Opinión

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Morir antes de hora

Publicado: 20/01/2026 ·07:32
Actualizado: 20/01/2026 · 07:32
  • Vista del lugar del accidente de los trenes que colisionaron cerca de Adamuz.
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Hay una idea que ronda en mi cabeza desde que conocí la magnitud de la tragedia ferroviaria en Córdoba, esa concatenación fatal de sucesos que ha helado la madrugada del lunes para tantas personas a las que la vida se les paró en ese páramo cordobés del que nunca tendríamos que haber sabido nada.

Las horas van pasando y resuena en mi interior la certeza incómoda que nos sugiere que las víctimas de esta tragedia -como las de tantas otras- empezaron a morir mucho antes de que los trenes se estrellaran.

No es -claro- una intuición brillante ni una reflexión especialmente alambicada, sino la manifestación de un desasosiego persistente, casi irrenunciable, que se impone, incluso, cuando uno, que escucha los datos, el dédalo de razones, el recuento creciente de víctimas y trata de mantener una cierta distancia del morbo y la curiosidad del superviviente, termina asumiendo el valor real de las vidas segadas en una fracción de segundo en la que todo falla para siempre, preguntándose cuánto hay de inevitable en una tragedia que se impone a los protocolos, las revisiones técnicas, las normas vigentes y a nuestra pequeña condición humana, manifestándose con toda su crudeza y nocturnidad en ese paraje andaluz en el que todo se detuvo para siempre.

Morirse poco a poco y antes de tiempo. No hablo del instante concreto, ni del impacto brutal ni de los factores multiplicadores del accidente, que serán analizados -ya lo sabemos- con el rigor que corresponde, discutido por los opinadores, los disidentes y los conspiradores y debatido en sus causas y consecuencias -hasta desnaturalizar el drama y la tragedia de los afectados- en las horas que vienen, cuando la serenidad y una cierta prudencia luctuosa consuetudinaria dé paso franco a los relatos, la rabia, el ruido y los intereses creados.

Contra toda esperanza, pues es duro asumirlo y hasta tramposo para quien así lo plantea, vamos entendiendo que las víctimas empezaron a dejar de vivir un poco cuando, tiempo atrás, ajenas al bloque fatal de causas y azares que se les iba a imponer, marcaron en rojo esa fecha en el calendario en la que encajar un compromiso laboral, en la que cerrar esa visita médica postergada, presentarse a una oposición, programar un viaje de un día con el padre para ver sufrir a Arbeloa en el Bernabéu o decidieron, con emoción y camaradería, que ese fin de semana – en lo que va de Huelva a Madrid– disfrutarían de esa comida con amigos a la que siempre vale la pena acudir, pese a los líos, el coste de la vida y los demandantes compromisos familiares.

Nos inquieta pensar que la maraña de causas y sus consecuencias fatales se enredó aún más después, cuando estas personas a las que ni conocíamos, con el calendario y el móvil en la mano proyectaron con naturalidad la hipótesis del trayecto en uno de los convoyes accidentados, cuando compraron el billete y eligieron asiento –o se lo eligió un algoritmo indolente– en uno de esos vagones fatales, plenamente inconscientes del drama venidero, de la espectacularidad del suceso y de la confluencia de desdichas en una recta perfecta de un punto kilométrico irrelevante en la tarde fría de un domingo de enero de 2026.

Cada vez que la muerte asoma con artefacto y poderes volvemos a pensar que nada hay más desconsolador que la conciencia de la propia fragilidad –y la de los tuyos– y nos rebelamos, con energía, frente a la inercia de este determinismo rampante al que no queremos abandonarnos en estas horas amargas, ahora que la prensa informada nos va recordando que la vida es lo que pasa entre el momento en el que diseñamos alguno de esos planes sencillos y su ejecución postrera, tantas veces contra la lógica imposible e inaceptable de las tragedias y sus amargas consecuencias.

Estamos bien, nos decimos, pues, al fin y al cabo, no estuvimos allí, y podemos escribir este pliego de descargo emocional sin heridas aparentes, pero no podemos evitar que los pensamientos se nos vayan a ese meandro del destino, a ese momento silencioso, inclemente y plenamente azaroso en el que todos empezamos a morirnos un poco, siendo parte protagonista de nuestra propia fatalidad al programar y ordenar el futuro con nuestras pequeñas decisiones y acudir impetuosos a su encuentro pensando en que lo insólito no sucede, en que la única forma razonable de vivir es hacerlo contra la especulación de lo extraordinario y lo singular, aunque haya hechos como el de esta madrugada que golpeen la chapa de nuestra vulnerabilidad y nos empujen a retomar conversaciones pendientes, neutralizar problemas y enfados menores y a perseverar en nuestras ilusiones modestas, buscando el abrazo y el calor de los que nos quieren.

Ahora que las horas pasan despacio para los familiares de los afectados y los desaparecidos, en ese preciso momento en el que espectacularidad está a punto de ceder el estrado al dolor y la intimidad del duelo, no deja de sorprendernos, acaso, la inevitable reacción que se repite en nosotros tras cada tragedia, ese pensamiento fulminante que nos atraviesa empujándonos hacia la ridícula y humana necesidad de recurrir al verbo condicional para desplegar conjeturas sobre lo que podría habernos pasado, para encajar la tentación de pensar que uno mismo cogió un tren esa mañana, que podría haber ido en ese viaje, en ese asiento, ese preciso día.

Aunque la probabilidad y la matemática se empeñen en demostrar lo remoto de nuestras hipótesis, queremos pensar, con una visión piadosa e indulgente, que es la angustia colectiva que compartimos frente a estos acontecimientos demoledores la que justifica el pecado de intimidad autorreferencial ante los dramas, esa pulsión por situarnos en el centro del suceso, ese mirar desde dentro los problemas, no por cálculo racional sino por la necesidad animal de aproximarnos cautelosos al dolor ajeno, de reducir la distancia que separa el suceso en la manada de nuestra propia experiencia, para terminar diciéndonos, aliviados, que seguimos aquí, que nada nos ha pasado y que, aunque sabemos ya que no nos pertenece del todo, la vida sigue siendo nuestra por derecho, tendones y musculatura, y un poco de voluntad y proyectos por hacer.

En ese movimiento hay, quizá, una forma discreta de espiritualidad, que no es la que nos quiere colocar el mainstream en una camiseta, una taza o el álbum de Rosalía; esa necesidad antigua de mirar hacia arriba –o hacia dentro– con dolor, con rabia y con un pálpito de esperanza, tratando de entender, o al menos de mantener a raya, la suerte que nos rodea sin quedar completamente sepultados por lo que tenga que suceder.

No lo dudamos ya. Las víctimas de hoy comenzaron a morir mucho antes del nefando impacto, pero nos queda el consuelo de creer que pusieron toda su humanidad, su ilusión y los trazos felices de una vida estimulante en las decisiones y eventos que las empujaron fatalmente hacia aquel tren. Murieron antes de hora, –sí– sin saber que ese día, en ese momento y en aquel lugar, lo imposible volvió a suceder, y ahí ya el destino se encargó de estrechar los márgenes hasta apretarlos dolosamente a su alrededor.

 

Descansen en paz

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