VALÈNCIA. Unos 60 kilómetros por carreteras que casi nadie conoce, entre pueblos pesqueros, playas salvajes y la frontera con Galicia. Una ruta para ir despacio, con los sentidos bien abiertos y un motor que no hace ruido.
Reconozco que salí de casa con cierto escepticismo. Sesenta kilómetros por el extremo occidental de Asturias no suenan, a priori, como el viaje de tu vida. Pero hay rutas que no se anuncian: se descubren. Y esta es exactamente de ese tipo.
Arrancamos en Castropol, un pueblo encaramado sobre una lengua de tierra que mira a Galicia desde el margen asturiano de la ría del Eo. La frontera natural entre dos comunidades pasa aquí por en medio del agua, y desde las calles del pueblo se ven simultáneamente los dos lados: el verde gallego al oeste, los acantilados de pizarra asturianos al este. No es casualidad que Castropol recibiera en 1997 el Premio Príncipe de Asturias al Pueblo Ejemplar, un reconocimiento avalado por la Fundación Princesa de Asturias que sigue siendo motivo de orgullo local. Su casco histórico, declarado Bien de Interés Cultural en 2004, guarda una colección de casonas señoriales y arquitectura indiana que habla de siglos de prosperidad vinculada al mar y a la emigración.
El Ford Explorer eléctrico arranca sin ruido, como siempre. Eso, en un pueblo así, de mañana temprano, cuando todavía hay niebla sobre la ría, tiene un efecto casi meditativo. Sin vibraciones, sin humos, sin ese runrún constante que te recuerda que estás en un coche. Solo el paisaje y el silencio.
Figueras y la primera sorpresa del día

A apenas cuatro kilómetros de Castropol, Figueras aparece sobre un promontorio con vistas directas al Cantábrico. Es un pueblo pequeño de casas con reminiscencias coloniales —herencia de los indianos que regresaron de América con fortuna y nostalgia— y un puerto diminuto que guarda, según la leyenda local, los restos de un galeón hundido en las profundidades de la ría. Nadie lo ha encontrado todavía, aunque tampoco parece que nadie tenga demasiada prisa por hacerlo.
Desde Figueras tomamos la carretera comarcal hacia el este, dejando atrás la N-634. Aquí la ruta empieza a mostrar lo que tiene. La calzada se estrecha, las curvas se encadenan y el Cantábrico aparece y desaparece entre los pinos y los eucaliptos como si jugara al escondite. El Explorer responde con una suavidad que agradeces especialmente en este tipo de tramo: curvas lentas, velocidades moderadas, freno regenerativo activo. La conducción eléctrica tiene aquí su mejor argumento. No hay nada que gestionar, nada que forzar. Solo mirar.
Peñarronda: la playa que no esperabas
A unos diez kilómetros de Castropol, al bajar una curva, el arenal de Peñarronda aparece de golpe. El pasajero del asiento de atrás suelta un ‘uf’ involuntario que lo dice todo. Declarada Monumento Natural en 2002 e integrada en la Red Natura 2000, esta playa de arena blanca y sistema dunar protegido es uno de los enclaves naturales más singulares del litoral asturiano. En su extremo oeste, una roca de gran tamaño forma un arco natural que solo se puede rodear a pie con la marea baja. El oleaje constante y la orientación del arenal la han convertido en uno de los puntos de surf más valorados del norte de España.
Paramos veinte minutos. El Explorer se queda solo en el aparcamiento y nosotros caminamos hasta el agua. El Cantábrico en agosto no invita precisamente al remojo, pero sí a quedarse un buen rato mirando el horizonte sin pensar en nada.
Tapia de Casariego: el pueblo que lo tiene todo
Otros ocho kilómetros al este y llegamos a Tapia de Casariego, la localidad más animada de este tramo de costa. El paseo litoral que recorre su costa conecta el centro del pueblo con el faro, pasando por un antiguo castillo, una cetárea reconvertida en piscina de agua salada y varias calas que la bajamar va descubriendo a lo largo del día.
La playa principal, la de Anguileiro, es una lengua de arena que penetra en el núcleo urbano con aguas de un color tirando a turquesa que sorprende en el Cantábrico. Conviene consultar el horario de mareas antes de explorar las calas del entorno: algunas quedan incomunicadas cuando sube el nivel del agua. Tapia acoge además uno de los campeonatos internacionales de surf más importantes del norte peninsular, y cuando el evento está en marcha el ambiente del pueblo es de otra dimensión.
Viavélez: el secreto mejor guardado de la ruta

Diez kilómetros más al este, una carretera estrecha y sinuosa desciende hasta Viavélez —también conocido como El Porto—, un puerto pesquero encajado en una pequeña ensenada del concejo de El Franco con apenas veinte vecinos censados según el Ayuntamiento de El Franco. Las casas de colores se apilan en la ladera, los barcos descansan amarrados a pocos metros de las terrazas y el salitre impregna cada rincón.
Puerto de Vega: la parada gastronómica
Doce kilómetros más adelante, Puerto de Vega es el final natural de esta ruta y el momento en que el estómago toma la palabra. Según el portal oficial de turismo de Navia —destinonavia.com—, este concejo costero tiene una gastronomía profundamente marcada por el Cantábrico: percebes de gran calidad, pulpo de roca, calamares, nécoras, centollos y bogavantes, siempre con el producto recién capturado como protagonista absoluto. En verano, el bonito del norte ocupa el lugar de honor en todas las cartas.
El Restaurante La Cofradía, ubicado en el propio edificio de la Cofradía de Pescadores según recoge el portal Vivir Asturias, es la referencia del pueblo: parrilladas de pescado fresco de temporada, arroz caldoso con bogavante y una bodega que incluye Rías Baixas y Ribera del Duero. El comedor huele a mar desde que uno cruza la puerta.
Puerto de Vega tiene además un carácter arquitectónico propio: las quintas indianas con jardines, las casonas de piedra del siglo XVIII y las casas-palacio le confieren un porte señorial poco habitual en una localidad de este tamaño. No en vano, fue también galardonado con el Premio Príncipe de Asturias al Pueblo Ejemplar en 1995.
Lo que el Explorer aporta a esta ruta
Esta ruta se puede hacer en cualquier coche. Pero no en cualquier coche se vive igual.
La versión Extended Range del Ford Explorer eléctrico alcanza hasta 602 kilómetros de autonomía WLTP según la web oficial ford.es, con una batería de 79 kWh y capacidad de carga rápida del 10% al 80% en aproximadamente 26 minutos. Para un recorrido de 60 kilómetros por carreteras secundarias del litoral asturiano, la batería prácticamente no se inmuta. Pero lo que de verdad transforma la experiencia no es la autonomía: es el silencio. En los tramos donde la carretera roza los acantilados y el único sonido debería ser el viento y el mar, el Explorer no interrumpe. Simplemente rueda.
