Opinión

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BITÁCORA DE UN MUNDO REINVENTADO

Cómo ser un loco que no se tome en serio

Publicado: 29/05/2026 · 06:00
Actualizado: 29/05/2026 · 06:00
  • Una estatua de Don Quijote frente al Museo Casa Natal de Cervantes.
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Una instagramer que sigo habla hoy de una escena terrible en el súper: un tipo al que descubre colocando su móvil en la nevera de las lechugas para grabarse escogiendo una, ¿es ese el futuro que imaginábamos?, se pregunta. Y claro, es fácil contestar que no, que el futuro debía traer robots amables y teletransporte: estamos desencantados. Enloquecidos. Y se nos quiere locos porque así se logra la obediencia pero, ¿cómo ser otro tipo de loco?

Por todas partes se nos pregunta a los psiquiatras cómo habitar este mundo extraño. Conjuros contra el miedo. La humanidad se ha puesto irreconocible, doctora. Rara. Más que rara: dura. Bárbara. Y me pregunto siempre cómo salvar la ternura. Más bien: cómo aislarla de las dentelladas del miedo. O del fascismo, que viene a ser casi una misma cosa. En un mundo sin ley donde hay que ser fuerte, blanco, hombre, occidental y tener la cartera llena, todos los que quedamos fuera parecemos estar temblando. Las consultas de salud mental no dan abasto con la ansiedad, que lejos de ser una enfermedad, parece una señal de alarma, como la fiebre (que también lo es, pero nadie nombra como entidad morbosa). Podría decirse que el planeta entero está enfebrecido.

A veces no creo que la ternura tenga que ser salvada, porque sé encontrarla en todas partes, pero eso sólo significa que la busco sin querer. Estoy entrenada. No habría que salvar la ternura, pues, sino cierta actitud. Y lejos de salvarla, me pregunto si lo que tenemos es que resucitarla. Inventarla o copiarla. Nuestros abuelos lo hacían: enfrentaban retos enormes sin dejar de ser tiernos. ¿De qué estoy hablando?, ¿de madurez?, ¿templanza?, ¿compromiso? Quizá una mezcla de todo eso. Había fe, también. A raudales. Una fe ciega en el progreso que ahora se ha disipado. Todos añoramos aquella confianza de nuestros abuelos y padres. Trabajaban duro. Las cosas sólo podían ir a mejor (durante la guerra y primera posguerra, desde luego, sólo podían ir a mejor). Estaban encallecidos por el pluriempleo, pero no se grababan eligiendo una lechuga en el súper.

¿Y qué ternura practicaban nuestros antepasados? Quizá sólo los haya idealizado y sólo fueran personas traumadas, rotas, con un sentido práctico insobornable. Personas tan frágiles como nosotros, crueles (no llores, niño, que eso es una tontería…), que dirigían sus pasos al bar o al corrillo de mujeres (según género) y desahogaban ahí la extrañeza de vivir. Que se hubieran puesto finos de ansiolíticos si los hubieran tenido. ¿Es el sentimiento del absurdo tan moderno como se cree?, ¿acaso tenía sentido aquél mundo disciplinario lleno de noes?, ¿de nacionalcatolicismo?, ¿de mujeres pidiéndole permiso al marido o al padre para viajar? Ciertamente, con lo que hemos aprendido sobre inteligencia emocional y crianza consciente, sólo debería haber razones para el optimismo.

Pero por todas partes se nos pregunta, insisto, a la gente de la salud mental. Fuera y dentro de las consultas. Interrogatorios sobre la incertidumbre. La prisa. El cansancio en un tiempo resbaladizo. Enloquecido. Y a menudo nos encuentran devolviendo la pregunta, como un maestro zen o un socrático, ¿y cómo cree usted que…? Porque nos mueve el mismo vértigo y esa respuesta la estamos cocinando despacio también. Me sobrecoge comprobar cómo, a lo largo de las visitas, la angustia mengua aunque la pregunta siga sin responderse; el vínculo alivia. Y la química también, por supuesto, pero los psicofármacos siempre operan según el relato asociado a su prescripción, ¿cura más el relato o la molécula? Depende mucho del caso, obviamente. Pero, incluso en los más graves, resuena lo que dijo la doctora sobre la pastilla blanca pequeña, por ejemplo, que ayudaría a dormir, o la azul y roja que sirve para recuperar las ganas… Y en esas conversaciones siempre ha habido tiempo para un recuerdo de la infancia, un secreto o una revelación inesperada. Un viaje emocional. Quienes antes aprenden a venir sin prisa a su visita (un café antes para pensar qué dirán en la cita, otro después para procesar lo dicho), antes mejoran; los rituales y el tiempo para uno mismo acorralan la angustia.

Anne Dufourmantelle, psicoanalista francesa, publicó hace cuatro años un libro llamado Potencia de la dulzura. Plantea que es una fuerza activa, no una debilidad, y no domina ni posee, sino que afirma la vida sin imponerse sobre el otro. Me deja derrotada que se necesiten publicar libros sesudos sobre este punto. Lo más interesante de su ensayo es que, para la autora, se debe pensar en la dulzura como forma de resistencia a la opresión. La opresión de la barbarie.

Me entran ganas de escribir yo misma un libro sobre el humor también, uno que complemente lo dicho: Potencia de la guasa. Desarrollar igualmente una genealogía sobre la burla, analizar su fuerza transformadora, su lenguaje, la carga profunda de desdramatizar. Reírse de una misma como fortaleza, no defecto. Desafiar la violencia y la indiferencia desde ahí, actuar sobre otros seres y cosas, transformar la relación con el entorno.

Cervantes, cuando ya le quedaban pocas ganas de tomarse en serio a sí mismo, nos regaló el inmenso Quijote. Cinco siglos después sigue siendo la novela más impresa, traducida vendida y leída de la historia. Seamos como su protagonista: no dejemos que lo real nos paralice o nos venza. Haya guerra o haya paz, suba o baje el precio del crudo, si me vuelven a preguntar cómo enfrentar esta locura en la que vivimos sugeriré a Cervantes, animaré a cualquiera a encontrar el Quijote que lleva dentro. Es dulce. Es ligero. Está en todos nosotros.

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