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Todas las cosas que no se cuentan en 'El último acto', el documental sobre los últimos años de Bowie

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VALÈNCIA. Coincidiendo con el décimo aniversario de la muerte de David Bowie, Movistar+ estrenó David Bowie: el último acto, documental que analiza los últimos años de su carrera. Para mí, la última etapa de Bowie es la que discurre en el siglo XXI, a partir de que publica Earthling en 2001, una obra que ya en sí supone un cambio importante en sus planteamientos. El documental, en cambio, estira ese último acto hasta los años ochenta, su etapa más comercial y a la vez, la menos interesante (por decirlo de una manera suave) a nivel artístico. Aquí, el problema no es que rebobinen tanto hacia atrás, sino que dejan de explicar episodios que son importantes. Por ejemplo, se pasa por alto que, entre 1977 y 1978, Bowie cultivó su lado más experimental en lo que se conoce como su etapa berlinesa. Eso elevó todavía más su propio listón creativo, porque de ahí salen los discos Low y Heroes. Tampoco se dice que el colofón a esa década brillante en la que Bowie alteró la música pop con su manera de cambiar de personaje y estilo, mientras avanzaba los nuevos derroteros por los que esta debía discurrir, llega con otro disco brillante, Scary Monsters y una canción sublime, Ashes To Ashes, donde él mismo hace un balance de lo ganado y lo perdido durante esos nueve años vertiginosos. Sin hablar de ese Bowie musicalmente más radical es difícil entender al Bowie de los noventa y los dosmil.

En cambio, los guionistas de El último acto repasan con detalles la etapa con Tin Machine, la que une los ochenta con los noventa del artista. Bowie venía de hacer su disco menos agraciado, Never Let Me Down (1987). A continuación, se inventó lo de formar parte de un grupo que no se creía nadie. De lo poco que me importan, a mí se me suele olvidar que existió Tin Machine. En su día, la prensa musical británica hizo de ellos una de sus dianas favoritas. A la prensa musical británica le encantaba atizar a los ídolos que ella misma contribuía a crear. Y era muy cruel. En algunos momentos, da la impresión de que el guion de El último acto está concebido en torno a ese tipo de opiniones tan sesgadas. De acuerdo, Tin Machine fueron una pésima idea y marcan el punto más bajo al que pudo llegar Bowie. No tanto por su música, que no es tan mala, sino por lo que querían representar. En pleno bum del rock alternativo, con los Pixies y Sonic Youth en danza, con la irrupción de Nirvana fraguándose, la estrategia de Bowie llegaba a resultar patética. Recuerdo una entrevista de esa época con J Mascis, cuando Dinosaur Jr eran una de las criaturas mimadas de esa crítica traidora, en la que contaba que Bowie les llamó para producirles y que ellos declinaron su oferta. Pensaron que lo más adecuado sería que le produjeran ellos a él. Así que sí, de la misma manera que se pasó los años sesenta intentando encontrar su lugar en el pop sin conseguirlo, durante los noventa tuvo que purgar sus pecados. 

 

Y en eso llegó 1992, y recuerdo otra crítica inglesa acerca de un single, Real Cool World, que el artista grabó para una película de animación. Quien la firmaba decía que era tan aburrida que esperaba que Iman se hubiese llevado un libro interesante a su noche de bodas. Si escuchamos ahora esa canción, no es ni tan mala ni tan aburrida. Lo que está claro es que aquel no era su momento. Pero Bowie, que ya tenía experiencia en revertir ese tipo de situaciones, grabó en 1993 su primer disco apetecible en muchos años, Black Tie, White Noise, con producción de Nile Rodgers y la impactante Jump They Say. Fue la primera señal seria de rehabilitación artística. A continuación, la banda sonora para la teleserie Buda de los suburbios, donde volvió a experimentar y, por primera vez, coqueteó a fondo con unos de sus estilos favoritos, que es el jazz. Resultó ser que Bowie no estaba tan muerto ni era tan plomazo como nos decían. Por aquel entonces, Suede ya habían despuntado en un nuevo pop inglés que derivaría en esa cosa tan casposa llamada britpop. Brett Anderson era el rey de la ambigüedad (de esa época es su gran frase: “soy un bisexual que nunca ha tenido una experiencia homosexual”) y apareció en retratado con él en la portada del NME. Bowie no era ningún apestado, pero eso no se cuenta en el documental.

Outside llegó en 1995. Un disco de estilo industrial, oscuro, experimental, difícil por momentos. Lo grabó acompañado por Brian Eno, después hizo una gira americana con Nine Inch Nails. Y Pet Shop Boys se ofrecieron a remezclar uno de sus temas, Hello Spaceboy, que se convirtió en otro espectacular sencillo. Otra banda inglesa en boga, Placebo, lo invitó a grabar con él. A continuación, su enamoramiento del jungle. De acuerdo, era poco creíble, pero no resultaba incómodo como lo de Tin Machine. Bowie ya no creaba tendencia, seguía las que imponían otros. Pero esta vez el resultado no era un desastre. El último acto ignora el concierto en el Madison Square Garden de su 50 cumpleaños, donde le acompañan admiradores como Sonic Youth, Frank Black, Robert Smith, Billy Corgan, Foo Fighters y su amigo Lou Reed. Su último disco de la década y del siglo, hours... fue una obra reflexiva donde, por primera vez en mucho tiempo, ya no se preocupaba por estar al día. No quería ser negro ni grunge ni club kid ni industrial. Y con esa cara lavada y sin maquillar cruzó el umbral al nuevo milenio. Mientras, hubo una ligera reivindicación del glam a través de terceros: la película Velvet Goldmine –que él rechazó- y Marilyn Manson copiándole el personaje de Aladdin Sane. Sí, David, quien roba a un ladrón...
 

 

Según El último acto, la resurrección definitiva de Bowie llega con su actuación en Glastonbury en 2000. El documental lo presenta como una especie de milagro, como si en aquel momento hubiera dejado de ser un paria. Yo no recuerdo que fuera contemplado así, al menos en España, donde quizá hemos sido mucho más piadosos con los artistas angloparlantes que los periodistas británicos. Bowie seguía brillando y, lo que es importante, más allá de la inevitable mala baba de sus paisanos periodistas, me parece recordar que sus logros eran celebrados. Que mantenía ese halo de artista respetable a pesar de todo y de todos. El ave fénix del pop era él y Heathen fue un disco estupendo donde, ahora ya sí, solamente quería sonar como el artista maduro que era.  Y así funcionó hasta que despareció en 2004 por problemas de salud y se tiró casi una década sin decir nada. El último acto elude que, durante esos años, mucha de esa gente que ahora lo llora se recreó a gusto diciendo que estaba acabado o gravemente enfermo, y que había salido por la puerta de atrás sin despedirse. Qué gran error. El 8 de enero de 2013, el mundo se paró cuando, por sorpresa, se anunció la salida de un nuevo sencillo de David Bowie. Where Are We Now?, otra canción soberbia. Dos meses después llegaba The Next Day. No hubo entrevistas, ni actuaciones en directo. Bowie dejó que la música hablara por él. No necesitaba lo contrario. Seguía siendo David Bowie y, esta vez sí, el mundo de las redes sociales y la hiperinformación, empezaba a entender lo mucho que lo necesitábamos. Por desgracia, esto quedó corroborado con ese soberbio y a la vez estremecedor disco final, Blackstar y una muerte que se hizo obra de arte.

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