Laura Pérez: "No trabajo tanto el terror ni el misterio, sino la inquietud"

Cine

La autora valenciana se alía con Guillermo del Corral en un cómic construido sobre la inquietud, las elipsis y esa superposición de recuerdos, sueños y presente que atraviesa nuestra forma de mirar el mundo

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VALÈNCIA. Las historias que llevan la firma de Laura Pérez suelen cuentan tanto por lo que muestran como por lo que deciden ocultar. Se nota también en El iglú (Salamandra Graphic, 2026), el nuevo cómic que publica con guion de Guillermo del Corral y que, a cuatro manos, explora ese espacio intermedio; el de las preguntas que quedan abiertas, el de los recuerdos que contaminan el presente, el de los sueños que se mezclan con la realidad y el de los símbolos que no terminan de ofrecer una única lectura.

Lo hace a través de una la historia de un hombre que vuelve a la ciudad de su infancia, ubicada en Suiza, tras una ruptura. Allí se encontrará los fantasmas de su pasado, aunque el paisaje haya cambiado y apenas quede la nieve que le caraterizaba.

“A los dos nos gusta mucho plantear preguntas, pero no dar respuestas”,  justifica Pérez, en conversación con Culturplaza. Las elipsis atraviesan parte de la historia y dejan al lector ante situaciones que no terminan de explicarse. “Por más que quieras tener una respuesta o una solución a lo que te ha sucedido o lo que sucede, vas a tener una relativa: la tuya, la que tú te hagas, pero no es una verdad absoluta”, añade la autora.

La colaboración con Del Corral no fue inmediata. Cuando recibió su primera propuesta, Pérez seguía convencida de que no quería trabajar con un guionista. Desde que aceptó, finalmente, el proyecto tardó alrededor de un año en tomar forma definitiva y el guion fue modificándose durante ese proceso. “La propuesta que me hizo Guillermo al principio es muy similar, pero conforme fue pasando el tiempo se fue adaptando”, confiesa.

El trabajo terminó siendo más compartido de lo que podría sugerir la división habitual entre guion y dibujo. Ambos construyeron conjuntamente el storyboard (“lo hemos hecho al 70% en común”) y durante los años de desarrollo intercambiaron referencias estéticas, filosóficas y simbólicas. 

A partir de ahí entra en juego una parte fundamental de la manera de trabajar de Pérez: la improvisación. “No puedo cerrarlo todo en el mismo momento. Hay veces que estoy dibujando, sé lo que quiero contar, pero una viñeta me llama a hacer una página entera de algo que no tenía nada previsto”, explica.

El misterio humano

Pese a que El iglú se mueve entre fantasmas, recuerdos y simbología con ecos paranormales, Pérez insiste en que su territorio no es el terror. “No trabajo tanto el terror ni el misterio. Lo que trabajo es la inquietud”, remarca. Y es que, si bien recibe un montón de ofertas de los primero, para ella lo sobrenatural tiene que funcionar menos como género que como herramienta para hablar de la propia experiencia humana.

“Una de las cosas que también nos une a Guillermo y a mí es el interés por la psicología, el psicoanálisis y la profundización de la mente humana”, explica. El misterio que les interesa no está necesariamente en los fantasmas, sino en aquello que resulta difícil de explicar incluso cuando forma parte de nuestra propia vida. “Somos el gran misterio junto a todos los seres que nos rodean”, alumbra. 

En El iglú, el fantasma funciona como una representación de las distintas vidas que vamos dejando atrás: “Todo el mundo hace como un recap de su vida según las circunstancias que acontezcan en su vida. Siempre somos fantasmas del futuro”. La infancia, la juventud, las relaciones, las personas que desaparecen… Etapas que quedan incorporadas a una especie de archivo personal, y que se vuelven espectros cotidianos.

Es una mirada que conecta con la melancolía de Del Corral, aunque Pérez reconoce que su relación con el pasado es diferente; “soy más de mirada hacia adelante”. Aun así, reconoce que esa melancolía fue una de las cosas que más le interesó de su propuesta.

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Vivir en varios lugares a la vez

Otro lugar común a la hora de hablar de la obra de Laura Pérez es diferenciar los pasajes sobre sueños y recuerdos con el mundo real. Pero, en realidad, una de las marcas de la casa de la autora valenciana es contaminar las escenas de la realidad del poder onírico de esos sueños y memoria.

Se trata de representar un estado de “superposición de pensamientos”: “Tú ves un personaje, sabes que ese personaje está un tanto por cien ahí y otro tanto por cien en no-se-sabe-dónde”. Una idea que permite que incluso cuando la historia avanza, los personajes parezcan arrastrar todo aquello que no estamos viendo.

Los sueños llevan esa idea todavía más lejos. “Si ya nuestro cerebro, nuestra conciencia en la vigilia es un misterio, en los sueños lo es más”, apunta. Allí, paradójicamente, la atención puede concentrarse por completo en una única escena y “sin ninguna otra distracción”.

Simbología compartida

Los símbolos fueron otra parte del trabajo compartido con Del Corral. Durante los años de desarrollo del proyecto fueron intercambiando referencias e intereses comunes y algunos elementos terminaron convirtiéndose en piezas estructurales del relato. El zorro es quizá el más evidente.

“El zorro es un símbolo de la magia y de las cosas por venir”, explica Pérez. Aparece entre la nieve como “algo rojo que te observa” y acompaña al protagonista en distintos momentos de su vida. En todo caso, su significado tampoco queda completamente cerrado. 

Y es que la intención era precisamente evitar que el símbolo resultara demasiado obvio. Como ocurre con las elipsis, el zorro abre una puerta más que ofrecer una respuesta. La nieve, los animales, los recuerdos y los personajes se suman así a una historia en la que buena parte de lo importante ocurre también fuera de campo.

“Creo que plantear cosas sin respuesta siempre alimenta la imaginación de quien lo lee”, resume Pérez. Porque, al final, esa es también una de las posibilidades que ofrece el cómic: que una misma historia pueda ser distinta dependiendo de quién la lea y del momento desde el que la lee. Como la ventana de un iglú, que apenas permite ver un trozo de cielo que debemos completar con la imaginación.

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