el interior de las cosas / OPINIÓN

La memoria del jazmín

6/06/2022 - 

Con el mes de junio, la ciudad ya está consolidando su huida a la playa. De hecho, necesitar el servicio público de un taxi, el pasado sábado, al mediodía, y su regreso a primeras horas de la tarde, es un serio problema. La media de espera, en ambos movimientos, se sitúa en mas de una hora y en una hora, respectivamente. Una ciudad vacía no debe ser una ciudad sin servicios ni posibilidad de usar este transporte cuando, además, no puedes optar al autobús público porque tu cuerpo y el calor te dejan tirada. Los buenos taxistas castellonenses, que los hay y que me cuentan sus vidas y problemas, determinan que a partir de ahora, este servicio prioriza Benicàssim, de noche y de día, así como las noches del Grau. Quizás el Ayuntamiento de Benicàssim debería mojarse y abordar estos servicios de taxi castellonense.

El silencio, que he descrito en anteriores artículos, ya es un habitante más de Castelló, a pesar de que la ciudad sea viva, con numerosas actividades solidarias, humanitarias y sociales. Pero hay costumbres que no cambian jamás. En la finca que resido ya casi no quedan vecinas ni vecinos. Han abandonado la ciudad. Y en cuanto termine el curso escolar, el éxodo será total. Además, en los patios interiores de mi casa este sábado no se sentía el aroma de nada, ni sofritos, ni bebés llorando, solo el vacío.


Aunque no lo parezca, muchas personas permanecemos en la ciudad, sobre el calor que exhala del asfalto de las calles y que calienta las noches, respirando una desazón insoportable. Es ese tiempo en el que se para el aire (aprendí en Morella que hay unas horas, en la medianoche, en las que el viento se detiene). 

Este sábado, Lidia Sanchis Sorribes, colega periodista y profesora de Secundaria, publicaba en las redes sociales una imagen de esas calles estrechas, largas, amparadas por colgantes buganvillas, por jazmines que marcan el paso hacia el mar, plantas trepadoras de deseosos y eternos aromas. Con sus palabras y fotografías he captado ese aire y ese aroma. El jazmín ha vivido conmigo desde que naciera, es el olor del pasado y la memoria recuperada. La casa de mi abuela Pepica, en Gavarda, tenía una fachada cubierta por un jazmín enorme, trepador, envolviendo todas las habitaciones, acompañando los sueños, sobreviviendo hasta que la maldita Pantaná de Tous arrasó con todo.

El jazmín brota en mis entrañas, es el aroma de mi vida. Desde aquellos adornos con los capullos blancos, violeta y rosa que se cruzaban con una horquilla para adherirse a una coleta de pelo negro. Aquellas imperdibles, los alfileres que mi abuela preparaba cada día para que colgara de mis camisetas o vestidos. Y, cada noche, todos los días, aquellos recipientes de cerámica que se extendían por las mesas, repisas y habitaciones, con esos capullos diminutos, indefensos, que se abrían al anochecer. Son el aroma y la memoria de los tiempos de la felicidad, de la patria de la infancia, de la adolescencia. Quizás, la única patria. 

El olor que emana de esas calles estrechas, en muchas ocasiones producto de una mala urbanización de los tiempos del ladrillo, reúne a muchas generaciones en ese paseo hacia el mar, hacia la playa, aunque los aromas también han derivado en la emisión de alcantarillados mal planificados, construidos sin tener en cuenta las malas consecuencias. Hay muchos ejemplos en todas las cosas de este país autonómico.

La vida nos lleva, y nos devuelve. Cuando se inician los primeros calores, cuando el curso escolar se acaba, cuando la gente joven se enfrenta a su ciclo universitario, cuando la gente jubilada afronta un verano con infinitos planes, afrontamos un periodo distinto, con deseos de alejarnos de la maldita actualidad que nos afecta demasiado.

La invasión de Rusia en Ucrania ya es interminable. La Unión Europea mantiene una estrategia que, ojalá, desemboquen en la esperanza. Los EEUU, la OTAN, están creciendo peligrosamente. En el país del que formamos parte, la política es una suma de actitudes bipolares. Hay muchas cosas bien hechas, un descenso del paro sin precedentes, pero parece no servir de nada. La tensión social es creciente. La ansiedad común por saber qué va a pasar en las elecciones andaluzas es insufrible.

Todos los gobiernos están pendientes de estos resultados, de las predicciones de las encuestas, del peligroso ascenso de una ultraderecha que no ha hecho nada por este país, por esta autonomía y por sus ciudades. Nada, ninguna aportación constructiva, nada para mejorar la vida de las personas. Pero apuntan un aumento desmesurado. Y a la derecha de toda la vida, al PP, no le disgusta esta evolución.

La derecha está encantada con esta grave crisis. Ha comenzado la carrera electoral en todos los territorios y en todos los municipios. El PP en este país, en estas ciudades y comarcas castellonenses. nunca ha defendido el progreso y, ahora, se ha situado en modo electoral, junto a Vox. Haciendo ruido, generando confrontación, mintiendo e insultando. La estrategia es clara, si la derecha no gobierna es un hecho antinatural.

Perdieron las elecciones hace siete años y en este periodo han centrado su irresponsable oposición en recuperar un poder que, creen, les pertenece. Ahora caminan juntas y juntos con la ultraderecha. Un retrato certero que señala a las personas que todo el mundo conoce en nuestra ciudad y en nuestros pueblos. Y sin pudor, porque perdieron elecciones por gobernar para unos pocos, y por atesorar, como profesionales, unas cuantas formas de corrupción y prevaricación. Y sobran los ejemplos entre un Fabra y un Zaplana.

Regresemos a la realidad de las personas, a las emociones que cruzamos cada día, desde la rabia, la impotencia y el dolor, hasta la alegría de sentirnos seres humanos. La alegría de sentir y compartir, de estimar y de sentir tristeza cuando alguien nos deja. Este artículo está escrito, sentido, y dedicado a mi vecina de toda una vida, a Conxa Dolz, que hace unos días emprendió el vuelo más alto, ese adiós que nos deja a solas, pero que sentiremos bien adentro, en el fondo del corazón. Conxa era ese aroma del jazmín que nos recuerda la importancia de la vida y la estima.

(Conxa, ya sabes que hemos hablado varias veces de la buganvilla, y del jazmín de mi infancia, señalando que huele a la vida reprimida de esos países árabes en los que he trabajado. Yo te hablaba de ese olor compartido en el mediterráneo y tú me decías siempre, que era valiente. No lo era Conxa, me discutías y acabábamos hablando de la empatía y la estima por las personas más vulnerables de este mundo que tú atesorabas.)