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La maldición de Ian Curtis y Joy Division

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VALÈNCIA. La noche del 18 de mayo de 1980, Ian Curtis, discutió con su esposa Deborah, con la que ya estaba en trámites de separación. Ella se marchó a casa de sus padres y él se quedó solo. Llevaba tiempo tomando medicación para combatir la epilepsia que padecía y los efectos secundarios lo estaban sumiendo en una depresión. Curtis se había hecho popular gracias al ascenso de Joy Division, el grupo en el que cantaba. Eran la gran esperanza del rock británico, pero cantar en un escenario es lo último que un enfermo de epilepsia necesita para mejorar. Esa noche, Curtis volvió a ver Stroszeck, de Werner Herzog, uno de sus directores favoritos. Meses atrás había iniciado una relación con Annik Honoré (cofundadora del imprescindible sello independiente belga Les Disques du Crépuscule; la historia se empeña en destacar únicamente su relación con Curtis, así que no hay que dejar de recordar este dato) y la sensación de culpabilidad se estaba haciendo insoportable. Cuando Deborah volvió al domicilio conyugal a la mañana siguiente, descubrió que su marido se había ahorcado. Tiempo después, Deborah Curtis declaró que “Ian acostumbraba a fantasear sobre la idea de quitarse la vida. Esa idea romántica de morir joven. La gente que admiraba terminó así. Quería ser como ellos”. La tragedia hizo de él un mito del siglo XX. Tal vez fuera eso lo que perseguía.

Love Will Tear Us Apart, el último single de Joy Division –grupo que terminaría reconvirtiéndose bajo el nombre de New Order- apareció poco después de la muerte de Curtis. Cantada con un tono de voz profundo, a lo Sinatra, y concebida como una triste oda a la paradoja que es el amor, algo que nos eleva y nos desgarra a veces incluso al mismo tiempo, Love Will Tear Us Apart fue el gran epitafio –la frase está inscrita en su lápida- de un artista cuya banda estableció una nueva era para el rock británico. Con solo dos álbumes publicados, Joy Division fueron algo así como los Velvet Underground de la generación postpunk, no tanto por el sonido que practicaban sino por todo lo que acabaron inspirando. La música era oscura, digna del desolado entorno industrial de Manchester, un aura que fotógrafos como Anton Corbijn y Kevin Cummins atraparon en sus instantáneas en blanco y negro. “Joy Division son de Manchester, una ciudad que parece de ciencia ficción, pura arqueología industrial hecha de plantas químicas, almacenes, canales y vías de tren”, dijo Martin Hannett, productor y artífice del sonido que hizo inconfundible al cuarteto que en su día fundaron Bernard Sumner, Stephen Morris, Peter Hook y Curtis.

Curtis nació en la ciudad vecina de Macclesfield en 1956. Fue mal estudiante, pero un gran lector. Devoraba obras de Artaud, Sartre y Hesse. Algunos de sus escritores favoritos le inspirarían canciones como Dead Souls (Gogol), Colony (Kafka) y Atrocity exhibition (J.G. Ballard). Burroughs también tuvo una influencia determinante en su futuro como músico. A través de una conversación entre el autor de Yonqui y Bowie publicada en Rolling Stone en 1974, descubrió el fuerte nexo existente entre la literatura y el rock & roll. Los poemas de Jim Morrison pasaron a ser parte de su dieta intelectual, así como los discos de Lou Reed, Iggy Pop y Bowie. Encontró trabajo en una empresa de empleo para discapacitados; y en 1977 se casó con Deborah, que enseguida supo que aquellas lecturas alimentaban en exceso su carácter melancólico, potenciado también por su afición a los fármacos. 

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Ese mismo año conoció a Hook, Morris y Summer durante un concierto punk. Poco después creaban su propia banda, la llaman Warsaw (Varsovia; Bowie acababa de publicar un tema casi instrumental llamado Warszawa). Luego cambiarían el nombre por el de Joy Division. Esto fue a raíz de que Curtis leyera el libro La casa de las muñecas, escrito por el autor judío Ye Hiel De-Nur, superviviente del Holocausto. La novela, firmada con el seudónimo Ka-Tzetnilk 135663, hablaba de cómo los nazis usaban a las mujeres judías como esclavas sexuales y denominaban a esos grupos como joy divisions (divisiones del placer). Como la música del cuarteto era fría y brutal, pensaron que aquel nombre cuadraba con su sonido. Lo que no calcularon fue el alcance polémico que dicha elección podía tener. Para quienes estén interesados en esta tendencia, muy habitual en el rock del siglo XX, se recomienda leer el libro de Daniel Rachel This Ain’t Rock & Roll: Pop Music, The Swastika And The Third Reich. Como muchas otras bandas del punk y el postpunk, Joy Division apostaron por una imagen europeísta y en determinados casos, usaron la imaginería nazi como una manera de subversión estética. Hasta que se dieron cuenta de que quizá era mejor no usarla. 

En cualquier caso, Curtis no quería un grupo al uso y tampoco quería ser un cantante más. Sus propios desajustes personales facilitaron que lo consiguiera. Las letras que escribía estaban llenas de mensajes crípticos, y su imagen en escena, con una indumentaria ajena a la que era habitual en el rock, se convirtió en algo insólito debido a sus movimientos convulsos. A medida que la popularidad del grupo aumentaba, los ataques epilépticos fueron cada vez más frecuentes. Corbijn lo describiría de esta manera tiempo después: “Parecía como si estuviera en otro mundo cuando cantaba en directo, como si algo estuviera apoderándose de él”.

Curtis le hizo llegar una nota a Tony Wilson, un popular presentador en la televisión local, en la cual le insultaba por no llevar a Joy Division a su programa. Al final no sólo los llevó a So It Goes, también los convirtió en el grupo estrella de Factory Records, sello que acaba de fundar con el diseñador Peter Saville, que vistió todos los discos de Joy Division. A continuación, Martin Hannett se ocupó de darle forma al sonido cavernoso del grupo, que en 1979 publica su álbum de debut, destinado a convertirse en un clásico, tanto en lo musical como en lo visual: Unknown Pleasures. A partir de ahí, el prestigio del grupo fue creciendo y el número de conciertos aumentó exponencialmente. “No sabíamos cómo llevar su enfermedad –declaró Hook después-, nunca no sentamos a hablar de ello. Pero que nadie dude que cuidábamos de él”. En abril de 1980 nació Natalie, única hija de Ian y Deborah. Poco después él intentaba quitarse la vida con barbitúricos. El 2 de mayo de 1980, Joy Division dio su último concierto en Londres, a continuación, estaba previsto que comenzara su primera gira norteamericana. Pero la muerte de Curtis trastocó los planes del grupo, cuyo segundo álbum apareció tras la muerte del cantante bajo el título de Closer. Factory decidió publicarlo con la portada que Curtis y sus tres compañeros habían elegido, la foto de la estatua de una tumba. Es como si Curtis, sumido en la tristeza existencial y abatido por la enfermedad, hubiese elegido ya su destino. Tal como diría Corbijn, que debutó en 2007 como director de cine con un biopic de Curtis titulado Control: “Era alguien que persiguió sus sueños y luego se quedó muy desilusionado al ver en lo que se convirtieron. Es algo que también vi en Kurt Cobain, tampoco podía disfrutar de su éxito”.

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