‘La gente habla con sus perros’, un poemario del silencio de Arturo Méndez Cons

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En las páginas de este retorno a la escritura vibran los posibles y las realidades de quien es por un lado poeta y por otro padre de un hijo con TEA

  • Arturo Méndez Cons
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VALÈNCIA. Sucedió hace unas décadas en la Universitat de València la edición de un taller de poesía que, dirigido por el extraordinario Enrique Falcón, congregó a un grupo de personas con vocación en mayor o menor medida entonces por el hecho poético: durante un número de sesiones que se pierden ahora en la memoria, fuesen las que fuesen sin duda menos de las deseadas, la microgeneración se fue consolidando sin pretensión alguna más que disfrutar de una experiencia de paréntesis; diferentes edades y contextos, sensibilidades y afinidades dispares, subtexto y lirismo en un aulario de la zona de las humanidades. En aquel momento todo parecía ciertamente factible: la vida era eso que se abría al otro lado de los versos de Celan, del humo del tabaco y de las miradas cómplices. Entre toda esa gente, quizás una docena, destacaba un poeta de parar irónico e intelectual, con una forma de hablar y de moverse muy propia: ese tipo de personalidad que se convierte desde el principio en foco de atención y admiración. Al parecer era abogado y con toda seguridad mucho más. 

 

La historia sigue así: acabado el taller, con demasiadas cosas por hacer, nace una editorial y se publica una antología, y después varios libros, y esto condujo a una diáspora hacia nuevos territorios relacionales y literarios. Eran días de hablar de una Valencia efervescente en lo cultural que pudo serlo o no, más que antes o más que después, o no. En cualquier caso somos los relatos que nos contamos y aquellos recitales y bares ocurrieron, y también toda aquella poesía, todos esos encuentros, descubrimientos y pérdidas. El eco de los recuerdos trae nombres como El Dorado o Pedro Montealegre. El poeta de quien hablábamos se llama Arturo Méndez Cons, autor en estado de gracia de excelentes poemarios como El trigo del loco, Terrestre, Vi a Proust, lo juro, además de novelas como Los caimanes y la lluvia hacen tic tac o Los Delatores, o participaciones en diferentes antologías. La cinta avanza y se suceden las imágenes generando una ficción de continuidad. Nace un niño, se proyectan planes, se imagina el futuro. Algo no cuadra. 

 

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Pasan años y Méndez Cons publica un nuevo poemario, La gente habla con sus perros (UJA Editorial) una vida después del último. Entre ambas épocas aquel niño nunca habló y más tarde eso recibió el nombre de TEA. Todo lo que siguió a esta fractura es demasiado, demasiado desde luego para un artículo como este sobre un libro, y también para una solapa o una sinopsis. Sin embargo, ha sido el motivo por el cual el poeta ha vuelto a las páginas, a la sublimación que es publicar para que otros lo lean. Su voz es necesariamente distinta en este poemario dedicado a ese niño que ya lo sobrepasa holgadamente en altura, ese hijo a quien siempre tendrá que atender y que se traduce en versos como los que siguen: “Parece que todo sea de un modo hasta cierto día y / y / Y de pronto / oscurezco a veces aunque me recupere / Es duro, no se hace uno a la idea / a no ser lo / viva / amar a quien tienes bien cerca pero con quién / de quién no... / No sé si llegaré a averiguar cuántos son los colores del desierto / no tengo respuestas para casi nada de lo que tiene que ver con él pero le quiero como se veneran las cosas más puras / sólo puedo cambiar la cara del disco, apurar el cigarro y mientras sirva de consuelo recordar que sigo siendo / 70 por cien agua / y que llevo una moneda de cinco duros / en el bolsillo”.

 

Leer a Arturo duele, y no caeremos aquí en lugares comunes o en clichés de lo literario. La gente habla con sus perros es un libro sobre el que cuesta escribir: ¿celebra uno ver publicando al autor de nuevo, la existencia de este testimonio, de este desgarro? No cabe duda de que es un enfoque muy simple para un poemario nacido de emociones tan complejas y conflictos tan dolorosos. De lo que tampoco hay ninguna duda es del talento del poeta, artífice de imágenes tan cruelmente hermosas como el cráneo hallado en el camino que podría ser de la perra desaparecida –esa es la sospecha o el temor de la familia–, o de versos como estos: “Por qué es mejor escribirle que hablar si un día las tormentas / pasarán / como los vientos de poniente arrodillándonos con sus 47 grados y la vida en espacio de exclusión aérea pasarán / Pasarán /  Ahora parece que así, que el que lo diga así, categórico, lejano de toda duda, conseguirá de verdad / que algún día la tristeza se esconda / en la oscuridad de algún armario / Pasarán las tormentas los ríos los arroyos sus corrientes las aguas soportadas por los de / abajo las presas y las ruinas los estribos y el sacrificio, la desgracia en la solapa y las cuentas del viejo / Lo siento y en todo caso lo escribo porque parece seguir siendo / mejor eso / que hablar con ella / Aunque en realidad me muera de ganas de hablar con ella gracias al cannabis, supongo”. 

 

Ahora Arturo Méndez Cons está de vuelta con un poemario que efectivamente explora los límites del amor tal como se dice de un modo tan preciso en la contraportada, una declaración de amor conmovedora sembrada de todas esas preguntas y sentimientos que quien cuida de una persona dependiente irremediablemente se plantea y siente, cuando sentir es tan complicado.

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