Libros y cómic

Todas las caras de la hipocondría, desde Proust hasta el 'Dr. Google'

  • Cansada, de Ramón Casas.
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VALÈNCIA. La hipocondría ha cambiado de nombre, de marcos de análisis y de contexto histórico, pero lleva ya siglos acompañando a la cultura occidental. De la bilis negra de la medicina clásica a las búsquedas compulsivas en internet de la actualidad, el miedo a enfermar ha adoptado formas distintas sin perder su núcleo: la sospecha persistente de que el cuerpo es un territorio inestable que tiene abiertas las puertas de par en par a la enfermedad 

La periodista Caroline Crampton habla de ello en primera y en tercera persona en Cuerpos de cristal, que acaba de publicarse en España a través de Barlin Libros. El libro parte de una experiencia personal —padeció linfoma de Hodking y posteriormente tuvo que tratarse otro tumor— para desplegar una historia cultural de la hipocondría que atraviesa siglos, disciplinas y lenguajes. Y lo hace no tanto a través de un recorrido médico como de una cartografía de relatos. Porque, en realidad, la hipocondría también forma parte de la cultura occidental cómo distintas épocas han explicado, narrado y, en ocasiones, ridiculizado ese temor: “Hipocondría es un término tan escurridizo y elusivo como la enfermedad que intenta acotar”, escribe la autora en el prólogo.

Uno de los aciertos del ensayo es evitar una lectura lineal o progresiva. La hipocondría no desaparece con los avances científicos, sino que se adapta a ellos. En la Edad Media, algunos pacientes estaban convencidos de que su cuerpo era de vidrio; en el siglo XIX, el lenguaje se desplaza hacia los nervios y la sensibilidad; en el XXI, el diagnóstico pasa por internet. La figura del ‘Dr. Google’ resume esa mutación: el acceso inmediato a la información médica no reduce la ansiedad, sino que la amplifica.

Crampton insiste en que la hipocondría “solo hace preguntas, nunca da respuestas”. Y esa indeterminación explica su persistencia. También su dificultad para encajar en categorías clínicas estables: lo que hoy se denomina “trastorno de ansiedad por enfermedad” es en realidad una ambigüedad entre lo físico y lo mental; o entre el síntoma y su interpretación. Un ambigüedad que, incluso, complejiza la relación cuerpo-mente a las personas que lo padecen, que siguen sin un marco claro a partir del cual tratarse.

Literatura de la sospecha

La hipocondría encuentra en la literatura uno de sus espejos privilegiados. Marcel Proust, por ejemplo, tuvo una vida marcada por la enfermedad, real o anticipada, que atraviesa una obra donde el cuerpo es siempre frágil, permeable al tiempo y a la memoria. La escritura, en su caso, funciona como una forma de observación obsesiva, clínica.

Pero Proust no está solo. Crampton recorre una constelación de autores en los que la enfermedad, o su anticipación, se convierte en materia narrativa. Virginia Woolf, Robert Burton o Joan Didion escriben sobre el cuerpo a partir de la hiperfijación provocada por la hipocondría. También los efectos colaterales de la misma, como la soledad o la melancolía.

Crampton también se hace servir de ejemplos de representación de personas con hipocondría, desde personajes de Cervantes hasta la serie televisiva Sherlock. Una constelación que va cruzando con su historia personal, por una parte, para encontrar algo más que una burla o una minimización de aquello que le desquicia; y por otra, entender algo más de ese terreno pantanoso a partir de lo que han sentido y escrito otras personas.

Una enfermedad de privilegiados

Aunque se viva en soledad, la hipocondría no es ni mucho menos una anomalía individual, sino un síntoma cultural. Cada época construye sus propios miedos y sus propias narrativas para gestionarlos. ¿Puede ser la hipocondría un sesgo de clase? ¿Puede ser consecuencia de la realidad material de las personas que lo sufren? ¿Puede convivir la hipocondría con las enfermedades reales?

La hipocondría es producto de su tiempo, y sobre todo, un reflejo emocional que, aunque se materialice a través de una afección corporal, tiene una vinculación directa con las historias personales. Otra vez, Crampton utiliza su propio testimonio, contextualizado en una época en la que se habla de manera más natural de la salud mental, para revisar que situaciones médicas complejas como las que plantea la hipocondría están aún muy lejos de estar resueltas —y tampoco la obsesión actual por la monitorización de la salud echan una mano en amortiguar esto. 

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