La nave los locos / OPINIÓN

Genios y criminales

Es raro encontrar a un gran hombre que no haya sido criminal a su manera. De Julio César a Napoleón. Si figuras entre los vencedores, todo te será perdonado, pero ‘¡ay de los vencidos! No habrá piedad con ellos.

18/12/2023 - 

Hace dos semanas fui a ver Napoleón, la última película de Ridley Scott, porque Arturo Pérez-Reverte la ponía mal. El bucanero cartagenero nunca defrauda porque siempre se repite. Adopta al estilo de pistolero de las letras hispanas al que nos tiene acostumbrados. Dispara contra blancos fáciles, y acierta. Por previsible comienza a aburrirnos, como aburridos son los elogios que dedica al autor de Tierra firme, a quien compara ¡con un personaje de la Florencia de los Médici!

Pensaba encontrarme más gente en los Babel. La sala 4 donde proyectaron la película no llegaba a la media entrada. Era la segunda sesión de un sábado. Quizá las malas críticas explicasen el escaso público, o hubo una razón más importante: el cine de pantalla grande se queda sin espectadores, como los libros de papel sin lectores.

La verdad poética es distinta a la histórica, según enseñó Aristóteles. Napoleón carece de la primera y hace aguas en la segunda. La historia del corso, de sus campañas militares y de su relación amorosa con Josefina no da ni frío ni calor. Por mucho que el espectador ponga de su parte, no encontrará un destello de pasión en el militar mimado por la Revolución francesa ni en el amante de Josefina. 

Se ha escrito sobre las inexactitudes históricas de Napoleón. No voy a entrar en las tácticas militares, ni en los tipos de cañones ni uniformes de la época, porque no soy versado en la materia. Pero sí me gustaría dejar constancia de algunos errores mayúsculos. Así, por ejemplo, el actor Joaquin Phoenix tiene 49 años cuando interpreta al Napoleón treinteañero de la campaña de Egipto. Vanessa Kirby, la actriz que encarna a Josefina, tiene 35 años. En la vida real Josefina era seis años mayor que Bonaparte. De ahí que no pudiera tener hijos, razón esgrimida por el emperador para divorciarse de ella.

Los grandes hombres no pasan de moda

“EN UN MOMENTO EN QUE LAS DEMOCRACIAS HAN ENTRADO EN CRISIS, CIERTA GENTE VUELVE LA MIRADA A SOLUCIONES AUTORITARIAS”

Más allá del valor artístico que nos merezca esta película, de la que no se hablará en unos meses, me interesa destacar que los grandes hombres nunca pasan de moda. En un momento en que las democracias occidentales han entrado en una crisis al parecer irreversible, cierta gente vuelve la mirada a soluciones autoritarias y caudillistas. 

Napoleón es un personaje histórico controvertido. Para unos fue un tirano y para otros fue el introductor de las ideas de la Revolución en Europa. Fue un genio militar pese al descalabro de su campaña rusa; modernizó la Administración francesa e ideó los códigos legislativos que llegarían a países como España. Fue todo eso y algo más: fue un criminal. Sus campañas militares provocaron más de tres millones de muertos. La mayoría de ellos tenían familias, mujeres e hijos. Son muertos anónimos. Sus huesos descansan bajo tierra, en algún lugar de Austerlitz y Waterloo.

Muchos grandes hombres han sido criminales. No conviene confundir a un gran hombre con un buen hombre. El gobierno de los estados necesita a los primeros pero no a los segundos, según recordaba Talleyrand, ministro de Asuntos Exteriores de Bonaparte. Criminales que han merecido el juicio elogioso de la historia fueron Alejandro, César, Ricardo Corazón de León, Hernán Cortés y Simón Bolívar. El siglo XX es abundante en líderes sanguinarios. Hitler, Mussolini, Stalin, Pol Pot, Mao, Castro, Videla, Pinochet, etc. ¿Incluiríamos a Churchill y a Truman? Seguramente, no. Porque Churchill y Truman pertenecieron al bando de los vencedores. El primero ministro británico lo tenía claro: “La historia será generosa conmigo puesto que tengo la intención de escribirla”.

En efecto, la historia la relatan los vencedores. Las decenas de miles de muertos por los bombardeos aliados en Dresde, y los cientos de miles japoneses que perdieron la vida en Hiroshima y Nagasaki no tuvieron el derecho a ser oídos. Son una nota a pie de página de una historia escrita con la tinta roja de la sangre y la suciedad del fango.

El juicio de la historia es antojadizo

Por lo demás, el juicio que la historia reserva a sus protagonistas es antojadizo. Mussolini fue colgado por los partisanos en 1945, pero ¿qué decía Churchill de él en los años veinte, cuando no había dudas sobre su dictadura? “Si fuese italiano, sería fascista”. ¿Qué habría pasado si Hitler hubiera ganado la II Guerra Mundial? ¿El juicio negativo que tenemos del cabo austríaco sería el de hoy? Creo que no. Habría pactado el reparto de Europa con los ingleses, a quienes admiraba, y hubiese sido presentado como el salvador de Occidente, el que derrotó al comunismo asiático. El Holocausto, sin ser negado, hubiera sido obra de chivos expiatorios que actuaron a espaldas del Führer.

¿Y Franco? ¿Es la misma opinión que nos hacen tener hoy de él la que tuvieron el millón de personas que desfilaron para despedirse del dictador en el Palacio Real en noviembre de 1975? El juicio histórico de Franco tampoco es definitivo. Todo dependerá del futuro de España; de si el país acaba en el estercolero de la historia, o lo que es peor, transformado en una república confederal e islámica. Si así fuese, el juicio sobre Franco cambiará de manera sustancial. Entre la admiración de Ricardo de la Cierva y la condena de Ángel Viñas podría haber un término medio. Quién sabe.

Acabo con Mao (me gusta el cuello mao en las camisas). Cuando le preguntaron su opinión sobre la Revolución francesa, contestó que aún no había pasado suficiente tiempo para valorar su importancia. Hay que ser prudente en el juicio de los personajes históricos. Lo que nos llega de ellos rara vez se corresponde con la realidad. Son versiones interesadas y manipuladas. De Napoleón lo sabemos todo, es decir, nada. Lo único claro es que era bajito y le gustaba rodearse de generales con suerte. Pérez-Reverte, el bucanero cartagenero, escribió una novela corta sobre el corso. La tituló La sombra del águila. Literatura portátil, entretenida, para leer en un tren de cercanías mientras el revisor avisa de que ha habido otro problema con el fluido eléctrico.

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