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el interior de las cosas / OPINIÓN

Los últimos días de febrero

22/02/2021 - 

 El pasado 13 de febrero se celebraba el Día Internacional de la Radio. Siempre pienso en mi abuela ese día. Aquel aparato radiofónico era una caja de madera, con sus diales y sus botones de opción, que se exhibía sobre una repisa colgada de una pared del comedor. El tapete de ganchillo, que mi abuela debió tejer escrupulosamente, cubría aquel objeto mágico que emitía sonidos. Sobre el tapete había un San Pancracio con su siempre fresca ramita de perejil y su dedo señalando a la puerta de la calle, por donde entraba la suerte, según explicaba mi abuela, y también una pequeña torre Eiffel, un gallito de Portugal y un diminuto hórreo gallego, recuerdos de viajes familiares. Escuchábamos los informativos y las radionovelas de la Ser, RNE y poco más. Cuando nos sentábamos a la mesa, siendo pequeños, mi abuela apagaba la radio para que aquellos señores también pudieran comer. Y todos creíamos que era verdad, que en aquella enorme caja de madera vivían las personas que nos contaban historias.

"Madrid respiró profundamente aquella madrugada del 24 de febrero y la vida siguió como siguen
las cosas que no tienen mucho sentido".

La radio también trae recuerdos de aquella Radio Popular de Madrid en los primeros años ochenta; aún no había sido engullida por los fundamentalismos de una Cope que cambió la humilde sede del segundo piso de la calle Juan Bravo 49 por un noble edificio en Alfonso XI. Radio Popular pertenecía a la Conferencia Episcopal que presidió Vicente Enrique y Tarancón desde 1972 hasta el 23 de febrero de 1981. Justo el día 23. Un año después presentó su dimisión y se trasladó al retiro castellonense. La nueva dirección del Vaticano no defendía la democracia de este país como lo hiciera el cardenal. En 1983 le realicé una entrevista, en Castellón Diario, que revolvió los pilares eclesiásticos. Tarancón mostró toda su solidaridad con los homosexuales, destacando que el sida no era ningún castigo divino. En posteriores encuentros y entrevistas para Mediterráneo, descubrí a un ser sabio que había luchado por la democracia, que no tuvo reparos como antifranquista y que protegió a los movimientos cristianos obreros que, en Madrid y otras ciudades como Castelló, fueron espacios necesarios para combatir la dictadura.

Yo también tuve un 23-F, como toda mi generación. Aquella tarde, en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, estábamos en clase de Historia del Pensamiento Político de primer curso, en la planta baja. En cuanto se conoció la entrada de Tejero en el Congreso, salimos de clase saltando por las ventanas, recomendación que nos dio Constantino García, un excelente profesor e histórico activista antifranquista. No era posible subirse a un autobús ni usar el metro aquella tarde. Desde Moncloa y calle Princesa caminé hasta Alberto Aguilera donde todo el mundo se apresuraba, crucé Chamberí y llegué corriendo a Juan Bravo. Allí estaban mis compañeros de prácticas periodísticas que pensaron igual, pasar el trago en la emisora y apoyar el trabajo de Informativos. No tuvimos tiempo de casi nada. Un grupo de militares se instaló en Radio Popular obligando a conectar con Radio Nacional, su programación de música militar y la difusión de ‘partes oficiales’ y del bando de Milán del Bosch desde València. Los militares no se fueron hasta que todo acabó.

"Vivimos un momento contradictorio y delicado sobre la libertad de expresión, un derecho
universal y constitucional".

En el mismo edificio se encontraba la sede en Madrid de La Vanguardia y de la revista Gaceta Ilustrada. Esa noche compartimos fuertes experiencias, en la planta que ocupaba la sede de La Vanguardia. Una de ellas fue con la periodista, diputada del PSC y presidenta de la Fundación Internacional Olof Palme, Anna Balletbòembarazada de gemelos, a quien le permitieron salir del Congreso, siendo, además, una de las pocas personas que en ese momento habló directamente con el entonces rey Juan Carlos. Aquella tarde los míticos compañeros de Radio Popular se atrincheraron en el estudio principal y en los pasillos del archivo y discoteca. Pepe Villegas, Lola Pérez Collado, Moncho Couceiro, Tomeu Frau, Ramón Barba, Lolo Cantero, Paulino... y Rafael Ruiiz con quien trabajé más adelante, como unidad móvil, en el programa nocturno Carretera, cuando la radio es más compañera, dedicado a los transportistas, a los camioneros que pedían canciones, enviaban abrazos a sus familias y que entrevistábamos en las áreas de servicio y restaurantes de carretera.

Madrid respiró profundamente aquella madrugada del 24 de febrero y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, que cantara el vecino madrileño Joaquín Sabina. Tras aquel día, residir en un barrio militar se convirtió en un particular infierno. Un barrio tomado por Fuerza Nueva y un vecindario que maldecía al monarca, a las hijas e hijos rojos de algunos vecinos, y que siguió reivindicando un golpe de estado. Hoy, en ese mismo lugar de la ribera del Manzanares, y en otras zonas ultras de Madrid, siguen gritando y reclamando este país que “les pertenece” como herederos del franquismo. Las proclamas fascistas y los delitos de odio se multiplican en un escenario nada grato para el futuro. El partido ultraderechista del fascismo está creciendo sin piedad. Allí y aquí, implantándose en asociaciones de vecinos, en colectivos desencantados y vulnerables, boicoteando manifestaciones públicas, manipulando a sectores afectados por la pandemia, generando violencia, mentiras y confrontación.

En aquellos años ochenta las protestas eran una difícil rutina. La ultraderecha seguía asesinando, agrediendo, amenazando. Escuchar a una joven madrileña decir que el fascismo es la alegría de la vida debería ser castigado. Este partido está profundizando en esas brechas sociales que ha ido abriendo el PP durante años. La derecha de siempre, heredera de la época más oscura del siglo XX. Hace unos días, el periódico valenciano Levante publicaba una imagen de almendros y un pie de foto sobre la belleza de esta tierra en febrero. Almendros en flor que llenan nuestro paisaje castellonense. Esa fotografía revolvía todos los recuerdos. Y pensé en el colectivo Almendros, que llevaba meses preparando el golpe de estado y en El Alcázar, el periódico del franquismo y la ultraderecha, que publicaba una fotografía a finales de enero de 1981 con el título Los almendros florecen en primavera y con claves que informaban sobre el inminente asalto al Congreso.

"Los gobiernos tienen que defender las libertades y estar unidos ante este virus maligno del
fascismo que deben combatir para garantizar un futuro de democracia, derechos y justicia social".

Hay que recuperar y mantener viva la memoria. Porque de aquellos tiempos, y de otros anteriores, vienen estos nuevos tiempos. Los últimos días, en las redes sociales, las palabras escalofrío y miedo eran las más usadas para definir el reciente acto de la ultraderecha en Madrid negando el Holocausto y defendiendo el fascismo como el nuevo orden nacional e internacional. Indignación, rabia, ignominia y mucha tristeza son otras palabras a sumar en la definición del momento que vivimos y que está dañando nuestra convivencia y democracia. Y tiene que ver con la libertad de expresión, pero, sobre todo, con los delitos de odio. Vivimos un momento contradictorio y delicado sobre la libertad de expresión, un derecho universal y constitucional. Los gobiernos que nos gobiernan tienen que defender las libertades y estar unidos ante este virus maligno que deben combatir para garantizar un futuro de democracia, derechos y justicia social.

Y, mientras pasan estos días de desasosiego, indignación y poca fe, esta civilización ha llegado a Marte, el planeta deseado para quienes siempre nos hemos sentido ser marcianas y marcianos. Necesitamos respirar nuevos aires, correr entre nuevas alamedas que nos hagan libres, navegar por otros mares y elevar la mirada a cielos diferentes.

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