La no-lectura en los adolescentes

Opinión

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LA ENCRUCIJADA
Publicado: 22/09/2026 · 06:00
Actualizado: 22/09/2026 · 06:00
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Es muy posible que no te haya llegado, más que casualmente, el eco de lo que llaman el Informe PISA. El que ha descubierto que la gente de tu edad sufre carencias graves en comprensión lectora entre otras deficiencias educativas. Que, más allá de 400 o 500 palabras, ya pierdes el hilo de la lectura. Que te sientes inseguro ante reflexiones de cierta profundidad presentes en tus libros de texto. 

Es ciertos que no se te puede culpabilizar al ciento por ciento de lo que los mayores percibimos como un gran bache educativo. Vives tu generación y los impulsos y hábitos que en ella se generan. Te encuentras rodeado de incitaciones que reclaman tu atención, llevándote a pulsar un botón o deslizar una pantalla. Entre tus amigos se desarrolla una competición en la que resulta ganador quien más historietas, chismes, imágenes, absurdos y sorpresas caza en las redes sociales; y tú, aunque no aspires a ser el primero, tampoco te quieres quedar atrás y, sobre todo, que no te califiquen de “raro”: ese adjetivo que, como otras descalificaciones, abren la puerta al horror del “bullying”.

Puede, de otra parte, que no se te haya introducido desde pequeño en la lectura. Desde fuera causa alguna sorpresa, -te habla un setentón-, porque formas parte de un grupo generacional en el que abunda el hijo único. Debería representar una ventaja para que los padres destinaran mayor tiempo a la educación de sus hijos en la lectura. 

No obstante, quizás tus padres trabajen y regresen a casa fatigados y sin ánimo para ser ejemplo de afición lectora. Acaso tampoco la sientan, atrapados por esa esfera del ocio que incluye inacabables novedades de los medios de comunicación, interminables series en las plataformas… y su propia adicción al móvil. Aquello que los viejos sindicalistas consideraban un tiempo para el disfrute. -las ocho horas de ocio que se completaban con la misma cantidad destinada a trabajar y dormir-, se han mercantilizado cuando no han experimentado el asedio de las nuevas convenciones sociales.  En cualquier caso resulta cada vez más común que de los cuentos infantiles se pase a la demanda de móviles y tabletas, sin que la resistencia paterna muestre firmeza, ya sea por comodidad o por el temor a que quedes aislado frente a tus colegas y “bros”.

¿Se puede hacer más desde la escuela? Creo que tus maestros y profesores no se sienten ajenos en absoluto a la preocupación que despierta el descuido o total abandono de la lectura como base imprescindible para avanzar en la formación de niños y jóvenes; pero necesitan, para complementar su labor, la complicidad de las familias. Al fin y al cabo, la extensión de los horarios escolares restringe que la lectura se produzca en el propio centro más allá de un conjunto ejemplificador de obras literarias o acotaciones periodísticas: la lectura, en el sentido tradicional de la misma, requiere de un tiempo que concierne a tu ocio, que necesita formar parte rutinaria de tu tiempo libre. Y ahí es donde entra tu criterio y elección.

¿Vale la pena leer? Me temo que tendrás que ser tú quien lo descubra, pero, por mi parte, me atrevo a indicarte algunos consejos.  De antemano, valora el beneficio que te aporta dedicar cinco o más horas diarias a mirar y leer las pantallas. ¿Cuánto recuerdas de todo lo que has visto en las últimas 24 horas? Me temo que debe ser bien poco, dada la magnitud de mensajes y demás informaciones que recibes. Por lo tanto, creo que resulta justificado afirmar que existe un derroche de tiempo que merecería tu valoración.

A continuación, analiza tu estado de ánimo a lo largo del día. ¿Has notado que la ansiedad te atrapaba cuando el móvil te enviaba la señal de algún mensaje en momentos en que no podías leerlo?  ¿Renacía esa ansiedad cuando se te habían acumulado gran cantidad de entradas y no dabas abasto para leerlas y aún menos para contestar las que demandaban una respuesta inmediata? ¿Te has sentido triste o indignado cuando algún mensaje incluía hechos o burlas que afectaban a tu vida íntima o a tu familia?

Si las preguntas anteriores conducen a respuestas conjunta o parcialmente afirmativas, seguro que tú mismo podrás enjuiciar hasta qué punto resulta conveniente continuar inercialmente en la selva de las redes sociales o si precisas introducir filtros, ejerciendo un control personal sobre lo que ahora te persigue, abruma u ofende.

¿Qué te ofrece a cambio la lectura de libros y de medios de comunicación serios? En primer lugar, te permite dialogar con las palabras. Leer no es una actividad pasiva porque se puede establecer una relación interactiva entre lector y texto. Las ideas que emergen de las palabras te hablan a medida que provocan chispas de complicidad en tu mente. Por eso leer supone un doble ejercicio de aprendizaje: el que nace de lo que lees y el que experimentas cuando lo leído te sugiere ideas propias o despierta sentimientos dormidos.

Leer es la vía, asimismo, para acceder a la imaginación y sabiduría del ser humano, desde que inventó la representación escrita del lenguaje. Te permite ir hacia atrás en la Historia o descubrir las fantasías que modelan futuros imaginados. La lectura, de igual modo, aborda y abarca la plasmación de las emociones. Aquello que parece imposible de expresar mediante palabras ya lo ha sido gracias a la poesía y a otras expresiones literarias capaces de darle voz a las sensaciones humanas más profundas. 

Leer es, por supuesto, aprender, internarse en el mundo de las ideas, de las teorías, de los contrastes entre opiniones diferentes, de las intuiciones que han precedido a la creación de los grandes hallazgos científicos. Leer es alimentar el sentido crítico que te lleva a formar ideas propias sobre las grandes discusiones que palpitan en nuestro tiempo.  Ser uno mismo y no súbdito de la manada. Ser ciudadano activo.

Y leer es, finalmente, encontrar una amiga fiel. La lectura se manifiesta como una compañera permanente y, a poco que encuentres el filón de tus preferencias temáticas y literarias, te seguirá allá donde vayas, nutriendo tu mente, vivificando tu espíritu, posibilitando que contribuyas a mejorar la senda de la vida humana.

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