Opinión

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El valor de la gente

Publicado: 23/01/2026 ·06:00
Actualizado: 23/01/2026 · 06:00
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Detrás de todo está la gente, decía una de aquellas canciones de Serrat que mi padre escuchaba en las tardes de invierno dedicadas a modelar maquetas de aviones. Cuando todo falla, aparecen las personas, proclamaba la letra. Ese aforismo lo hemos vuelto a constatar tras el trágico accidente ferroviario de Adamuz, a cuyas víctimas seguimos llorando.

En medio del terrible dolor, sobrecoge la decidida actitud de los vecinos que, ya en plena noche, acudieron de inmediato a prestar ayuda a los afectados por la catástrofe. Y así han seguido durante los siguientes días. Sus testimonios, como los de los supervivientes, demuestran que en los peores momentos somos capaces de ofrecer lo mejor de nosotros mismos.

Esa ola de solidaridad instintiva nos retrotrae, a nosotros, los valencianos, al recuerdo de los voluntarios que desde las primeras horas posteriores a la riada de octubre del año pasado se lanzaron a las calles de las poblaciones devoradas por el barro. Armados con palas, cubos y rastrillos, abrieron surcos de esperanza y achicaron el miedo de unos vecinos noqueados por una mortal lengua de fango.

Más allá del populista lema de “solo el pueblo salva al pueblo”, lo que emerge ante las tragedias es el renacimiento de una humanidad más desnuda y auténtica: una condición humana modelada por la sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. El dolor iguala a las personas. No discrimina. Por eso nos vemos reflejados en quien padece y nos convertimos en gente, esta palabra que etimológicamente tiene su origen en el gens con el que los romanos se referían a los clanes familiares.

Cuando nos enfrentamos al padecimiento, nos despojamos del aislamiento cotidiano y nos reconocemos en nuestros semejantes. Se despierta un sentimiento casi tribal de pertenencia que nos mejora, porque nos empuja a actuar desde un altruismo poco frecuente en el día a día de nuestra sociedad. La razón, tan golpeada en los escenarios de catástrofe, se deja vencer entonces por el impulso de ayudar.

A raíz del accidente ferroviario rescataba la lectura de un filósofo chileno que reflexiona sobre cómo las circunstancias de muerte generan, paradójicamente, una desconcertante dosis de vida. Resulta inquietante comprobar lo inertes que podemos llegar a ser en tiempos ordinarios, pese a nuestra acreditada capacidad de obrar bien por el bien de los otros.

Del mismo modo que valoramos la actitud de la gente, todos intuimos que ese impulso solidario irá disipándose entre la maraña de acusaciones que la clase dirigente comenzará a arrojarse en cuestión de horas. La batalla política olvidará, cuando no instrumentalizará, a las víctimas para centrarse en aquello que más rédito pueda reportar. Unos, al margen de las siglas, proclamarán que no hay que politizar la tragedia. Otros, sin cribar ideologías, buscarán cualquier resquicio para debilitar al adversario. La única corriente que suele prevalecer en estos casos es la que dicta el mísero interés.

En lugar de entablar batallas estériles, sería más beneficioso que tomaran como ejemplo el talante que muestra la gente ante la catástrofe para convertir el temor en prevención, el egoísmo en solidaridad y la imprevisión en responsabilidad.

Podemos lamentarnos de que solo reaccionamos ante situaciones extremas, ya sea por accidentes o por desastres naturales. Pero también debemos poner en valor lo que la gente lleva dentro, su esencia más noble. La pregunta es si seremos capaces de activar ese gen solidario sin esperar a que la tragedia vuelva a recordarnos quiénes somos. Quizá el reto consista en aprender a escuchar el mensaje de aquella canción de fondo sin que antes un suceso fatal cubra de dolor nuestras calles.

Juan Enrique Ruiz es periodista y profesor de Historia.
 

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