EL INTERIOR DE LAS COSAS / OPINIÓN

El calor de las castañas asadas

12/12/2022 - 

CASTELLÓ. Con el encendido de las luces navideñas en las ciudades, se ha puesto en marcha la principal cita anual dirigida al corazón y la memoria de las personas. Para algunos medios de comunicación ha sido una especie de competición, señalando al municipio que pulsara primero el botón de encendido. Con la diferencia de uno, dos ó tres días de este pasado mega puente festivo, se han ido encendiendo estas ornamentaciones urbanas. Castelló lo hizo el martes, y se llegó a escuchar en una emisora de radio que “por fin” Castelló ha encendido, además, sus “escasas” luces. En tiempos tan duros como los que estamos viviendo, este tipo de absurda presión mediática que, además, marca elementos navideños y propicia ridículas polémicas sobre si un árbol navideño es grande, pequeño, cutre, o hasta “amanerado”, nos está indicando el nivel de preocupación en ciertos canales de comunicación y sectores sociales. Asimismo, por un lado se cuestiona el exceso de gasto y por otro, se critica la escasez de iluminación. Este tema, como todos, vuelve a ser ignominiosa munición y manipulación de la derecha y su ultraderecha. Nada más. Alucinante. En tiempos tan duros sobra tanta frivolidad y tantas malas intenciones. 

Este mes, asimismo, es tiempo para el marketing que pretende construir y vender felicidad, ilusiones, encuentros, amor y un bienestar que no está al alcance de todas y de todos. Celebraremos, como siempre, los días navideños bajo la presión del entorno mediático y social. Pero, también, -hay que decirlo-, bajo cierta presión personal de cada cual que hemos ido acumulando en la memoria sensaciones navideñas entrañables, cocinadas frente a una chimenea donde se queman lentamente los troncos de carrasca, mientras nevaba al otro lado de las ventanas, al otro lado de los sentimientos que guardamos en algún lugar remoto de nuestras entrañas. Un tiempo plácido, imaginario y deseado. No obstante, y casi siempre, los recuerdos navideños acaban siendo un espacio temporal de heladas anímicas y de mucha tristeza.

Celebraremos estos días. Lo haremos siguiendo los cánones de las opíparas comidas y cenas, adornando las mesas y las casas con luces y colores, con nacimientos de niños Jesús, vírgenes María sumisas, de tantos San José erguidos, de demasiados ángeles anunciando la inmaculada concepción sobre las tablas de madera o de corcho, de un portal de Belén que, por cierto, no es lo que parece en la vida real cuando viajas a Palestina, a la ciudad de Bethlehem, y pasas allí la Nochebuena. He estado varias veces en el auténtico Portal de Belén la noche del 24 de diciembre. Y nada es lo que parece.

Desde entonces, la mejor escenificación de esta estampa católica es la que construye el actor Leo Bassi cada año. Un escenario de la ciudad de Belén ocupada por Israel, unos Reyes Magos que no pueden llegar al Nacimiento porque el control israelí, en uno de los muchos checkpoint de Palestina, les impide atravesar el muro de la vergüenza y separación que mantiene aislado al pueblo palestino, esos kilómetros malditos que rodean y aprisionan a mujeres y hombres campesinos, a quienes les han arrebatado la tierra y los acuíferos, un muro que maltrata, y asesina a jóvenes sitiados por las fuerzas de ocupación. Una realidad que desmonta con contundencia todo aquello que celebramos este mes navideño.

En este lado del Mediterráneo, seguimos celebrando cada año. Reivindicando y celebrando. Maldiciendo y celebrando. Añorando y celebrando. Sollozando y celebrando. Somos así. A pesar de tantas imposiciones que hemos criticado toda la vida, reservamos una especial atracción por las pautas y protocolos de este mes, porque, al final, la navidad es una de las mejores metáforas de nuestras vidas. Un tiempo indefinido que se mueve entre los recuerdos, los deseos y la cruda realidad. Un tiempo de cierta hipocresía social donde nos dejamos llevar por las rotundas e intermitentes luces, por sus notas musicales, por esos colores que presiden las casas. Un tiempo que, jodidamente, no puede vencer las sombras que nos persiguen. 

Los aromas de la Navidad nos persiguen. Ante una luz de colores, una composición navideña, sentimos profundamente el olor y sentimientos que producen los turrones, les pilotes de Nadal, y también las castañas que se tiran sobre las ascuas de un brasero, castañas asadas, un fruto que mi padre compraba en su regreso a casa del trabajo, desde Malasaña hasta el Puente de Segovia, en Madrid. Cucuruchos de periódico que guardaban aquellas castañas compradas en la Puerta del Sol, que calentaban las manos en los bolsillos de su gabardina, en aquellos inviernos gélidos, y que eran una fiesta especial cuando repartía una a cada uno de sus hijos. No he dejado nunca de asar castañas, su olor y sabor me siguen estremeciendo. 

 

Sí, sucede que seguimos temblando ante cualquier signo navideño, aunque odiemos el abuso de la publicidad, el exceso de consumo, la repetitiva e insoportable música de villancicos que suena en las calles. Pero, qué cosas,  se nos humedecen los ojos cuando volvemos a escuchar los anuncios navideños, vuelve a casa por Navidad, vuelve; cuando la publicidad nos muestra sencillas y grandes mesas familiares, cuando un enorme abuelo aprende todo sobre maquillaje para maquillar con gran ternura a un nieto, en medio de la cena navideña, manifestando que el amor todo lo puede. Esta es la consigna que nos venden. El amor todo lo puede. Y nos lo creemos. Qué cosas. 


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