VALÈNCIA. Su influencia es conocida en gran parte del imaginario de ciencia ficción actual, y reconocida como influencia por las hermanas Wachowski en Matrix y por James Cameron en Avatar. Pero son tantas sus adaptaciones, series y hasta videojuegos que Ghost in the Shell parece haber perdido, efectivamente, el alma. Por suerte la ha recuperado cuando menos lo esperábamos y de la forma más sorprendente: con humor, color, ligereza y estilo noventero.
Ya lo decía el personaje que parecía ser el villano de la película original de 1995, el Titiritero: “Ser humano significa cambiar continuamente. Al final, tu deseo de permanecer como eres es lo que más te limita”. Como los personajes de este universo creativo, que alteran su cuerpo tecnológicamente difuminando la línea entre la biología y la tecnología, Ghost in the Shell ha cambiado constantemente hasta devenir una de las series de animación más extrañas de los últimos treinta años.
Ahora, la obra creada por Shirow Masamune en 1989, estrena una nueva serie mucho más fiel al manga original que a la película que la hizo famosa en 1995. El estudio encargado del reboot, Science Saru, ha optado por retratar un mundo igual de barroco, pero mucho más colorido, con más humor y personajes exagerados y cartoon. Los personajes no citan a Hegel ni a Kant, ni sueltan largos monólogos existenciales, así que muchos han querido ver en ella una decadencia que no es tal. Estamos ante el resurgir de una saga que, con sus altibajos, es una de las más relevantes de la ciencia ficción contemporánea.

- La Mayor Motoko Kusanagi es la protagonista de la primera y oscura Ghost in the Shell de Mamoru Oshii. -
La película con la que empezó el culto
Si en los ochenta el ciberpunk se popularizó gracias a las obras y pensamiento de autores como Bruce Sterling, William Gibson y John Shirley, en Japón hubo dos autores esenciales en traducir el subgénero en imágenes: Katsuhiro Ōtomo con Akira y Shirow Masamune con Appleseed y luego The Ghost in the Shell, publicado regularmente entre abril de 1989 y octubre de 1991. No fue hasta 1995 que la película dirigida por Mamoru Oshii, al frente del proyecto del estudio Production I.G., catapultó la obra a la fama internacional, precipitando dos secuelas en manga hechas por el propio Masamune, una secuela cinematográfica llamada Ghost in the Shell 2: Innocence en 2004, dos series de animación completas, varias películas recopilatorias, tres videojuegos, un remake animado de la película en 2008 y cuatro películas de la saga Ghost in the Shell: Arise.
Ghost in the Shell narra la historia de un grupo de élite que persigue delitos informáticos en un mundo posterior a la Tercera Guerra Mundial en el que la pobreza material contrasta con la vida cibernética y las posibilidades tecnológicas de alteración del cuerpo humano. En Japón, la Sección 9, capitaneada por la Mayor Motoko Kusanagi —un cíborg con el cerebro y la médula humanos, y el resto del cuerpo artificial gracias a la biotecnología—, investiga a un hacker capaz de penetrar en la mente de gente conectada a la Red para provocar atentados.
¿Pero qué tenía la película de 1995 para generar ese culto sostenido en el tiempo? Lo cierto es que el éxito de la primera historia de la franquicia no tiene una sola explicación, pues ningún gran pelotazo cambia-industrias lo tiene. Con todo, podríamos apuntar a varios factores decisivos. Uno es el contexto histórico: la era dorada del anime, que empezaba a caminar en formato seriado y animado, vino de la mano de la ciencia ficción de series como Mobile Suit Gundam y Space Battleship Yamato, y empujó a jóvenes estudios como Madhouse o Production I.G. a apostar por el género. Pero la ciencia ficción muy popular en los ochenta con series de acción, humor y aventuras, perdió color debido a la recesión nipona en los noventa y se tornó oscura y pesimista.
Otro factor es que aquel Zeitgeist hizo que Ghost in the Shell en manos del animador Mamoru Oshii se transformase. En palabras del historiador y especialista David Heredia “Oshii fue el primero en transgredir los límites de la animación convencional y en alejarse de las fórmulas comerciales para ofrecer un producto más maduro y experimental en una época en que el anime apenas empezaba a consolidarse como un formato de interés en Japón”. Y otro factor es, sin duda, fue el particular tono que adquirió la primera historia de la Mayor Motoko Kusanagi, casi un thriller de acción con toques de noir y lenguaje de hacker que luego expoliarían las Wachowski en Matrix.

- Scarlett Johansson protagonizó el live-action Ghost in the Shell El alma de la máquina. -
La película con la que el culto se acabó
En 2017 llegó la decente, pero malograda Ghost in the Shell: El alma de la máquina. Hollywood ya llevaba muchos años mirando hacia el anime japonés para ofrecer adaptaciones rodadas con gente de carne y hueso de historias que habían probado ser un triunfo. Aquel año le tocó a Rupert Sanders, que venía de rodar para Universal otro nuevo ‘rebrand’ de una historia muy conocida en Blancanieves y la leyenda del cazador.
Ghost in the Shell: El alma de la máquina es una película interesante: el pesimismo de Oshii y la depresión del personaje protagonista generan imágenes perturbadoras y algunos hallazgos visuales en la versión de Sanders. Pero fue un sonoro fracaso comercial: costó 110 millones de dólares e hizo solo 170 en taquilla —para que una película empiece a ser verdaderamente rentable debe recaudar mínimo el doble de lo que costó—. Si tenemos en cuenta que la de 1995 había costado solo 10 millones e hizo 43 en cines, está claro que el exceso hollywoodiense le salió caro. Y además se enfrentó a una dura polémica por el whitewashing de la protagonista, que ya no era japonesa, sino un personaje interpretado por Scarlett Johansson.
Curiosamente, la polémica fue previa al estreno de la película, pues la ascendencia nipona del personaje tiene un interés clave en la trama de la película: la Mayor era una joven japonesa rebelde a la que, cuando trasplantaron el cerebro a una máquina, una malvada empresa convirtió en alguien heteronormativo y caucásico. El proceso de desracialización contribuye al personaje a sentirse un pez fuera del agua, para nada a gusto en su piel sintética. Y la historia, que por lo demás cuenta con elementos tanto de la película de 1995 como de la del 2004, en realidad es el proceso de transformación de la Mayor Mira Killian desmemoriada y sin raíces, solo una máquina de cumplir órdenes, en la Mayor Motoko Kusanagi reconciliada con su pasado y sus raíces.

- La nueva aproximación al universo Ghost in the Shell es colorida, graciosa y cachonda. -
La serie que plantea otra cosa
Lo cierto es que tras el salto a Hollywood, la franquicia vivió sus peores días. Netflix hizo otra serie llamada Ghost in the Shell: SAC_2045 y más tarde una película recopilatoria y otra estrenada en cines por Production I.G. Una animación horrenda y una falta de visión en sus set pieces de acción no consiguieron remontar el interés de un guion, por lo demás, interesante.
Lo que plantea ahora la serie de Science Saru no es solo una vuelta clara a los orígenes, por fundirse y dar vida a la estética del manga de Masamune, es una auténtica ruptura voluntaria en la dinámica oscura y pesimista que instauró Oshii. Lo que ahora plantea la serie dirigida por el artista Moko-chan es una serie de acción que, sin renunciar a la reflexión de lo que el ser humano es capaz de hacer con la tecnología, va más allá situando en el centro de la trama a la política internacional.
Y teniendo en cuenta la extraña proximidad que ahora sentimos por las distopías, cada vez más similares a nuestra realidad, la actual serie de The Ghost in the Shell plantea un debate esencial de nuestra época. Su desarrollo y los arcos de personajes nos presentan cómo una serie de losers modificados por la tecnología estrechan vínculos entre ellos para formar el equipo que conocemos llamado la Sección 9. Y a través del humor y la exageración nos sugiere que el problema real no es que las máquinas se conviertan en humanos y nos suplanten, sino justo lo contrario: que los humanos perdamos la empatía que nos caracteriza, convirtiéndonos en máquinas que hacen lo que sea por garantizar su supervivencia.