Rodrigo Cortés: "El misterio se nutre de la bruma"

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VALÈNCIA. En Gabaón, un pueblo al borde de un cortado frente al mar, hay un colegio-orfanato-monasterio llamado De La Estricta Observancia. Monjas, curas y una niña encerrada en una habitación sin ventanas componen el extraño ecosistema de Hija del cielo (Random House, 2026), la nueva novela de Rodrigo Cortés. Allí está también el Hombre Guapo, una presencia que habita en la niña y le habla.

La novela avanza a través de dos voces que se alternan y que, aunque parten de lugares aparentemente definidos, terminan contaminándose entre sí: la del narrador, precisa y tallada, y la de la niña, construida desde una sintaxis quebrada y una mirada que no siempre permite distinguir qué está sucediendo y qué pertenece a su mundo interior. Cortés convierte esa incertidumbre en una de las reglas del juego: no pretende despejar la bruma, sino mantenerla en su sitio para que sea el lector quien encuentre su propia ruta.

— ¿Hasta qué punto las coordenadas del libro están atravesadas por la imaginería y por las relaciones que la fe, la Iglesia católica (o una manera concreta de entenderlas) tejen de alguna manera entre todos los personajes?

— La novela hace funambulismo por lo sagrado con toda la finura posible, y eso empieza incluso por lo formal, desde su índice o su articulación con números romanos. Si me permites la paradoja, todo sucede en Gabaón, que es un colegio-monasterio-orfelinato de la estricta observancia, con un fondo católico que, sin embargo, vemos que ha ido alterándose a lo largo de los años.

El padre Alén va cambiando los ritos palabra a palabra hasta que al final nadie los reconoce, pero nadie sabe tampoco cómo han mutado. Y la presencia de fuerzas ingobernables anteriores al hombre contaminan a veces hasta de paganismo ese cristianismo e, incluso antes que al nuevo, acaban rodeándolo todo de arcaísmo, de liturgia y de esa sensación de que hay fuerzas que operan, no se diga, de la razón.

— ¿Y cómo deforma esto las relaciones entre los personajes?

— Tenemos al padre Alén, que parece ser la cresta reinante en un gineceo. Aunque la novela acaba mostrando sus grietas y discutiendo su pretendido reinado, y uno siente la pulsión de lo teológico ante una niña que no tiene noticia de tal cosa y a la que no le importa, además, en absoluto. Soberana de sí misma frente a un mundo que trata de estar ordenado.

Lo interesante de acoger a esta niña en esta institución es que todo lo que es orden, silencio o palabra medida queda contradicho por su propio caos, algo que no habría sucedido en un lugar con reglas tan indiscutibles.

Porque da la impresión de que, cuando nos enfrentamos a la religión, esas reglas son anteriores a nosotros mismos y tienen una presencia que va mucho más allá de lo que podamos argumentar. Pero todo esto queda en cuestión constantemente, incluso en el momento en que por fin hay ese gran diálogo entre el padre Alén y la voz que habita a la niña, que acaba desarrollándose en forma casi de pulso teológico.

Y en el que el lector tiene que decidir cómo se siente, porque ni siquiera puede identificar con facilidad al Hombre Guapo, que dice cosas propias de una fuerza benéfica, cosas propias de una fuerza maléfica, cosas que nacen de la abstracción de la poesía o cosas de una lucidez que nos incomode y nos aplasta.

— Precisamente tomando esta idea de las reglas indiscutibles, tú no puedes controlar con qué mirada hacia lo sagrado o hacia lo teológico se acerca cada lector y cada lectora. ¿Este diálogo necesita un poco que dejemos algunos prejuicios o algunas miradas previas aparcadas en la portada para poder meternos y entenderlo mejor?

— Ese sería mi consejo, pero no puedo tener el control sobre lo que va a hacer el lector. El otro día se me acercó alguien que se identificó como pastor protestante y me dijo que le había entusiasmado la novela y ese pulso desafiante, una vez más teológico, con ideas que a él le habían hecho extender tentáculos en direcciones muy distintas. Ahora bien, si lo lee alguien desde la pura ortodoxia y pretende encontrarla, probablemente se haya llevado una pequeña decepción. El que quiera encontrar una crítica, probablemente también.

Porque la novela no hace nada de eso. La novela no da una sola lección. La novela establece un mundo con sus propias reglas. Y esas reglas se nutren de cosas que todos percibimos, sentimos, pero que no son necesariamente reales, no están necesariamente asentadas en la realidad de nuestro mundo, sino en la del propio Gabaon.

De hecho, cada topónimo en la novela, con muy pocas excepciones, es inventado precisamente como forma de establecer un universo cerrado sobre sí mismo, con sus propias leyes que no tienen nada de arbitrario, pero que son propias.

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—Lo más sencillo sería preguntarte por la historia previa de la niña que le lleva a esa habitación sin ventanas, pero yo quería preguntarte por la historia que lleva en la mochila el padre Alén.

— Hay una evolución marcada porque se nos muestra una juventud casi idealista de un cura que, en realidad, lo que es es albañil y que lo que quiere es hacer suelos, hacer paredes y abrir ventanas. La misma que le niega a la niña y que, en su juventud, recién llegado de Roma y dado de bruces con este pequeño pueblo de pescadores, trata de convertirlo en una pequeña Roma, adoquinando las calles, llenándola de monumentos barrocos y pintando de color pastel las paredes, para darse cuenta muy pronto de que es un empeño obviamente vano y que al final acaba entregado a ese colegio y, con el tiempo, de una forma que no se nos explica del todo, a este rito en que como dice la hermana Maite, “encerramos flores”.

Es una figura que a unos les resulta enormemente seductora y fascinante, a otros les cae terriblemente mal porque aman a la niña de tal modo que lo que quieren es apartar a Alén por considerarlo un torturador.

En fin, cada uno, una vez más, tiene que lidiar con cómo se siente con este personaje, que además parece cambiar de forma dramática con el paso de las estaciones y a quien el clima parece afectarlo profundamente. Pánico cerval al otoño, al que llama el estío, ansía la llegada del verano porque considera que lo mata todo, lo aplasta todo y que su luz blanca lo ciega y acinquina todo.

Y a la vez lo vemos lleno de debilidades, se confiesa con mucha lucidez y muestra momentos cercanos al desmoronamiento. A elegir, no desarrollaría la labor que le toca liderar.

— La niña no solamente escucha una voz, sino que, allá donde está, allá donde la han encerrado, si se pega mucho a la pared, escucha el mar, escucha a los niños, escucha todo esto de fondo. ¿Qué hay en esos sonidos de fondo que ella intenta escuchar?

— Es difícil saber qué oye, qué se inventa, qué oye en su cabeza, qué oye de verdad. Si se pega bien a la pared, dice oir el mar. Hay momentos en que dice haberlo dejado de oír, después vuelve a aliviarse porque por fin vuelve ese sonido. No está en un monasterio apartado del mundo, sino en un colegio, lo cual resulta extrañamente incongruente…

Y puede escuchar a los niños vociferantes, correteando y saliendo de sus clases. O tal vez se lo inventa. Ella dice que a veces puede oír ideas, que a veces sabe lo que va a pasar en otro momento y lo sabe porque ya ha estado.

A veces escapa de los lugares a través de los sueños y podríamos considerarlo una metáfora. Pero lo cierto es que la niña sale del cuarto a través de los sueños y vuelve por la puerta. O sea, que parece que se trasciende la pura alegoría.

Y eso nos pone las cosas difíciles para saber qué es real, qué es producto de estos bebedizos a los que ella llama sopas, que le da la hermana Maite, o si en esa capilla que de vez en cuando tiene su lugar en la novela se quema algo más que incienso.

— Como autor, encuentras algo muy prolífico en generar una narración que está basada realmente en la desconfianza continua del lector hacia lo que se está narrando. Podría parecer que una novela con dos voces pueda ser más transparente que una voz, pero ocurre todo lo contrario.

— No trato tanto de que el lector desconfíe cuanto de que decida adentrarse como pueda en la bruma, porque creo que el misterio es así y estos mundos que no son completamente descriptibles desde lo racional son así.

Si, como autor, tienes una intuición de cosmogonía de fondo y una explicación posible para lo que está sucediendo, y hasta cierto punto tienes que tenerla, porque para establecer un mundo tienes que saber, aunque no sea con una explicación detallada, lo que está sucediendo y por qué está sucediendo, aunque sea desde lo intuitivo. 

No puedes despejar la bruma, porque el misterio se nutre de la bruma. Pueden ser quince cosas y, si las objetivas en una, matas catorce. Mientras que si mantienes esa bruma en su sitio, el lector en general no va a estar perdido, va a estar ubicado, pero desde su propia brújula. Va a tener una intuición, va a tener una opinión sobre si esto es bueno o malo, sobre si la niña está mintiendo o no, de verdad tiene una voz dentro.

El lector no va a estar perdido. Lo que va a estar es haciendo su propia ruta. Y probablemente cuatro lectores que acabaran de leer la novela empezarían a discutir sobre lo que ha sucedido y no estarían de acuerdo. Y probablemente los cuatro tendrían razón.

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— Los seres humanos tenemos mucho miedo y entonces, cuando hay algo que no nos encaja, tomamos cierta distancia por si acaso, como los gatos, para acercarnos si eso poco a poco. Pero tú, a la vez, estás construyendo una historia. ¿Cómo gestionas tú la distancia siendo el autor?

— Yo no me impongo esa distancia, más bien me impongo —que sea un verbo raro para el modo en que voy a concluir la frase— una absoluta libertad. Y eso significa que acepto las imágenes o ideas, por irracional o aparentemente irracional que sea su origen, sin cuestionarlas y sin necesidad de arrojar la luz de lo intelectual.

Porque si parecen tener sentido, probablemente lo tengan. Y si parecen funcionar o tener significados, probablemente funcionen y tengan significado sin necesidad de que lo destruyas racionalizándolo. Confías en tu instinto narrador y en que esas imágenes no vienen de Marte ni de autores muertos, sino de ti mismo, de tu comprensión de las cosas o de tus intuiciones. Y, por lo tanto, en lugar de imponerme la distancia, logro sumergirme de cabeza en mitad de todo eso. 

Por ejemplo, en la niña. Como bien sabes, hay dos voces, casi dos cerebros, que construyen la historia. Está la voz del narrador, más esculpida, más exigente, que busca la precisión y la musicalidad de la palabra exacta en la definición de un mundo que se tiene que percibir desde lo sensorial. Y luego está la voz de la niña, que rompe en uno de cada dos capítulos con ese monólogo ingobernable en primera persona en que nos cuenta lo que vive cada día sin aparente orden y concierto, con una sintaxis dislocada, partida, incorrecciones gramaticales constantes, condicionales que sustituyen a los subjuntivos que la niña no sabe manejar bien, siendo además leísta y laísta, con poca formación intelectual.

Una inteligencia, sin embargo, natural, que le permite arreglárselas para vivir, para definir fenómenos complejos, aunque no tenga el vocabulario adecuado para hacerlo, y para eso te tienes que meter en su cerebro, y no resulta fácil salir indemne de ahí.

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