Opinión

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La metafísica de un solar vacío

Publicado: 02/02/2026 ·06:00
Actualizado: 02/02/2026 · 06:00
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Toda época construye sus miedos y aprende a nombrarlos.

Si al hombre de las cavernas le inquietaban el trueno y la oscuridad, nuestro siglo, profundamente urbano y obstinadamente engolosinado en lo digital, pronto decidió temer al vacío, investir de maldad al horror vacui, impugnar ese horroroso espectáculo de huecos entre medianeras en las ciudades que se nos presenta como una afrenta, como el síntoma más incómodo de una vida urbana incompleta, irresuelta, incompatible con el cristal de la urgencia con el que miramos cuanto nos rodea.

Solares vacantes, agujeros negros en los planes reguladores que resisten instalados en su pasmosa centralidad urbana, allí donde cada metro cuadrado cuesta un ojo de la cara, donde faltan viviendas, donde un trastero bien situado es la base sobre la que edificar los cimientos de un incipiente patrimonio familiar. En un tiempo en la que lo inmediato actúa como la sustancia viscosa que mantiene unida a nuestra sociedad de impacientes, la esperanza que depositamos en el automatismo y la perfección de nuestros sistemas urbanísticos -que burocracia y papeleo se encargan de dinamitar- pronto cede paso a una certeza más incómoda: la ciudad teme al vacío más que al ruido, más que al atasco perpetuo o -ay- a una invasión navideña de cruceristas y nómadas digitales perfectamente coordinados.

El terreno sin construir -esa caries mediterránea que asoma entre testeros y edificaciones paredañas- activa un reflejo casi pavloviano en nuestras vidas de urbanitas desasosegados que nos empuja a rellenar, a cerrar, a completar lo que se nos presenta vano, como si el espacio vacío fuese un error del sistema, la dentellada visible de una parálisis civilizatoria, una anomalía, en fin, que pone en cuestión la ficción recurrente de la ciudad acabada. Si Italo Calvino dejó dicho que “la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras…”

 

¿Qué contará de nosotros un mapa lleno de tachaduras, heridas abiertas y lugares en blanco que esponjan nuestras calles y avenidas más solemnes? Huecos, vallas, escombros y gatos al sol. Esto no hay quien lo aguante. Aunque la enfermedad vaciante se espigue con generosidad en las periferias y en las esquinas más sospechosas de nuestras ciudades, un paseo por el centro de una capital con su escaparate de grietas, vanos e intersticios se convierte, pronto, en un testimonio inquietante del holocausto de planes generales, de la inconsistencia de los relatos que visten a la ciudad en las ferias y los folletos y del fracaso de la gens patricia de los urbanistas titulados.

Allí donde el tejido de la urbe debería ser -nos dice la verba florida de los arquitectos- una conversación fluida entre fachadas, nos topamos con el silencio contumaz de la cerca oxidada, con la afrenta del desecho, la rebeldía de la maleza, y -vade retro-, no pocas veces, con esos usos provisionales autorizados por los ayuntamientos -un obrador de gofres y batidos perpetrado sobre unos palés de obra, un quiosco de smash burgers en una camioneta con césped artificial junto al monumento a un prócer olvidado- que terminan imponiendo lo zafio de su naturaleza y su baldón de fealdad sobre cuanto les rodea, sobreviviendo a los concejales que firmaron las licencias temporales con las que compraron, sin esperarlo, su derecho a la inmortalidad entre nosotros. En este punto, -leemos a los que saben- el problema de los usos provisionales no es su carácter efímero, -toda ciudad lo es, aunque no nos dé tiempo a comprobarlo en vida- sino la obscena vocación de permanencia con la que se nos presentan, ese mientras tanto convertido en una categoría estética y política que eleva lo chabacano a solución, lo temporal a coartada y la chapuza y el desdén municipal a política pública innovadora.

Resulta curioso que una parcela vacía active, también, una pedagogía moral inmediata, particularísima de los sistemas capitalistas imperfectos. El solar vacante, el espacio no construido pasa a ser un territorio de conflicto simbólico, un escenario en el que colisionan los intereses más filosos de nuestra sociedad, sentando la mano de los más sensatos, los apaciguadores confesos y los paseantes de perros. Una batalla incruenta que enfrenta a unos -los propietarios, a los que cautelarmente cierta literatura habitual moteja de desidiosos y codiciosos- contra el frente amplio de la colectividad, esa nube inconcreta de sujetos acometedores y de sensibilidades encendidas que no pocas veces pierden la razón y las formas cuando ansían demasiado lo ajeno. En esa falencia del ritmo de la ciudad edificada siempre hay un culpable reconocible: el dueño de la cosa, ese sujeto abstracto al que se le atribuyen rentas imaginarias, intenciones aviesas y sulfurosas y una paciencia casi bíblica con los poderes públicos, incompatible con el contagioso lema -“lo tuyo es mío, y lo nuestro, de los dos”- que saltó de las caravanas humeantes de Woodstock a los mítines de la izquierda unida y finisecular.

La urbe, que ha tolerado sin rubor decenas de demoliciones del patrimonio a lomos del cañón de futuro del desarrollo, se indigna ahora selectivamente ante el hueco visible, ante la herida en la escena urbana que no puede escamotear un título de propiedad. El solar no molestaría, entonces, por lo que parece, sino por la facilidad con la que explica, a través de la inactividad indolente de otros, nuestra incapacidad histórica como grupo desertor de la cueva y el agro para cerrar del todo el relato de la perfección de la vida en la ciudad, ahora que urgencias como la de la vivienda o la disponibilidad de espacios públicos han pasado a ser, -cosas veredes- temas de agenda electoral y estricto orden público.

En este contexto, estos huecos urbanos que tachonan nuestros barrios se nos insinúan como una oportunidad bifronte: unos apartamentos turísticos aquí, una tienda de fundas de móvil allá, un nuevo uso compatible, acaso, que ayude a revalorizar el patrimonio heredado de la abuela con el que completar las rentas crecederas de unas plazas de garaje salpicadas por el centro que ya no garantizan -ay- una jubilación anticipada ni un moreno perpetuo de rentista y navegante. Para otros, en cambio, los inquietantes espacios vacíos conceden la oportunidad de jugar una partida creativa en el Monopoly de la ciudad, una invitación a saltar por encima de los códigos, la prosa metálica de las ordenanzas y la sobriedad de los decretos de los alcaldes para impulsar lo inesperado, lo no programado, lo que escapa a la fuerza de lo convencional y lo normado: huertos urbanos espontáneos, aparcamientos informales, refugios de mascotas, solares convertidos en trasteros, plazas reversibles o campos de fútbol; usos precarios que algunos aspiran a elevar a la categoría de perpetuos olvidando que su propia esencia transformadora radica en su desconcertante temporalidad, en ese convencimiento de que la ciudad funciona incluso cuando no está terminada, y a veces, precisamente, porque no lo está.

Fungiendo de ingenieros de caminos, podríamos sugerir que los solares vacantes son hoy presas enormes y contradictorias, y no porque estén vacíos, sino porque embalsan el tiempo y su paciente circunstancia; un tiempo detenido, un tiempo administrativo que choca con el cronos financiero y el verbo rentabilizar, incapaz de conjugarse con las pausas o los marasmos. Con cierta perspectiva vamos entendiendo ya que el retraso en la concesión de licencias se ha convertido en una coreografía más del absurdo gubernamental que nos acomete, pues, hechos a lo inmediato ya no encontramos razones para justificar esta discontinuidad de la ciudad provocada por esa vocación administrativa de elevar la espera a la categoría de doctrina teológica. Mientras el mundo gira a golpe de clic, las concejalías de urbanismo parecen atrapadas en un tiempo geológico, combinando la agilidad del mamut con la autocomplacencia golosa de esos mosquitos que la tierra, de vez en cuando, nos devuelve envueltos en trozos fosilizados de ámbar refulgente. Así, donde antes había procedimientos técnicos, ahora uno se ve atrapado en una liturgia barroca en los ayuntamientos; donde plazos, estaciones del vía crucis; donde impulso de oficio, el imperio inquietante del silencio administrativo negativo.

En el fondo, visto desde esta perspectiva metafísica, el solar sería -claro- una herejía urbanística, pues niega la legitimidad de las decisiones que provocaron una demolición urgente, enmienda, con su perpetuidad sobrevenida, la orden ejecutiva que ordenó la desaparición de un bloque para edificar otra cosa y desafía el dogma del crecimiento continuo, recordando, con la insolencia que sólo exhiben ya los individuos más pacientes, que la ciudad también puede detenerse, que no todo espacio exige una función inmediata y que hay lugares que siendo portadores de un pasado simplemente esperan porque han de hacerlo, denunciando la continuidad perfecta de un sistema que ignora la condición histórica, conflictiva e incompleta de lo urbano y el derecho a la pausa y a la respiración en ciudades cada vez más rehenes de estímulos y arrebatos importados.

En una época que ha sublimado los adverbios del ahora y del ya a leyenda versátil con la que estampar gorras y camisetas, esperar se convierte en un acto casi sedicioso que confirma que, tal vez, el problema no sea que existan solares vacantes, sino que no sepamos mirarlos sin la ansiedad del impaciente ni la urgencia del que edifica como otros rellenan embutidos. Desde esta óptica que comparten, sin saberlo, el flaneur, el corredor de fondo y algunos aparejadores viajados, el vacío urbano no sería, entonces, un fracaso de nuestra condición fallida, sino el incómodo aviso de que la ciudad no se abrocha ni se cierra, de que su urbanización sigue siendo un proceso y no un producto terminado, aunque esto joda un par de relatos sobre la perfección de la smart city, zahiera el mercado de los traficantes de algoritmos urbanos y arruine otras gemas doctrinales contemporáneas que menudean en los gabinetes municipales de gobierno. Quizá por todo ello, esos vacíos urbanos nos inquietan tanto: porque en los huecos, más que a la ciudad, nos vemos a nosotros mismos, incapaces de aceptar lo imperfecto, finito y pequeño de nuestra propia existencia de hormigas enredando en el hormiguero.

[*] Coda para lectores mediterráneos : ¿cuántos gofres o cafés has disfrutado en un solar “temporalmente ” colonizado por una cami oneta entre recortes de césped artific ial o veteranas sillas de tijera que han pe rdido el color y hasta las fibras ? ¿cuántos partidos de pádel has d isputado , a cara de perro, en aquel club deportivo crecido entre palés , obras y maleza? ..

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