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TRIBUNA LIBRE

El precio de no estar en la vida pública

Publicado: 02/04/2026 · 06:00
Actualizado: 02/04/2026 · 06:00
  • José Luis Ábalos, antes de dejar su escaño, en una imagen de archivo.
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Se repite como un mantra: los peores ocupan los cargo públicos. Se dice con resignación, casi con alivio, como si el poder tuviera una tendencia natural a degradar y la única respuesta razonable fuera el distanciamiento. Es una explicación usual, pero sobre todo, incompleta.

Platón lo formuló hace veinticuatro siglos con una precisión que no ha envejecido con el tiempo: "El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres". No es una teoría sobre el poder ni un lamento sobre la condición humana. Es una observación sobre la renuncia, y sobre sus consecuencias.

Porque lo que ocurre no es que los peores lleguen, es que esto sucede porque los mejores han decidido no estar.

La renuncia a participar en la vida pública rara vez se presenta como tal. Se articula, en cambio, como una decisión racional ante costes reales: la exposición pública, el desgaste, el conflicto permanente y los errores que alguien siempre recordará. Nadie niega que esos costes existan. Pero hay uno más profundo, menos visible y más determinante, la pérdida de la comodidad moral de los que renuncian.

Decidir implica ensuciarse. Implica aceptar que no hay soluciones limpias, que toda decisión deja insatisfechos, que el bien común nunca es puro ni indiscutible. Supone renunciar a la posición más confortable de todas, la del que siempre tiene razón porque nunca decide.

Muchos perfiles valiosos hacen ese cálculo y concluyen que no compensa. Prefieren opinar sin mancharse. Diagnosticar las enfermedades sin operar. Criticar a los que deciden sin pagar el coste de tener razón.

No es una decisión noble. Es una decisión cómoda que se presenta, sin embargo, con notable éxito retórico y como exigencia ética. Y tiene consecuencias que van mucho más allá de lo individual.

Cuando alguien capaz decide no estar en lo público, el espacio no desaparece. Se llena. Lo ocupa quien está dispuesto a asumir ese coste. No necesariamente el mejor. No necesariamente el más preparado. Pero sí quien acepta entrar en ese terreno donde la crítica se sustituye por la responsabilidad, donde ya no basta con señalar el error, sino que hay que proponer —y defender— una alternativa. Quizá por irresponsabilidad de no saber a lo que se enfrenta e ignorar la transcendencia de sus decisiones.

Esto no es exclusivo de la política. Ocurre en cualquier organización donde haya decisiones reales y escasez de recursos. Cuando el coste de tomar decisiones es alto, la competencia para hacerlo deja de ser el único filtro de entrada. También lo es la disposición a asumir ese coste. Y ahí es donde se produce la selección, no del mejor, sino del más dispuesto.

Llegados a este punto aparece una pregunta que incomoda precisamente a quienes más les gustaría evitarla: ¿es moralmente neutra la renuncia de la persona más preparada para un puesto?

Cuando quienes tienen más capacidad, más criterio o más sentido de lo colectivo deciden no implicarse, el resultado no es inocuo. No es simplemente "que otros lo hagan". Es aceptar que las decisiones que afectan a todos queden en manos de quienes, en muchos casos, no están guiados por ese mismo estándar. La elección de no participar tiene consecuencias colectivas. No es solo una posición individual, es una forma de redistribuir el poder hacia abajo, hacia quien sí está dispuesto a cargarlo, pese a no ser la persona óptima para hacerlo.

La renuncia de los mejores puede ser comprensible. Puede incluso ser racional. Pero no es moralmente neutral.

A partir de ahí, el patrón resulta predecible por parte de los que renunciaron: se cuestiona el nivel de los que no lo hicieron, se lamenta su mediocridad y se critica que siempre son los mismos. Pero rara vez se señala lo esencial, no es solo que ellos estén. Es que muchos otros, los más capaces, han decidido no estar.

Hemos normalizado una forma sofisticada de renuncia que consiste en convertir la distancia en superioridad moral. Como si mantenerse al margen fuera una prueba de integridad —incluso de inteligencia— y no, la mayoría de veces, es solo una forma de evitar el desgaste. Como si la lucidez del diagnóstico desde la barrera compensara la ausencia en la sala donde se toman las decisiones reales.

No compensa. Los espacios se llenan igual. No con los mejores, sino con los disponibles. Porque el poder no lo acaparan los peores. Lo ocupan los que están, simplemente por el hecho de estar.

Y cada ausencia, en el fondo, también es una forma de decidir. Y no la mejor.

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