CULTURA

Marina Bobo explora la violencia detrás de los besos: "Me interesaba encontrar la imagen opuesta al crimen"

La fotógrafa madrileña expone hasta el 21 de junio en el Centre Cultural Melchor Zapata de Benicàssim un proyecto construido a partir de imágenes de parejas que terminaron en crímenes

  • 'Kiss', Marina Bobo.
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Raramente podemos imaginar un mal final detrás de un beso. En las películas románticas suele funcionar como broche de oro para una historia con, más o menos, altibajos. En cambio, en las imágenes que Marina Bobo recopila en Kiss, el final es otro. Las personas que aparecen abrazándose o besándose acabarán siendo asesinadas tiempo después por quien tienen delante. 

A la fotógrafa madrileña siempre le ha interesado explorar la violencia, tanto sus causas como sus consecuencias. Estudió Bellas Artes, pero su trabajo siempre ha estado muy vinculado al interés por la criminología y por cómo el arte puede dialogar con determinadas dinámicas sociales. Es así como termina articulando un proyecto que explora cómo consumimos la violencia, cómo se construyen ciertos imaginarios románticos y de qué manera cambia por completo nuestra lectura de una imagen cuando descubrimos qué hay detrás de ella. Una investigación que puede encontrarse hasta el 21 de junio en el Centre Cultural Melchor Zapata de Benicàssim, dentro de la programación del festival Imaginària.

“Me interesaba encontrar la imagen opuesta al crimen, por eso empecé a buscar besos”, explica. Durante años fue recopilando imágenes encontradas en internet, redes sociales y medios de comunicación, revisando cientos de casos hasta encontrar fotografías donde un gesto normalmente asociado al afecto, la intimidad o el deseo conviviera también con una violencia futura. “Necesitamos contextualizar las imágenes para que signifiquen cosas completamente distintas”.

Para Bobo, el beso funciona como un símbolo cultural mucho más complejo de lo que solemos imaginar. En la historia, la religión o el cine, este gesto ha servido tanto para representar el amor como la traición. El beso de Judas aparece durante la exposición como ejemplo de cómo una imagen aparentemente afectuosa puede contener también posesión, poder o violencia. 

 

Pero, acercándonos al presente, el archivo de Kiss también acaba revelando problemáticas sociales profundamente arraigadas. A través de los distintos casos aparecen cuestiones vinculadas a la violencia de género, la violencia vicaria, la maternidad o el papel de los medios de comunicación en la construcción de determinados relatos. Para Bobo, muchos de estos casos también obligan a cuestionar ciertos imaginarios profundamente romantizados culturalmente. “Hay casos de madres que han asesinado a sus hijos y eso te lleva a pensar en cómo nos han enseñado a romantizar la maternidad, cuando hay gente que no está preparada”, reflexiona.

Las redes sociales también aparecen en algunos de los casos recopilados por la artista, atravesados por la dependencia, la búsqueda de atención o incluso retos virales que terminaron derivando en crímenes dentro de relaciones de pareja. Del mismo modo, el proyecto pone el foco en cómo los medios condicionan la percepción pública. Bobo recuerda especialmente el caso de una enfermera asesinada durante la pandemia por una pareja que temía contagiarse. “Ahí ves claramente cómo el discurso mediático también puede influir en la percepción de la realidad”.

Detenerse frente a las imágenes

Uno de los principales intereses de Kiss es mostrar, además, cómo estas historias han terminado siendo contadas y consumidas desde la distancia y la rapidez, normalizando con ello la violencia. Así, algunas fotografías han sido sacadas de archivos digitales o de publicaciones compartidas por las propias víctimas o agresores en redes sociales, pero muchas otras proceden de medios de comunicación que las han acompañado de titulares “morbosos” y descontextualizados. “Muchas veces los medios utilizan a estas personas como si fueran personajes ficticios y eso provoca que no los sintamos cercanos. Por eso, de una noticia pasamos a otra casi sin detenernos”, explica la fotógrafa.

Precisamente por eso, una de las intenciones del proyecto era devolver esas imágenes al público desde otro lugar. Sacarlas del consumo rápido, reagruparlas y resignificarlas para obligar a detener la mirada. “La idea era darles la vuelta, que se pudiera profundizar realmente en ellas y entenderlas de otra manera, no como normalmente nos las han dado los medios”, agrega.

Ese equilibrio entre investigación artística y responsabilidad ética terminó convirtiéndose, en efecto, en una de las partes más complejas del proceso. Bobo empezó a desarrollar Kiss con apenas 21 años -ahora tiene 29- y asegura que la formalización definitiva del proyecto fue retrasándose continuamente por las dudas que le generaba trabajar con un material tan delicado. “Cada vez que iba a sacarlo sentía que no podía hacerlo y volvía a replanteármelo”, recuerda.

Para evitar caer en el morbo o convertir los casos en simples relatos de sucesos, la artista decidió separar deliberadamente imágenes e historias, evitando que pudieran asociarse directamente entre sí. Ni el libro ni la exposición incluyen nombres propios ni textos explicativos vinculadas a un caso específico. “No quería que pudieras mirar una imagen y saber exactamente qué había pasado ahí. Lo importante era entender el conjunto de imágenes y el conjunto de historias, no convertir cada caso en algo individual o espectacularizado”, explica.

La única información que se mantiene, así, en cada relato es la fecha y el lugar del crimen. “Ese es el momento en el que el beso cambia completamente de significado”, señala. A partir de ahí, Kiss se mueve constantemente en una frontera delicada entre lo documental y lo artístico. “No quería utilizar estas imágenes simplemente para convertirlas en arte, pero tampoco hacer un trabajo puramente documental”, concluye. “Se trataba de comprender qué ocurre cuando todas esas imágenes se miran juntas”.

El resultado son 77 imágenes de archivo, una cifra construida a partir de la estimación de crímenes con vínculo afectivo cometidos cada hora en el mundo. Detrás, sin embargo, hay cientos de casos revisados. “De cada 500 historias igual sacaba tres imágenes”, recuerda Bobo, que todavía hoy sigue acumulando fotografías y nuevas referencias relacionadas con Kiss. “Siguen apareciendo más casos y siguen siendo igual de impactantes”, reconoce. 

Las derivas de Kiss

Fue en 2024 cuando se publicó el fotolibro, pero Kiss no terminó ahí. Para la madrileña, el beso funciona casi como una puerta de entrada a muchos otros temas y violencias que, como explicaba, han ido apareciendo durante el proceso de investigación. “Aunque parezca un gran tema, en realidad hay muchos temas pequeños dentro”, explica Bobo, que asegura que sigue acumulando imágenes, referencias y nuevas ideas alrededor del proyecto. Algunas tienen que ver con internet, otras con la exposición pública o con la forma en que determinados espacios culturales han terminado normalizando la violencia como espectáculo.

A raíz de una residencia en Alicante, por ejemplo, la artista comenzó a desarrollar una pieza que buscaba trasladar algunas de las preguntas de Kiss al espacio público. La propuesta consistía en proyectar imágenes de besos en lugares históricamente asociados a la violencia y al entretenimiento colectivo, como una plaza de toros. Una de las imágenes imaginaba incluso a un torero besando al toro, reproduciendo la misma lógica que atraviesa Kiss: una escena aparentemente afectuosa cuyo desenlace violento ya conocemos de antemano.

“Me interesaba preguntarme cuál es realmente la diferencia entre determinadas violencias que condenamos y otras que culturalmente hemos convertido en espectáculo”, reflexiona. Aunque finalmente no obtuvo permiso para realizar la intervención en la plaza de toros, el proyecto derivó en otras versiones instaladas en espacios residenciales.

Esta idea conecta también con la manera en que históricamente la violencia ha funcionado como entretenimiento colectivo. “Antes la gente se reunía en las plazas para ver ejecuciones públicas”, comenta. Una lógica que, de alguna manera, sigue presente hoy en determinadas formas contemporáneas de consumir imágenes, violencia y espectáculo.

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