mucho con lo que estamos viviendo actualmente con los peligros de la IA. Me resulta curioso ver que lo predije hace bastantes años.
-En este tema también hablas de la IA que pasa de “hermana mayor a gran hermana”, y cómo se crece en las manos de quienes la emplean.
-Creo que estamos precisamente en esa transición. Hace años ya tenía ese miedo latente, que se manifiesta en la letra de la canción. Lo cierto es que no sé relacionarme con las historias si no es de una manera personal, aunque en este disco si que intento escribir más desde un personaje. Con este trabajo intento comprender mi emocionalidad y jugar a no escribir siempre desde el mismo ángulo.
-Haciendo referencia a uno de los temas del disco, te quería preguntar... Desde la música, ¿Cómo se ama?
-Con emoción. La canción nace de un diálogo con mi hijo, pablopablo, que es artista también y que me ayuda a comprender el mundo desde otro lugar. Él me dijo que tenía la sensación de que su generación se había olvidado de “cómo amar”, y me dio la impresión de que era un signo de los tiempos.
Ya no tenemos el valor para decir las cosas de cara, ni hacer una declaración de amor directa. Hay mucho acceso a las personas, pero poco arraigo hacia ellas. Conocemos a mucha gente, pero no del todo. Hablando de mantener el amor vivo pensamos también en cómo tenemos que ser siempre un “eterno aprendiz”.
En este aspecto, yo me he dejado llevar por el amor en el trabajo. En este disco estoy con productores como Tadu Vázquez, que empezó en el disco con tan solo 21 años. Y trabajo con personas de más de treinta cuando yo ya paso de los 60. El amor para mí es ponerme en manos de gente que viene de experiencias diferentes y que tiene algo para explicarte y enseñarte. Ese riesgo da pánico, pero me ha enseñado mucho; para mantenerte y crecer como músico, tienes que admitir tu ignorancia. Es la única forma de renovarse.