El primer nieto

Opinión

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LA ENCRUCIJADA
Publicado: 03/11/2026 · 06:00
Actualizado: 03/11/2026 · 06:00
  • Imagen de archivo.
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Al fin llegó. Heredero de un tiempo nuevo, de una era que confunde al pasado y desconcierta al presente. Allá, en la gran ciudad isleña, la ciudad que hasta a los aviones fatiga cuando tienen que recorrerla pidiendo paso a las nubes; allá vino, precedido por un cúmulo de ilusiones, de aspiraciones inquietas, de anhelos rebosantes. Con todos sus seres familiares a la expectativa, preguntando, curioseando en aquel devenir acumulado antes de su nacimiento.

La gran ciudad le saludó. Desde su cuna escuchaba, aunque todavía no los descodificara, los sonidos de la urbe que le recibía. De los coches y autobuses, de las sirenas que pregonaban urgencia, de los niños del colegio cercano, desgañitados ante la perspectiva de un día que amanecía con retales soleados. De ellos será parte, de ellos será juego y carrera, de ellos será voz y oído. 

Mas mientras el momento llega, la voz próxima es la de su padre leyéndole historias escritas en valenciano, fragmentos de una cultura vieja y tan rica como poco amada por demasiados. Próxima es, asimismo, la voz de su madre contándole en inglés cuentos con otros niños como protagonistas, antiguas hazañas de la imaginación que le vierten paz y sosiego aunque no las comprenda. Es el primer triunfo de la palabra escuchada antes de ser entendida, transmitida como semilla que, caída en algún lugar de su mente, se apresta a ser cultivo de neuronas curiosas, sinapsis de creatividad futura, origen de las imaginaciones con que inundará los infinitos de sus utopías. 

Le toman brazos que, con la práctica, ganan confianza y se convierten en expertos conductores de su pequeño cuerpo: los padres primerizos precisan de escuela y arte. Por eso ahí está su abuela, la que siempre aparece cuando percibe necesidad de apoyo o desparrame de afecto. La que ve en él, como lo ve su “iaio”, un eslabón renovador de la cadena que le enlaza con el pasado y que llama al futuro con fuerza y esperanza. Porque el niño es síntesis de dos culturas sabias, germinadas en diferentes continentes, que miran al este y al oeste esperando gente que, como él, las reúna y una; que las estreche con la intensidad de las partículas que habitan los núcleos de los átomos; que las abrace con la inteligencia de esos seres vivos que, en lugar de aprovecharse los unos de los otros, acuden a la civilizada simbiosis para disfrutar, juntos y en mutuo apoyo, de la vida. 

Su cuerpecillo se revuelve provocando diminutas olas en la sábana y calambres en la manta que le arropa. Su garganta articula la llamada que el instinto le ha proporcionado para reclamar lo que necesita. Absorbe con delectación y vigor combinados la tibia leche materna, abre ligeramente sus ojos rectilíneos, quizás buscando la ruta del afecto, de la entrañable estima de su madre; la misma con la que su padre le proporciona, feliz, ese pequeño biberón que colma su glotonería: el obligado preámbulo del sueño profundo y prolongado, sin el desgarro de pesadillas, sin la impaciencia del insomnio rebelde. 

Un privilegio de los bebés felices. Un sueño inalcanzable en todos aquellos lugares donde la crueldad domina las almas humanas y transmite, hasta en pequeñuelos como él, la herida de un dolor comunitario tan profundo como inacabable. Pero eso son palabras para los adultos. Ya llegará su momento y, mientras, ojalá que, quienes ahora acogen alguna responsabilidad, sean capaces de abrir avenidas de paz, justicia, igualdad y sostenibilidad por las que pueda transitar con menos direcciones prohibidas y más señales de convivencia. 

Y aquí, a orillas del Mediterráneo, sus más próximos recogerán sol en lugar de brumas, cosecharán azahar en lugar de tréboles y guardarán el patrimonio inmarcesible del valenciano para que el primer nieto conozca, por cielo, tierra y cultura, la que es su otra cuna. 

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