Si en los noventa te sentabas a ver una serie de televisión hecha en Estados Unidos, es muy posible que creyeras que California era el lugar ideal para llevar una vida idílica. Todo el mundo allí tenía dinero y un color de piel envidiable. Sensación de vivir, Melrose Place, incluso El Príncipe de Bel Air vendían ese discurso. Hasta que llegó Los vigilantes de la playa y lo reventó todo. Bastaba con ponerse un bañador de licra y saber reanimar a un ahogado. Bueno, también era imprescindible estar macizo o maciza en grado sumo. Pero la fiebre por los gimnasios aún no había llegado, así que, lo importante no era tanto ser deseado como desear. Resultado: en su etapa álgida, en 1993, Los vigilantes de la playa tenía una audiencia semanal global de 1.100 millones de espectadores.
Originalmente, la serie iba a llevar por título ACES (aquatic corps emergency services). Afortunadamente, alguien decidió sustituir eso por Baywatch (literalmente, vigilantes de la bahía), aunque, en el fondo, tampoco habría importado mucho. Porque no es el título, son los bañadores. La idea de escribir un proyecto sobre un grupo de socorristas playeros la tuvo uno de sus tres cocreadores, Gregory J. Bonann que, de jovencito, trabajó precisamente de eso. Un día socorrió a dos niños arrastrados por una corriente marina que resultaron ser hijos de un ejecutivo de la MTV, y ahí comenzó todo. Bonnan se introdujo en el mundo de las cadenas de televisión y pudo empezar a desarrollar este proyecto, que terminaría en colaboración con Michael Berk y Douglas Schwartz. NBC compró y Los vigilantes de la playa empezó a emitirse en 1989. La acogida inicial fue más bien floja y tras la segunda entrega, la cadena decidió cancelarla.

Una serie sin tapujos y sin filtro
Fue entonces cuando entró en escena David Hasselhoff, que interpretaba al protagonista, el salvavidas Mitch Buchannon. Hasselhoff creía ciegamente en la serie e hizo todo lo posible para que no terminara. Se aferró a que no tenía malos datos de audiencia en Inglaterra y Alemania, así que aceptó rebajar su sueldo como actor y ejercer como productor ejecutivo. Si la cosa funcionaba, el dinero que no ganaba por un lado lo recuperaría por el otro. Así que, en 1991, la serie inició una nueva vida y, esta vez fue una vida en rosa o, mejor dicho, en rojo, que era el color de los bañadores que lucían los protagonistas. Millones de personas de todo el mundo se engancharon a aquel folletín playero. El impacto fue tal que, por ejemplo, en Irán, las casas que disponían de parabólica vendían entradas a los vecinos para que pudieran ver la serie. Todo por seguir a aquel grupo de socorristas que, entre salvamento y salvamento, se enamoraban y se desenamoraban en medio de un espectáculo carente de cualquier sustancia intelectual —eso decían sus detractores— y sostenido por las tetas, los culos y los pectorales de sus intérpretes. El romance ficticio más sonado fue el que mantuvieron Cody Madison (David Chokachi) y C. J. (Pamela Anderson). Y, llegados a este punto, se hace necesario abrir un paréntesis.
La figura de Pamela Anderson
Pamela Anderson fue uno de los factores que catapultó la popularidad de Los vigilantes de la playa hasta otra galaxia. Anderson se convirtió en el símbolo sexual de la década, de la misma manera que Farrah Fawcett lo había sido en los setenta al frente de Los ángeles de Charlie. Pero la sexualidad de Anderson estaba representada de una manera mucho más explícita, que es lo que ocurre cuando tu personaje anda de acá para allá embutida en un bañador que marca perfectamente tu silueta. Esta popularidad fue una trampa de la que Anderson tardaría mucho en poder escapar. Y ese cautiverio comenzaba prácticamente en su vida íntima. Su matrimonio con el roquero Tommy Lee hizo de ellos una de las parejas más salvajes del star system de la época. Pero Tommy Lee era muy celoso. Acompañaba a Pamela a los rodajes porque no se fiaba. Y, cuando se rodaban las escenas de amor entre Chokachi y Anderson, perdía el control y comenzaba a gritar y a romper cosas hasta que la gente de seguridad lo echaba del plató.
Los cuerpos esculturales tuvieron mucho que ver con aquel éxito global. El 65% de la audiencia estaba compuesto por mujeres que, al margen de que disfrutaran viendo semejante despliegue de pectorales y bíceps, se identificaban con la presencia de un grupo de personajes femeninos fuertes e independientes que no estaban supeditados a los hombres. Todos esos cuerpos tenían un coste: los contratos estipulaban que nadie podía ganar peso durante los rodajes. Sumémosle a eso las famosas escenas a cámara lenta, que ralentizaban los momentos más dramáticos (Hasselhoff reconoció que se hacían para engordar la duración sin tener que gastar más en rodaje), y ya tenemos una serie que, a pesar de su notable vacuidad, se convirtió en símbolo de la cultura popular de toda una época.

Los cuerpos gloriosos (que diría Umbral)
Los vigilantes de la playa fue una factoría de sex symbols como pocas otras series lo han sido en la historia. Fue recurrente la burla de que aquello era la versión playera de Silicon Valley. Además de Anderson y Hasselhoff, por aquella playa también pasaron Yasmine Bleeth, Alexandra Paul, David Charbett, Nicole Eggert o Carmen Electra.
La serie en datos
Duración: Diez temporadas emitidas entre el 23 de abril de 1989 y el 14 de mayo de 2001. En España comenzó a emitirla Antena 3 en 1994. Premios: Ninguno, pero obtuvo el Guinness como la serie más vista a nivel mundial. La sintonía: I’m Always Here, compuesta por Jimi Jamison, del grupo Survivor. ¿Cómo verla?: La serie original no está disponible en ninguna plataforma española actualmente.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 138 (julio 2027) de la revista Plaza