En vísperas de Hogueras, Alberto Núñez Feijóo dejó sin mascletà al presidente de la Generalitat, Juan Francisco Pérez Llorca. El líder del PP eludió confirmar en Sueca a Pérez Llorca como candidato para revalidar la Presidencia en 2027. Tampoco dio pistas de cuándo se renovará la dirección del PP valenciano. Y, más significativo todavía, evitó conceder el más mínimo elogio a la gestión del jefe del Consell.
Con su actitud, Feijóo situó a Pérez Llorca en el papel de encargado, tan habitual como imprescindible en las industrias textiles de l'Alcoià, el Comtat y la Vall d'Albaida. Como explicó hace dos décadas Javier Llopis, era el empleado responsable de trasladar las órdenes del patrón a pie de fábrica. El eslabón entre los de arriba y los de abajo. Y también quien solía recibir los golpes de ambos lados.
A Pérez Llorca lo designaron encargado de la Generalitat desde Madrid, que es donde, desgraciadamente, reside la soberanía política valenciana. Lo nombraron para suceder a Carlos Mazón. Su principal mérito era que, a diferencia de su antecesor, podía salir a la calle. El segundo —imperdonable para una parte de la militancia popular—, que habla valenciano y evita las gracietas sobre la lengua que hacía su predecesor.
Pérez Llorca se ganó la confianza de Mazón en 2019, al poco de coincidir ambos en la Diputación de Alicante. En apenas dos años ya era su mano derecha. Mucho debió de fallar el círculo más próximo al expresident para acabar entregando mando en plaza a quien unos meses antes había tratado de apartar de la Diputación. La maniobra también revela una de las principales virtudes de Pérez Llorca como encargado: su disposición a cumplir las órdenes del jefe.
Que Feijóo no tuviese el más mínimo gesto hacia Pérez Llorca pone de manifiesto la interinidad de su paso por la Generalitat. El líder popular dio una lección de primero de política: si vas a una casa como invitado y no eres capaz de hablar bien de quien te recibe es que, además de ser un maleducado, estás lanzando un mensaje inequívoco. Quien te ha invitado no te gusta. Los mensajes políticos suelen ser mucho más evidentes de lo que parecen. Como ocurrió en la noche electoral de julio de 2023, cuando el balcón de Génova se llenó de camisas blancas. Todas salvo la de Ayuso, que eligió el rojo.
El mensaje de Feijóo ha sembrado dudas en toda la organización, precisamente en un momento en el que todo el mundo se mueve para asegurarse un puesto de salida en las listas que se confeccionarán de cara a 2027. Y Pérez Llorca no ha elegido precisamente buenos compañeros de viaje. Ha promocionado a dirigentes que han demostrado en demasiadas ocasiones que su único interés es prolongar su carrera política. Cueste lo que cueste. Como sea y pisando a quien sea.
La pregunta es de dónde nacen las dudas que, ya de forma manifiesta, genera el president en la cúpula del PP. Porque, a pesar de la nefasta gestión de la Dana, nadie en Madrid parece contemplar seriamente la posibilidad de que los populares pierdan la Generalitat. Si dan por hecho que el PP seguirá en el Palau tras las próximas elecciones, un eventual cambio de candidato no parece diseñado para garantizar la victoria, sino para impedir la consolidación de Pérez Llorca como líder de los populares valencianos. En Madrid saben que, si recibe el respaldo de las urnas, será intocable. La operación consiste, por tanto, en impedirlo.
Harold Pinter estrenó en 1960 El encargado, una obra que retrata la fragilidad humana y la lucha por el poder. Mientras Feijóo atiende sus menesteres nacionales, Mazón sigue ejerciendo —por increíble que parezca— su influencia y Vicent Mompó desborda cada vez más el ámbito provincial, Pérez Llorca parece encerrado en la destartalada habitación imaginada por el dramaturgo británico.
Es posible que, cuando salga de ella, descubra que nunca fue más que un interino. Un encargado al que dejaron guardando el puesto mientras decidían quién debía ocuparlo.
Juan Enrique Ruiz es periodista y profesor