CASTELLÓ. Recuerdo la emoción, indescriptible hoy, de entrar en una tienda llena de videojuegos en aquellos momentos donde solo podías elegir uno, mediados de los 90, sin Game Pass, ni Steam. Ese juego que ibas a comprar iba a acompañarte meses, y la portada, la mayoría de las veces, era la única información que tenías, junto a alguna reseña en revistas del sector. Había que elegir bien. Aquellas tardes en el Centro Mail, hoy reconvertido en GAME, buscando un juego con mi madre, un juego, que, por supuesto, no superara las 1995 pesetas (un estándar de la época), es un recuerdo imborrable de cuando no había casi para seleccionar. Me viene a la mente, bastante traicionera, aquella Mega Drive con dos mandos y el juego de Sonic. Recuerdo aquella caja negra con el nombre de la consola, aquellos momentos de estar frente a la televisión de tubo jugando horas muertas y lo difícil que era pasarte el juego. Pocas veces en mi vida he vuelto a sentir aquello. Cuando nadie tenía videojuegos, esa tienda era lo único que tenías para sentirte comprendido y asesorado.
Hace un año se abrió una tienda, Akiba, en Castellón, con cientos de títulos de juegos, ahora llamados retro, en sus vitrinas. Mike, dueño de este lugar de fantasía, también era un seguero como yo, y también la Mega Drive fue su máquina favorita. Otro más de la secta. Hablamos con él.
“Yo soy seguero a muerte”, me espeta por teléfono cuando le explico mi cariño por la consola creada por Hideki Sato (fallecido este febrero). La primera consola, al menos para la gente que peinamos canas, era todo un acontecimiento inolvidable. Era nuestro primer acercamiento al entretenimiento electrónico. Lo nunca visto. Una revolución. Una consola muy popular en los hogares con menos recursos económicos era un clon de NES, que se llamaba NASA. En España aparecieron múltiples consolas baratas a las que se la apodó famiclones (Famicom era el nombre que tenía la NES en el continente asiático), porque emulaban a la consola de Nintendo. Entre aquellos niños y preadolescentes estábamos Mike y yo, que nos hubiéramos hecho buenos amigos de habernos conocido entre cartuchos de juegos y revistas de consolas.
“Vamos a tirar de nostalgia - comenta-, no me acuerdo de dónde saqué la NASA, tengo recuerdos muy vagos, mi familia era muy humilde. Luego conseguí la NES con el Super Mario Bros, no tengo mucha noción de dónde lo saqué. Sí recuerdo que la Game Boy me la sacó una tía, mi tía Magdalena, y ahí empezó todo”. La videoconsola era el regalo estrella en navidades, potenciado por unas campañas enormes en televisión, aunque todavía era un mercado para niños y jóvenes.

“Me pulía horas al Tetris, que era un juegazo”, exclama. Game Boy era una consola portátil, que comía las pilas a la velocidad del rayo. No había billetera que soportara eso. Además, su pantalla retroiluminada con los escenarios y personajes en blanco y negro eran únicos. También fue una consola clonada hasta la saciedad. “En aquella época teníamos una vista de lince, ahora me lo pongo y digo: si no se ve nada (risas) y yo lo veía perfecto y lo tenía en un pedestal (risas). La Game Boy me la llevaba al colegio, me la llevaba en la mochila. Me daba miedo que me la quitaran, la sacaba poco pero al colegio sí que la llevaba. Tenía el Nekktsu Koukou Soccer”.
Mike ha pasado por todas las consola de 16 bits. Las tuvo todas, o al menos, todas las más relevantes y que tuvieron un mayor catálogo. “Tuve una Master System, una Game Gear, pero la que me enamoró totalmente fue, que la compré en Tien21, mi primera Mega Drive, que hasta hace poco conservaba el recibito de 25.000 pesetas. Tenía 16 años y trabajaba de camarero los fines de semana. Y me ahorré 25.000 pesetas, que era una pasta entonces. Tardé como dos o tres meses. Me compré la Mega Drive con el Sonic”.
Me compré el mismo pack, y seguro que más de un lector y lectora también lo hizo. Comprarte una consola con el juego de moda era algo fantástico. “Mi madre decía que eso (la consola) rompía la tele , que se decía entonces, y no había manera de que yo pudiera jugar con ella en la tele, hasta que al final me encontré una tele en el contenedor, pero en blanco y negro, jugaba a la Mega Drive en blanco y negro (risas)”.
Mike nació en Alaquàs y allí pasó su infancia. Su biografía con el mundo de los videojuegos está marcada por las tiendas donde se vendía y/o alquilaban cartuchos. Yo también recuerdo aquellas tiendas y la de horas que eché delante de las carátulas. “Estaba el videoclub América, el videoclub Sierra, que es donde yo más alquilaba”. También estaban los recreativos, que hoy parecen que tan reivindicados. “Fui gerente en uno”, dice. “Estuve trabajando unos tres o cuatro años, los recreativos se llamaban Los Búhos. Trabajar allí era una pasada, estaba contento”. Los recreativos desaparecieron, como la mayoría de videoclubes, del paisaje urbano. Fueron uno de esos comercios que se extinguieron como los dinosaurios. Y pasó de una forma muy acelerada por la accesibilidad a las consolas de sobremesa. “Ya no se recaudaba lo que se tenía que recaudar, no daba lo que tenía que dar”.

Se acabó una época, le digo con tristeza. Mike me acompaña en esa letanía. “Se acabó una época. En esa época yo tenía la Saturn, duró en el mercado muy poco”. Juntos, sin conocernos, vivimos, quizás, la gran revolución en los videojuegos: el paso de los juegos en 2D al 3D y a los mundos abiertos (todo lo abierto que se podía con aquella tecnología). El paso de los 16 a los 32 bits fue colosal. Era, sin duda, un cambio de paradigma. “Recuerdo jugar en la Saturn al Resident Evil, hay juegos en tu vida que no olvidas y siempre te llevan a qué estabas haciendo cuando jugabas a eso. En navidad estábamos en una planta baja, estábamos unas 15 personas, es que era una auténtica revolución”.
Cuando las tiendas que alquilaban videojuegos estaban a punto de cerra, en esa fase comatosa antes de que el comercio desapareciera, los juegos se vendían, como también sucedió con el VHS o el DVD, a precios ridículos. Una ganga para coleccionistas. Recuerdo comprarme Muertos de Risa en un videoclub con la persiana medio bajada. “Yo tengo como 15 o 20 juegos desde mi infancia”, comenta. “Recuerdo cuando los descatalogaron y los vendían a mil pesetas, y yo me fui allí y me compré 7 u 8 juegos a mil pesetas con Sierra escrito en el cartucho”. He mirado mi VHS y también pone en la cinta Boston. Mike me ha desbloqueado un recuerdo.
Uno no se lanza a montar una tienda tan específica y de nicho como Akiba si no tiene una experiencia previa. Hay que tener un conocimiento del mercado, precios y tendencias. Si no, es un suicidios empresarial. “Estuve catorce años currando en CEX, y estaba con una chica de Castellón, que llevábamos ocho o nueve años, y había un momento que alguien tenía que decidir. Su padre me propuso, porque tenía un local vacío, si quería montarme una empresa allí. Cuando te montas un negocio siempre tienes miedo, está en un rinconcito de Castellón, que no está en el centro, es una tienda de nicho, o vas porque la buscas o no pasas por la puerta”, dice. “Yo le decía al padre de mi mujer: esto tengo que hacerlo tan espectacular, que se conozca en toda España; si es una tienda de barrio va a durar dos días”.
Akiba es espectacular. Su diseño y arte te transporta a Japón. “Entra mucha gente y me pregunta si es una franquicia; no, no, esto es una tienda propia”, responde. Como decía antes, este sector tiene muchas aristas, una de ellas, totalmente crucial al hablar de retro, es la adquisición de juegos, que suelen estar en manos de particulares. “Hay que negociar mucho, hay que buscar mucho y eso es lo que más quebraderos de cabeza le dan a las tiendas. Yo estoy muy contento porque ya nos ofrecen lotes. Yo como coleccionista no compro cosas en muy mal estado”.

Mike es coleccionista y sabe que en su tienda tiene verdaderas joyas, y, a veces, hay que despedirse de ellas a pesar de que duela. “Yo cuando vendo cosas de la tienda me da pena (risas) o incluso no quiero ni venderlas (más risas) Me sale mi vena de coleccionista y me da penilla y digo: esto no lo voy a volver a ver en tienda o esto no va a volver a entrar”.
El retro es un material sensible, no solo por el estado de juegos y consolas, sino también por saber el verdadero valor de mercado. “Esto es como cuando montas un bar y no has trabajado en tu vida en un bar”, sentencia. “Ni has sido camarero o cocinero. Al final, estás condenado al fracaso si no conoces el tema. Esta tienda es lo mismo, tienes que entender un poco del mercado, a cuánto se vende los juegos, los estados, que son super importantes, el tipo de coleccionista que hay, porque hay una variedad de coleccionistas increíbles, porque lo hay muy selectos. Los hay que buscan piezas rarunas, que eso muy pocas veces entra en tienda, y los hay que coleccionan de todo”.
La cantidad de material que tiene Mike en tienda es increíble. “En microordenador no me he metido ni en PC tampoco porque es muy nicho”, señala. “Como has visto, tengo varias vitrinas, he intentado distribuir el material en cada vitrina. Arriba pone zona de Japón, zona de SEGA, hay una que hay un popurrí, una de Nintendo, otra de Play. Poner los buenos títulos delante, en el almacén tenemos más material”.
No solo de retro vive la tienda: manga, libros, figuras, se respira Japón. “Es como una tienda de Japón”, asegura. “Hay tiendas en Japón donde hay consolas, manga, cogí un poco la copia de cuando estuve por Akihabara, cogí un poco la idea. Un poquito de todo. Al final, no quería ser solo una tienda de videojuegos, quería ser una tienda que la gente quiera visitarla porque hay videojuegos, figuras, porque hay libros, manga; al final, es una tienda como en Japón de ocio electrónico”.
No me puedo resistir a saber cuál es o ha sido la pieza reina de la corona “Cuando empezamos tuvimos un full de Game Boy Set del Club Nintendo japonés que eran treinta juegos. La Game Boy del 20 aniversario, que solo salió en Japón, muy bonita, que era preciosa. Luego sacaron tres libros, que solo te lo daban el Club Nintendo. Se vendió al final”.
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