Comer

La masía como destino gastronómico: calçots i trufa en Culla

En La Carrasca, una masía aislada entre montañas, los calçots no llegan en cajas: nacen en la misma tierra que rodea la mesa.

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La Carrasca no es un restaurante al uso, ni siquiera un refugio rural al estilo contemporáneo. Es, ante todo, una casa de comidas en el sentido más literal: una masía viva donde se cultiva, se cocina y se habita. En ese triángulo —huerta, fuego y mesa— se sostiene una propuesta que ha convertido este rincón del Alt Maestrat en destino gastronómico.

La historia arranca con el traslado de una antigua taberna a la masía de la Bassa, heredera de esas construcciones dispersas que, siglos atrás, funcionaban como puntos de encuentro para viajeros del Camino del Cid. Donde no había plaza ni núcleo urbano, la sociabilidad se inventaba bajo techo. Hoy, esa lógica permanece: quien llega hasta aquí lo hace con intención.

Desde 2006, Catalina Chiva y Miguel Silvestre han consolidado un modelo que combina hospitalidad rural y coherencia culinaria. No hay artificio: solo una manera de vivir que se traduce en lo que se sirve. Abren de viernes a domingo, siempre con reserva, y la experiencia empieza ya en la barra de entrada, entre carajillos quemados y conversaciones cruzadas.

 

 
 

La calçotada de La Carrasca tiene algo de anomalía geográfica. Lejos de Valls, epicentro canónico del calçot, aquí el ritual se adapta al paisaje del Maestrat sin perder su esencia. Los calçots se cultivan en su propia finca, lo que acorta la distancia entre la tierra y el plato hasta hacerla casi simbólica. Se asan a la brasa y se sirven con una salsa romesco que marca la diferencia: elaborada con avellana de Benassal, aporta un matiz más fino y aromático que la almendra habitual. El menú —contundente y festivo— se completa con embutidos, carne a la brasa, pan de horno del pueblo y vino servido en porrón. Es una calçotada sin concesiones, profundamente ligada a su entorno.

Pero más allá del ritual, lo interesante es el contexto: aquí el calçot no es una excusa lúdica, sino una expresión más de una despensa propia que marca el calendario. Trufa en invierno, cereza en verano, avellana como hilo conductor. Si algo distingue la cocina de Cati Chiva es su diálogo con el pasado y la tradición. No desde la nostalgia, sino desde la investigación. Su aproximación al recetario medieval —especialmente al Llibre de Sent Soví— ha dado lugar a una línea de trabajo singular dentro de la restauración rural. Platos como el conejo con caracoles o el tombet de cordero remiten a una tradición que nunca desapareció del todo en estas tierras. Sus versiones contemporáneas se unen a las salsas históricas, picadas que recuperan protagonismo.

 


 
 
 

Un paisaje que se come

Comer en La Carrasca implica también mirar alrededor. A pocos kilómetros se alza la carrasca monumental que da nombre al restaurante, un árbol con siglos de historia cuya copa ha servido de refugio en tiempos de guerra y de sombra para caminantes. Este diálogo entre paisaje y cocina no es retórico: forma parte de la experiencia. El Alt Maestrat —con su orografía abrupta, sus vestigios íberos y medievales y su red de masías dispersas— sigue siendo uno de los territorios menos intervenidos del Mediterráneo. Y precisamente por eso, uno de los más elocuentes.

En los últimos años, La Carrasca ha reforzado su identidad sin caer en la tentación de sofisticarse. La propuesta sigue siendo accesible, pero cada vez más afinada en su discurso: mayor atención al producto propio, continuidad en los menús estacionales y una consolidación de su línea de cocina histórica como seña de identidad.

Cati Chiva, además, ha ido ganando reconocimiento dentro de los circuitos gastronómicos vinculados a la recuperación del recetario tradicional, participando en encuentros y proyectos que reivindican la cocina medieval y rural como patrimonio vivo. Nada esencial ha cambiado, y ahí está precisamente su valor. En un momento en que lo rural corre el riesgo de convertirse en escenografía, La Carrasca sigue siendo lo que siempre fue: una masía donde se cocina lo que se cultiva y se sirve lo que se es.

 

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