VALÈNCIA. La robótica atraviesa uno de esos momentos en los que las expectativas avanzan a mayor velocidad que la tecnología. Los robots humanoides concentran buena parte de la atención, pero cuando el debate se traslada de las demostraciones y las promesas a las fábricas aparecen cuestiones bastante menos vistosas: cuántas horas necesitan estas máquinas para aprender, de dónde salen los datos con los que se entrenan, cómo se integran con los sistemas que ya existen y bajo qué reglas podrán operar.
Ese fue uno de los principales puntos de coincidencia en el desayuno-coloquio sobre 'La integración de la robótica en la industria, la logística y la sociedad', organizado por ValenciaPlaza en el marco de la iniciativa Foro Plaza, en el que participaron representantes de empresas, centros tecnológicos y universidad. La conversación, moderada por el periodista Eugenio Mallol, puso sobre la mesa las posibilidades de la llamada IA física, pero también las barreras que todavía separan esa expectativa de su implantación generalizada.
Francisco Blanes, profesor e investigador del Grupo de Informática Industrial de la UPV, resumió una de las claves del nuevo escenario: la conexión de la inteligencia artificial con el mundo físico acelera las posibilidades de la robótica, pero para que se produzca un salto mayor será necesario avanzar en la autonomía de los propios robots y resolver también la pata energética. A ello se suma el trabajo en estándares que permitan conectar de forma más sencilla la inteligencia artificial con los dispositivos físicos.
El entusiasmo por los humanoides, sin embargo, no convenció a todos los participantes de que sean necesariamente la solución para cada problema. Enrique Vacas, cofundador y CEO de Nutai, advertía de que uno de los errores consiste en intentar sustituir a una persona por una máquina lo más parecida posible a ella cuando, en determinados casos, lo más eficiente puede ser rediseñar el proceso para hacerlo más sencillo de automatizar. La automatización, señalaba, resulta especialmente sencilla cuando se aplica a procesos de producción masiva.

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José Vicente Aguilar, CEO de AGFRA, incidía en la misma cuestión desde otra perspectiva: "No hay nada peor que automatizar algo que no debe ser automatizado". Antes de incorporar tecnología, defendía, es necesario estudiar bien el caso. También Mireya Sáez, directora de Gestión de Riesgos de Aimplas, situaba el diagnóstico de las necesidades concretas de cada empresa como punto de partida. "Es importante tener la tecnología pero identificar las necesidades reales de las empresas", apuntaba.
El cuello de botella de los datos
En el caso de los humanoides, además, la cuestión no termina en fabricar una máquina capaz de moverse y ejecutar determinadas tareas. Javier Sirvent, cofundador de RH-Bots, puso el foco en las enormes necesidades de entrenamiento que requieren estos sistemas y en la infraestructura necesaria para proporcionárselo. Durante el encuentro apuntó que un centro de este tipo puede necesitar varios petabytes de datos y planteó una cuestión de fondo: si España no desarrolla capacidad suficiente de procesamiento, será difícil enseñar aquí a los robots aquello que después se pretende que hagan.
Sirvent también llamó la atención sobre la velocidad a la que está evolucionando la tecnología. En su opinión, buena parte de lo que se daba por válido hace apenas unos años ha quedado rápidamente desfasado. De ahí que considere que el desarrollo de los humanoides no pueda desligarse de la capacidad para generar y procesar los datos necesarios para entrenarlos.
Ese problema tecnológico se cruza con otro más prosaico como es la integración. Pablo Martínez, gerente de GLONEC, explicó que las empresas se encuentran con "cuellos de botella" cuando tienen que conectar distintos sistemas. La ausencia de lenguajes comunes dificulta esa interconexión, aunque reconoció que la IA actual permite acelerar determinados procesos respecto a lo que ocurría hace una década. Su apuesta pasa por avanzar hacia una cierta estandarización de conceptos que facilite esa conectividad.
La regulación llega al mundo físico
La otra gran incógnita es regulatoria. La velocidad de desarrollo de la IA y la robótica contrasta con unos marcos normativos que deben determinar cómo se utilizan estas tecnologías en entornos industriales y qué requisitos de seguridad deben cumplir.
Sáez apuntó a la presión regulatoria existente en la Unión Europea y citó tanto la aplicación de la normativa europea sobre inteligencia artificial como el reglamento de máquinas, que afecta a cuestiones relacionadas con los equipos, la seguridad y el software. Para las empresas, sostuvo, será importante contar también con apoyo público que reduzca el riesgo asociado a unas inversiones tecnológicas que evolucionan con rapidez.

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La cuestión adquiere especial relevancia a medida que los robots dejan de estar aislados en una célula industrial y empiezan a moverse por entornos compartidos con personas. Xavi García, de Homo Robotis Labs, apuntó precisamente a los retos normativos que ya plantea la robótica móvil y anticipó que la llegada de los humanoides obligará a afrontar nuevas situaciones. La tecnología puede funcionar, pero si los protocolos y las condiciones de uso no están suficientemente afinados, el resultado puede ser una máquina que no aporte la utilidad esperada.
Sirvent llevó la advertencia un paso más allá al reclamar una nueva formación vinculada al "hardware inteligente" y alertar de los riesgos que pueden surgir cuando se introducen máquinas capaces de ejecutar órdenes en entornos físicos. La conversación dejó así una cuestión de fondo: la seguridad de la IA deja de ser exclusivamente un problema de software cuando esa inteligencia tiene capacidad para actuar sobre el mundo físico.
El reto también está dentro de las empresas
La tecnología no es, en cualquier caso, el único obstáculo. Durante el encuentro apareció de forma recurrente la dificultad de encontrar profesionales capaces de acompañar este proceso. Vacas describió un problema de talento que afecta a distintos tramos de edad y que dificulta disponer de personal plenamente operativo. Al mismo tiempo, defendió que la combinación de un buen ingeniero y herramientas adecuadas es la que permite extraer rentabilidad de la automatización.
Blanes introdujo una derivada que afecta directamente al conocimiento interno de las compañías. Si una empresa no dispone de ingenieros capaces de entender los procesos que está automatizando, existe el riesgo de que la externalización de la IA genere una pérdida de conocimiento sobre su propio funcionamiento. "Necesitas saber qué está sucediendo con los procesos", apuntó.

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También apareció la necesidad de formar a los propios equipos directivos. Sirvent cuestionó que algunos responsables empresariales planteen incorporar humanoides sin disponer siquiera de unos conocimientos básicos sobre la tecnología, mientras que Vacas relató su experiencia en un curso de formación para directivos que, según explicó, resultó útil para su empresa.
De sustituir personas a complementar trabajadores
El impacto sobre el empleo fue otro de los asuntos que atravesó la conversación. El debate no se planteó únicamente en términos de cuántos puestos pueden desaparecer, sino de cómo cambiarán las tareas y qué trabajadores necesitarán nuevas capacidades.
Sáez defendió que la automatización puede ser una oportunidad tanto para las empresas como para las plantillas, especialmente ante el envejecimiento de la población trabajadora. Robots y otras máquinas pueden asumir determinadas tareas desde el punto de vista ergonómico y de seguridad, mientras las personas mantienen la parte relacionada con la toma de decisiones. "Hay que pensar en la complementariedad entre robots y personas", sostuvo.
La transformación, sin embargo, no será necesariamente sencilla. Sirvent resumió el cambio como una "transformación del empleo", mientras que también señaló que el principal reto no es tecnológico, sino cultural. En esa transición, la comunicación interna aparece como una pieza relevante; Blanes señaló que las empresas deben explicar los procesos y hacer partícipes a los trabajadores afectados para generar confianza, especialmente cuando se trata de cambios que pueden resultar traumáticos.
Buscar el hueco valenciano
Frente a la carrera por desarrollar humanoides, la conversación también derivó hacia una cuestión más cercana: en qué ámbitos puede la Comunitat Valenciana construir una posición propia.
Vacas apuntó a la visión artificial y el control de calidad como uno de los ámbitos en los que el territorio cuenta con capacidades que podrían explotarse más. "En eso somos líderes", aseguró. A su juicio, centrarse en nichos concretos en los que ya existe conocimiento permitiría competir desde una posición distinta a la de los grandes fabricantes internacionales.
Blanes coincidió en la necesidad de encontrar esos nichos y destacó una evolución hacia una mayor colaboración entre empresas y agentes tecnológicos. El problema, señaló, es que esa cultura de colaboración no resulta sencilla de construir.
La cuestión adquiere una dimensión adicional cuando se habla de dependencia tecnológica. España, según se planteó durante el encuentro, no cuenta con un músculo industrial comparable al de China para fabricar determinados componentes y sistemas robóticos. Esa dependencia puede trasladarse también al conocimiento acumulado durante el entrenamiento de las máquinas.
El modelo de "robótica como servicio", que permite acceder a robots mediante alquiler o suscripción en lugar de asumir de entrada todo el coste de adquisición, apareció como una vía para facilitar la incorporación de estas tecnologías a empresas con menor capacidad de inversión. Vacas apuntó que el alquiler puede contribuir a democratizar el acceso, mientras García introdujo la cuestión de qué ocurre después con los datos generados y utilizados para entrenar los robots.
Es ahí donde la conversación sobre los humanoides termina conectando con otra cuestión mucho más amplia como quién controla la tecnología, los datos y el conocimiento que permiten que esas máquinas sean cada vez más autónomas. La fiebre por los robots puede estar empezando, pero el debate empresarial ya no gira únicamente alrededor de qué máquinas serán capaces de hacer, sino de quién tendrá la capacidad para entrenarlas, integrarlas y decidir dónde tiene sentido utilizarlas.