Opinión

Opinión

LA ENCRUCIJADA

A propósito de "las periferias mudas"

Publicado: 10/02/2026 ·06:00
Actualizado: 10/02/2026 · 06:00
  • Imagen de archivo.
Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

En la presente etapa de confrontaciones y miradas agrias, supone un alivio encontrar un libro que aspira a argumentar en lugar de descalificar, con un lenguaje pleno de ideas y razones. Su autor es el periodista valenciano Salvador Enguix (Alzira, 1965) y la obra lleva el título de “Las periferias mudas”. 

Enguix asume, ya en el título de la obra, la desigualdad entre la potencia de la voz del “sistema Madrid” y el alejado eco de las voces periféricas. El “sistema Madrid” o “Madrid DF” no se corresponde con el de los ciudadanos de a pie, sino que abarca el formado, entre otros, por los poderes político, económico, financiero, mediático, cultural, científico e infraestructural que habita la capital del Reino y que, con frecuencia, se retroalimenta mutuamente. Es el Madrid que, -pese al Estado de las Autonomías, perseguidor de la redistribución territorial del poder político central-, ha sido un claro ganador en el periodo transcurrido desde finales de los 70 del siglo pasado. 

Basta, para comprobarlo, la observación de dónde se sitúan las estructuras, decisiones y orientaciones políticas predominantes, las viejas y nuevas líneas ideológicas, el aparato administrativo del Estado, los lobbies, el mayor aumento de la renta per cápita de nuestra reciente historia, las grandes empresas españolas e internacionales, la expansión de las mayores fortunas, o quién se beneficia más de la atracción del talento, de la configuración radial del transporte y de la concentración de los medios de comunicación. Una formidable fortaleza de poder que se ejerce sobre el conjunto del espacio español, absorbiendo o erosionando su diversidad, incluidas voces, lenguas y energías.

Enguix, que ha analizado esta realidad en muchos de sus artículos, condensa y destila en el libro las ideas que ha manejado a lo largo del tiempo, influidas en parte por geógrafos valencianos como Joan Romero y Josep Vicent Boira o por economistas como Andrés García Reche y Francisco Pérez. En particular, de la perspectiva del profesor Romero se resalta su pensamiento sobre la deriva del Estado autonómico provocada por su inacabada construcción.

El foco del autor se sitúa sobre ese puzle incompleto que, con el paso del tiempo, ha derivado en un constructo desigual, malhumorado y conflictivo. Lo aborda propugnando los grandes trazos de una reforma que considera posible. A ello añade el detalle de diversos objetivos intermedios y herramientas específicas que podrían ayudar a corregir su rumbo y, con éste, la presente flaqueza de la cooperación, las desigualdades en el acceso a la financiación autonómica, el avance de la despoblación y la maniatada capacidad de impulso de la España periférica, a excepción del País Vasco y Navarra, para activar las palancas de un crecimiento sostenible, innovador y sembrado de talento propio. 

Una reforma que debería adoptar como espejo el del federalismo cooperativo y plurinacional, siguiendo, en lo que sea aplicable, la estela de otros países en los que el autor se detiene para indicar sus diferentes “gramáticas” institucionales y la consiguiente pluralidad de normas y usos dirigidos a consolidar los Estados compuestos que, pese a su diversidad interna, o precisamente por el respeto que ésta merece, han alcanzado en muchos casos altos niveles de estabilidad, cooperación y una gestión dialogante de sus discrepancias. 

El modelo federal, incluidos sus matices plurinacionales, coadyuvaría, según el autor, a completar la arquitectura de la cuestión territorial, aupándola a mayores grados de justicia, equidad y cohesión, siempre y cuando aflorara la lealtad institucional entre el Estado central y las CCAA, así como entre estas últimas. Ejemplos de esa nueva arquitectura sería la reforma del Senado como Cámara Territorial, con las funciones y poderes que existen en el Bundesrat alemán. Lo sería la reforma de los Consejos y Comisiones sectoriales que reúnen a ministerios y CCAA, de modo que se equilibraran sus respectivas fuerzas. Del mismo modo, formaría parte de la nueva agenda territorial la desconcentración de agencias y organismos de la administración central, situándolos allá donde exista un entorno apropiado. Son algunas de las respuestas que el libro señala como parte de una extensa relación de medidas que, por sí solas, merecen un desarrollo posterior. 

En todo caso, preciso es resaltar que el marco aportado expresa, además de precisión, una reconocible pasión. Aunque muchos de los puntos desarrollados en los capítulos del libro contemplan otras periferias y apuntan a un trabajo colaborativo entre las que descubran inquietudes compartidas, el autor muestra sus pulsiones, nacidas del seguimiento y escrutinio cotidiano de la realidad que le es más próxima: la valenciana. 

Es ésta la que mueve abundantes reflexiones sobre la infrafinanciación autonómica, las oportunidades del Corredor Mediterráneo y la reivindicación de la empresa, la cultura y el talento valencianos.  La obra efectúa un despiece de rodo aquello que podría progresar y constituirse en versiones más avanzadas de la Comunitat Valenciana. -una Comunitat 2.0-, si el centralismo institucional y material del siglo XXI, cristalizado en hábitos reluctantes a la diversidad, diera curso a una España reequilibrada y más fuerte por el hecho de responder a un federalismo activo que, en lugar de encoger, insuflara vientos de oportunidad a sus periferias.

La apuesta por un nuevo modelo institucional y un distinto reparto del poder territorial no impide que Enguix señale las flaquezas internas de la Comunitat Valenciana que atribuye, en buena medida, a la debilidad de sus élites. Aunque existan excepciones, el poder político no ha creado una cultura de agenda propia, reivindicativa al tiempo que pactista, sino más bien un estado de ánimo reactivo y subordinado. Tampoco es un poder que se sumerja en la racionalización de su propio territorio y en la explotación de sus economías externas, aunque sólo sea en las áreas metropolitanas y urbanas agobiadas por un urbanismo y movilidad establecidos desde la incomunicación municipal. 

La fragilidad que se desprende de lo anterior se hace extensiva a otros terrenos, incluido el empresarial: ¿fue el AVE a Madrid un triunfo valenciano o un ejemplo de sumisión a la estrategia centralista del presidente Aznar?  A ese ejemplo añado, por mi parte, el aislamiento de las organizaciones económicas regionales. Baste, por contraste, un ejemplo: hace pocos días, un conjunto de instituciones empresariales catalanas, -desde Foment y Pimec, al Cercle d’Economia, la Cámara de Comercio y la Feria de Barcelona, entre otras-, han hecho pública su posición común ante la propuesta de nueva financiación autonómica. ¿Cuándo veremos a CEV, Cámaras, AVE, el Colegio de Economistas y las Ferias hacer algo similar en la Comunitat Valenciana? ¿Cuándo normalizaran el diálogo mutuo frente a cuestiones de fondo que afectan a todos? Del mismo modo, ¿por qué no cunde más la colaboración entre las universidades públicas de nuestro territorio, con una intensidad similar a la que les congrega cuando se discute la financiación universitaria? ¿Por qué, salvo casos aislados, no se visibiliza una mayor relevancia pública de los Colegios profesionales, más allá de sus estrictas defensas corporativas y más cerca de las preocupaciones colectivas?

Las reflexiones de Enguix sugieren, aunque ésta continúe siendo mi visión personal, que la insularidad institucional influye negativamente sobre la coagulación de la sociedad civil y tapona las relaciones mutuamente provechosas de Alicante con el resto de la Comunitat, alimentando un concepto de provincia que erosiona el marco autonómico.  Y, en su conjunto, el aislamiento de las élites valencianas es abono de la indiferencia como la indiferencia lo es de un silencio que, por definición, tumba la presencia del diálogo productivo, sistemático y bien fundamentado. En ausencia de éste, lo que prospera y se enraíza es el hábito de un agravio comparativo que se difunde con grandes voces y acaba, sin embargo, en la miseria de lo efímero: la tenacidad tampoco es una de las virtudes regionales, con las excepciones ya conocidas del Corredor y la financiación autonómica.  

Regresando a “Las periferias mudas”, y estando de acuerdo con la orientación de fondo del autor, este artículo no debe prolongarse más si desea respetar los límites de cortesía que merece el lector. Por ello apuntaré, finalmente, algunas observaciones que en nada desmerecen sus aportaciones. 

En primer lugar, sería deseable que el texto priorizara las propuestas que apuntan a la construcción del federalismo cooperativo, valorando la fortaleza de su impacto e identificando el perímetro de sus rasgos plurinacionales. De otra parte, no parece probable que se puedan afrontar transformaciones simultáneas en todos los campos señalados en la obra y, menos aún, en aquellos en los que se precisa la intervención del sector privado. La movilización de éste hacia su propia reforma suscita serias dudas en el corto y medio plazo.  En particular, cuando algunos sectores, como el mediático, se encuentran sumidos en procesos de intensa transformación.  

Asimismo, sería aconsejable discutir el marco federal teniendo en cuenta la emersión de disrupciones que alteran las reglas de juego, incluida la que sitúa la recentralización como objetivo de un partido que condiciona diversas mayorías políticas. A esta circunstancia se añade lo afirmado en los últimos días por Mario Draghi: la necesaria federalización de la Unión Europea. ¿Podemos iniciar la reflexión sobre el papel de las CCAA en ese hipotético escenario?

En tercer lugar, se aprecia la conveniencia de prestar mayor atención al factor humano y social. Lo que está ocurriendo en Madrid no puede entenderse del todo sin apreciar los cambios en su clase media, por más que la atención se oriente a la clase alta por los efectos del dumping fiscal y el aterrizaje de fortunas latinoamericanas. No puede obviarse la calidad de las élites funcionariales y de los técnicos contratados por las grandes sedes de asesoría y consultoría, ni tampoco el incestuoso lecho profesional-relacional entre Madrid-Estado, Madrid-Comunidad y Madrid-ciudad: estamos ante personas con peso intelectual y discursivo que preparan el menú de decisiones públicas y privadas con incidencia sobre las CCAA. Personas con prejuicios hacia éstas porque su progreso material y profesional depende del avance de la centralidad, no de su congelación. Prejuicios que no se quedan en el tintero.

Los anteriores matices no obstan para que el libro sea una obra ambiciosa en tiempos que destilan repliegues. Frente a estas rachas, conductoras de inmovilismo y ensimismamiento, resulta gratificante cultivar esperanza y optimismo abonados por el razonamiento: el de una España en red y mallada, atenta a las soluciones institucionales de otros países y abierta a las reformas estructurales que convengan al conjunto del país.  

Y, asimismo, cabe reconocer la opción por una Comunitat Valenciana que profundice seriamente en la relación dialogante de sus instituciones para plantear con fuerza sus posiciones donde corresponda. Una Comunitat que proteste contra la pereza que oxida la expansión, innovación y articulación de su sociedad civil y que exija transparencia y dación de cuentas a sus instituciones para que no se degrade su respuesta en gestión, eficiencia y honestidad. Una Comunitat que sea “territorio bisagra” en la modelación del Estado federal y un Estado federal que supere las debilidades del Estado actual.

No existe ningún designio sobrenatural que impida el cambio hacia la construcción de un país más apegado a la piel de su ciudadanía. Y el federalismo puede aportar el engrudo necesario.

Recibe toda la actualidad
Castellón Plaza

Recibe toda la actualidad de Castellón Plaza en tu correo