La nave de los locos / OPINIÓN

El verano es para horteras

Cada verano es peor que el anterior. Es la estación plebeya del año. Parece que el calor lo justifica todo, incluida la mala educación de quienes no saben vestir como toca. En un tiempo de descamisados y horteras, la elegancia cobra mayor valor      

4/07/2022 - 

En el vagón de metro que me lleva al pueblo, todos los hombres visten con pantalones cortos, mostrando, en algunos casos, unas pantorrillas blanquecinas, peludas y muy poco edificantes para los niños, mientras al menos una cuarta parte de las viajeras jóvenes van tatuadas. Es martes por la tarde. No quiero pensar cómo será el paisanaje los domingos, ahora que las autoridades peronistas permiten viajar gratis ese día.

Se desprecian las formas, empezando por la ropa, cuando las formas lo son casi todo en la vida. Este vestir chabacano es marea incontenible que no conoce la vergüenza en sus promotores. En los últimos años ha alcanzado a los centros de trabajo. Así, por ejemplo, es habitual que una parte significativa del personal de los colegios y los institutos cubra su horario laboral en bermudas y calzado con sandalias franciscanas, cuando no con chanclas rematadas con la bandera brasileña.

No hace falta leer a Salvador Giner ni a otros prebostes de la sociología española para darse cuenta del cambio horrible de costumbres en nuestro país. La elegancia, como la educación, está mal vista. Lo que se estila es ir hecho un adán. Porque nadie quiere que le llamen reaccionario o pijito por ir bien arreglado al trabajo. La legión de descamisados crece sin cesar, a mayor gloria de Evita Perón. No se trata de ir acicalado como el conde de Grantham en Downton Abbey, son otros tiempos, cierto es, pero lo que estos ojos ven por la calle es a menudo muy repulsivo. Todo tiene un límite.  

Proletarización en el vestir

La proletarización en el vestir tiene en el verano a su mejor aliado. Como hace tanto calor, vamos a vestir cómodos, casi desnudos, sin el mínimo decoro, piensan algunos. Craso error. No he conocido una estación tan plebeya como el estío, además de mendaz, pues promete lo que no puede ofrecer. Las ilusiones veraniegas son de vuelo gallináceo, duran muy poco, hasta mediados de septiembre, cuando la luz de las tardes languidece y el principio de realidad vuelve a torcer nuestra voluntad.

“Intento resistir a esta ola de vulgaridad. Por ejemplo, me niego a tutear a un camarero, profesional que merece todos mis respetos”

A mi manera, yo intento resistir a esta ola de vulgaridad. Por ejemplo, me niego a tutear a un camarero, profesional que merece todos mis respetos. El tuteo es cosa de falangistas o comunistas. Pero, además, cedo el paso a una persona sin reparar en su sexo. Son lecciones aprendidas en la familia y la escuela de los años setenta, tan desfasadas como leer a Campoamor o defender la conveniencia de la repetición de curso para un alumno que no da palo al agua.  

Menos mal que aún hay gente que no ha sucumbido a la tentación de la camiseta con tirantes. Ahí está mi compañero Joseca Arnau. Defiende, como yo, que no hay ética sin estética. Hace unas semanas coincidimos en que uno de los signos de la decadencia de Occidente es el desprestigio de las corbatas. Casi nadie se las pone, y menos en verano, con la excusa de las altas temperaturas. Vana excusa que intenta justificar lo injustificable. Lo triste es que quienes han caído en esta tentación, prescindiendo de una prenda elegante e inútil, son los primeros que deberían dar ejemplo, es decir, los empresarios, los ejecutivos y los políticos conservadores.

Mal ejemplo de la derecha descamisada 

Nada hay más chusco que ver a un banquero o a un político derechista en mangas de camisa para transmitir falsa cercanía y forzada jovialidad. Ejemplos, lamentablemente, hay muchos. Los siniestros líderes del G-7, en la reciente cumbre de Alemania, se fotografiaron en traje pero sin corbata. Carlos Mazón, futuro presidente de la Generalitat, promociona su cambio tranquilo en camisa azul pálido y con las mangas arremangadas. Hasta Santi el Asirio acude a mítines con cazadora y sin corbata, como si viniera de una montería. Deberían aprender del ministro Garzón, tan dado a lucir traje y corbata en actos públicos. Nos recuerda a Santiago Carrillo, un dandi de quien cierta izquierda zarrapastrosa debería aprender. 


La corbata pasará pronto a la historia, como también los trajes y los zapatos castellanos, en esta España carbonizada de malas intenciones y políticos mediocres y malvados, en que el desierto avanza, en todos los sentidos. Pero no cabe ceder un palmo de tierra. Los horteras vencerán pero no convencerán. Con calor o sin él, en agosto o en febrero, defenderemos el buen vestir y, en determinados momentos y lugares, el uso de la corbata como complemento indispensable en varones elegantes.  

Ponerse un traje gris marengo, combinado con una corbata de pala estrecha, de color azul marino con rayas rojas, y calzarse unos zapatos del Ángel Infantes es una de las dos decisiones revolucionarias que uno puede tomar en un país gobernado por  plebeyos. La otra es votar al Partido Regionalista Manchego en las autonómicas. De estas dos decisiones estoy sumamente orgulloso.


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