VALÈNCIA. Europa afronta un problema de competitividad que ya no puede explicarse únicamente por sus dificultades tradicionales. Y es que a los obstáculos clásicos como la fragmentación del mercado, la falta de inversión o el escaso tamaño de sus empresas, se suman ahora otros quizá más preocupantes como el deterioro de la calidad institucional, la pérdida de posiciones en sectores tecnológicos estratégicos y una creciente vulnerabilidad ante los nuevos cuellos de botella geopolíticos. El resultado es una economía que tiene dificultades tanto para crecer como para renovarse.
Así lo señaló Vicente J. Pallardó López, director del Instituto de Economía Internacional (IEI-UV) y director de la Cátedra de Economía Portuaria APV-UV, en una conferencia en el marco del Foro de Competitividad organizado por la Asociación para el Progreso de la Dirección (APD) Comunidad Valenciana y Región de Murcia. Una ponencia en la que el experto abordó algunos de los principales desafíos que atraviesa Europa y que lastran su competitividad en el actual contexto global.
En concreto, el experto apuntó algunos de los problemas clásicos que lastran a Europa y la sitúan muy por detrás de otras potencias como Estados Unidos. Entre ellos, se refirió a la escasa aplicación de algunas de las medidas y sugerencias que recogen informes como el elaborado por Mario Draghi, que propone elevar la productividad de Europa, aumentar la inversión, reducir la fragmentación del mercado y recuperar terreno en las tecnologías estratégicas. "Menos del 20% de las recomendaciones están implantadas", subrayó.
Asimismo, lamentó que Europa se haya quedado atrás en algunos de los sectores que están definiendo la nueva economía como la computación cuántica, el 5G y el 6G o la inteligencia artificial. Se trata de ámbitos en los que las empresas europeas no han conseguido situarse de forma suficientemente sólida en la frontera tecnológica.
Sin embargo, el gran proyecto pendiente sigue siendo, según Pallardó, completar el mercado único. Un objetivo que sigue estando lejos de ser una realidad porque cada Estado mantiene buena parte de sus propias reglas y trata de proteger sus intereses nacionales. A ello se suma una inversión insuficiente en infraestructuras y en I+D+i. "Es imprescindible invertir más y, sobre todo, conseguir que esa inversión genere proyectos capaces de transformar sectores enteros", remarcó.
Colaboración público-privada y 'zombificación'
Para ello, consideró imprescindible coordinar objetivos públicos y privados y conseguir una mayor participación de las empresas en los programas financiados con fondos públicos. De hecho, incidió en que la política industrial europea debería descansar precisamente sobre esa colaboración, pero también que esos recursos sean efectivos y se orienten hacia proyectos con capacidad real para aumentar la productividad y la competitividad.
En este sentido, señaló al riesgo de la 'zombificación', esto es, compañías que sobreviven durante largos periodos gracias al crédito o al apoyo público pese a tener pocas perspectivas de futuro. La cuestión es especialmente relevante tras los grandes programas de ayudas desplegados en los últimos años. Los fondos europeos, incluidos los Next Generation, pretendían impulsar una transformación estructural de las economías europeas. Sin embargo, a su juicio, una parte de los recursos no ha terminado necesariamente en los proyectos con mayor potencial de crecimiento. "No han funcionado", consideró.

- Vicente J. Pallardó López. -
- Foto: APD
De igual modo, señaló uno de los problemas estructurales más comunes: el tamaño de las organizaciones y las dificultades para crecer. En este sentido, explicó que la fragmentación regulatoria y económica del continente hace que una empresa que quiera operar en varios países se encuentre con obstáculos que, dentro del mercado estadounidense, sencillamente no existen en la misma medida.
También abordó la cuestión cultural al apuntar que en EEUU un proyecto que no sale adelante se convierte en una experiencia para el siguiente y un estímulo para seguir emprendiendo. En cambio, en Europa es concebido como un fracaso, con el estigma que eso conlleva.
El nuevo problema: las instituciones
A estos obstáculos clásicos se suma uno que durante mucho tiempo parecía formar parte de las fortalezas europeas, pero ahora es percibido como un problema: la calidad institucional. Mientras los indicadores de los países emergentes han mejorado, los de las economías occidentales se han deteriorado, con España entre los países que presentan una evolución más preocupante.
"Esto es un drama", advirtió. Y es que el deterioro institucional no solo tiene consecuencias sobre la calidad democrática o el funcionamiento de las administraciones, sino también sobre la economía: puede hacer que los inversores internacionales se lo piensen antes de apostar por Europa y favorecer la salida de capital humano. "La frivolidad con la que se ignora este problema es alarmante",manifestó el experto, ante el riesgo de que un deterioro que hasta ahora se había considerado secundario termine afectando a la capacidad de Europa para atraer inversión y talento.
El segundo gran desafío está relacionado con los cuellos de botella y puntos de estrangulamiento de la economía y del comercio internacional. Los hay geográficos, como los estrechos marítimos; operativos, vinculados al funcionamiento de las cadenas de suministro, e institucionales. Estos cuellos de botella no son nuevos, pero por primera vez en décadas, estos puntos están siendo utilizados de forma creciente como herramientas de ventaja geoestratégica. Y Europa parte con una posición de inferioridad en algunos de estos ámbitos y cuenta con un potencial limitado.
No obstante, no todo son vulnerabilidades. Europa, según expresó, también mantiene algunos puntos positivos como los acuerdos de libre comercio, cada vez más amplios y con un número creciente de socios. Y es que este tipo de alianzas permite a las empresas europeas diversificar mercados y reducir parte de su dependencia de determinados destinos, en un escenario internacional marcado por una mayor fragmentación y por el uso creciente de las relaciones económicas como herramienta geopolítica.
En cualquier caso, quedó claro que Europa tiene importantes deberes por delante para poder competir en un contexto marcado por una gran transformación tecnológica, una creciente fragmentación geopolítica y una mayor competencia internacional.