Opinión

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El gato en la talega

Los 'zoomers' y la rebelión de lo literal

"No es una generación silenciosa ni descomprometida; al contrario: han descubierto que el primer acto de resistencia es hacer exactamente lo que se pide. Ni más. Ni menos"

Publicado: 25/01/2026 ·06:00
Actualizado: 25/01/2026 · 06:00
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La Generación Z ha irrumpido en el escenario social con una estrategia inesperada: la exactitud. Visto lo que hay, han optado por la vía más elegante y eficaz de plantar cara a un sistema agotado no mediante la protesta ruidosa, sino con la respuesta precisa. Un minimalismo político‑emocional que desconcierta a quienes crecimos leyendo entre líneas. Esas generaciones precedentes expertas en el arte del sobreentendido convivimos con zoomers que dominan la ciencia del límite.

Son nativos de un mundo hiperconectado, veloz, saturado de estímulos y de discursos que prometen mucho y cumplen poco. Lejos de anestesiarles, ese contexto, les ha dotado de un pragmatismo extraordinario. Están formados, son críticos sin palabrería, se mueven con naturalidad en territorios donde convergen la tecnología, la creatividad, la salud mental y la sostenibilidad. No temen profesiones que aún no existen porque intuyen que las suyas serán precisamente esas: las que todavía no hemos sabido nombrar.

 

La narrativa lineal que nos vendieron sobre estudia, trabaja, compra una casa, fabrica estabilidad, ha dejado de ser creíble"

 

El problema -nuestro problema- es que la literalidad descoloca. En sociedades educadas en la obediencia silenciosa y en la productividad épica, responder exactamente a lo que se pide parece mala educación o pasotismo. Para algunos, esa exactitud es apatía. Para otros, falta de ambición. Y, sin embargo, se perfila realmente como una forma de lucidez. Como una defensa ante estructuras que demandan disponibilidad emocional infinita a cambio de promesas laborales o vitales que ya nadie cree.

La narrativa lineal que nos vendieron sobre estudia, trabaja, compra una casa, fabrica estabilidad, ha dejado de ser creíble. La rotación laboral es la norma, la temporalidad se ha cronificado y la vivienda es para demasiadas personas un bien imaginario. De poco sirve aumentar la presión para forzar una independencia que el propio sistema dificulta. El mérito ya no garantiza seguridad; el esfuerzo agotador abre menos puertas de las que cierra. En este contexto, cumplir estrictamente con lo que se exige no es desafección: es higiene mental.

La literalidad funciona también como un espejo: devuelve al interlocutor lo que pregunta, sin adornos. Recuerda que los sobreentendidos son una convención, no un contrato. Y esa imagen incomoda, porque obliga a repensar expectativas jamás escritas pero asumidas como ley natural: la disponibilidad permanente, la entrega emocional, el sacrificio convertido en moneda de cambio.

Esta generación no rechaza el trabajo ni la superación. Lo que rechaza es el desgaste como método y el agotamiento como virtud. Sabe decir “hasta aquí” sin necesidad de levantar la voz ni dar rodeos. Ha entendido algo que a las generaciones anteriores nos costó décadas asimilar: que los límites no son debilidad, sino una forma de preservar lo esencial. Y también nos enseñan a verlos. La ironía es que cuando hablamos de salud mental y, sin embargo, nos descoloca que la Gen Z la aplique de forma natural y consecuente.

La relación con la autoridad también ha mutado. El prestigio ya no es sinónimo de obediencia. La forma de baremar el prestigio no es autoritaria. Las jerarquías verticales pierden terreno frente a liderazgos horizontales basados en la coherencia, la escucha y la competencia real. De ahí que algunos discursos extremos encuentran terreno fértil porque, aunque sea paradoja, ofrecen claridad y simpleza donde abundan las ambigüedades. Conviene, no obstante, no subestimar a esta generación que, mientras es observada, también observa, evalúa y rectifica con rapidez. No se casa con nadie que no responda a los hechos.

 

Ellos no confunden sacrificio con valor ni agotamiento con debilidad"

 

En esta ecuación, ha aparecido un actor silencioso pero decisivo: el algoritmo. Cada vez más decisiones educativas, laborales, sociales pasan por sistemas automáticos que no entienden de matices ni de contexto. El algoritmo es el jefe callado, el evaluador invisible, indiferente a la salud física o mental. Ante esta deshumanización creciente, la literalidad funciona como un refugio. Un modo de reducir la exposición emocional en un entorno donde la comparación es constante y la vigilancia, permanente.

Quizá lo que más molesta de la Generación Z es que su modo de estar en el mundo revela nuestras contradicciones. Ellos no confunden sacrificio con valor ni agotamiento con debilidad. Entienden el cuidado -propio y ajeno- como civismo y nos recuerdan que llevamos demasiado tiempo sosteniendo un modelo laboral y vital que normalizaba la renuncia a uno o una misma como virtud, en aras al sistema. Como si el sistema fuese algo inmutable y no lo que es; una consecuencia de nuestra acción. Acción que es perfectamente modificable.

No estamos ante una generación silenciosa ni descomprometida. Al contrario: han descubierto que el primer acto de resistencia es hacer exactamente lo que se pide. Ni más. Ni menos. En ese gesto -tan simple, tan aparentemente inofensivo- reside una revolución de gran calado: la de quienes han aprendido a no negociar lo innegociable.

No heredan un mundo estable, pero sí poseen la lucidez, y la valentía, necesarias para rediseñarlo. Lo inteligente, quizá, sea dejar de interpretar su literalidad como desafío y empezar a verla como lo que es: un recordatorio incómodo de que los límites, cuando se ven y se nombran, protegen. Tal vez acompañarles, sin tutelas, sin épica de batallitas, y sin un ápice de nostalgia, sea nuestro gesto más claro de contemporaneidad: caminar con ellos, no detrás ni delante, sino a la altura de lo que viene.

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