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Marina Sanmartín: "Cada vez veo menos amenazas para las librerías independientes"

La periodista, escritora y librera valenciana presenta estos días Desde el ojo del huracán (Ariel, 2023), una historia íntima de las librerías que arranca en la Antigüedad y culmina con el “cambio de chip” en el sector que trajo consigo la pandemia del siglo XXI

18/05/2023 - 

VALÈNCIA. Dice Marina Sanmartín (València, 1977) que no cree que existan muchos libreros millonarios, pero sí felices. Que la suya es una profesión esencialmente pasional, pero cuya supervivencia está condicionada por muchos otros factores que no tienen nada que ver con el romanticismo. Sanmartín cree, y esto es lo más importante de todo, que las librerías independientes tienen un bonito futuro por delante.

Autora de cinco novelas, entre ellas Las manos tan pequeñas (Premio a la Mejor Novela en el festival Valencia Negra del año pasado), Marina se formó como periodista pero se consagró a los libros. Actualmente es socia administradora de las librerías Cervantes y compañía en Madrid y Ponferrada. Antes, trabajó en la librería de Fnac Callao, en dos sucursales de TopBooks y en las librerías Bertrand de Zaragoza y Alcalá de Henares. Con toda esta experiencia a sus espaldas, debuta en la no ficción con Desde el ojo del huracán (Ariel, 2023), un libro en el que traza la historia de las librerías remontándose a la Antigüedad. Un relato entreverado de anécdotas personales y agudas reflexiones sobre el pasado, el presente y el futuro del libro y los pequeños comerciantes que los ponen a nuestra disposición.

-¿Qué define al buen librero?
-En primer lugar, y aunque parezca demasiado obvio, el librero tiene que ser un buen lector. Hay muchos compañeros que dicen que tienen tanto trabajo que ya no pueden leer, y eso es un error. En segundo lugar, el buen librero es alguien a quien le gusta mucho la gente. La empatía y la sociabilidad es fundamental en una librería. Hay que tener paciencia para escuchar y para contar historias. Para vender un libro, hay que saber contarlo. Y el tercer elemento definitorio es que el librero tiene que ser una persona sin prejuicios, con los mínimos posibles. No se puede juzgar antes de recomendar. Hay que hacer entender al mundo que la literatura y los espacios independientes no excluyen a nadie. Todo el mundo es bienvenido, y seguro que hay un libro para cada persona.

-¿Cuál es la diferencia entre el trabajo de prescripción de un periodista cultural y el que lleva a cabo un librero?
-Cuando escribo para un periódico siempre pienso en un lector tipo, en alguien bastante abstracto y neutro, pero la peculiaridad del librero a es que la recomendación que haces siempre es individual. El abanico de lecturas del librero es mucho mayor, porque tiene que conocer títulos que satisfagan a todo tipo de personas. Es un trabajo mucho más microscópico y personalizado que el del periodista.

-Entonces, ¿cómo organiza sus lecturas una librera para poder abarcar un espectro tan amplio?
-Depende. Por ejemplo, mi equipo está formado por personas con gustos diferentes; yo he leído bastante novela policiaca, pero mi compañera María tiende a otro tipo de libros. Entre unos y otros compartimos recomendaciones. Lo que llevamos a rajatabla es la sinceridad. Nunca le decimos a un cliente que hemos leído un libro si no lo hemos hecho. Nos jugamos mucho porque el cliente siempre vuelve para darte feedback. Esto nos lleva a otra cuestión que también sirve para responder a tu pregunta. Cuando una librería tiene ya mucho rodaje, el librero suele tener una serie de clientes habituales de los que se fía mucho, y que le permiten generar un acervo de recomendaciones que supera su propia experiencia. Los libreros aprendemos también mucho del diálogo con los clientes. Y en ese intercambio bidireccional, hay magia.

-Hablas del importante cambio de paradigma que se ha producido en el sector de las librerías a raíz de la pandemia.
-A partir del siglo XX y en lo que llevamos del XXI, las librerías ya no solo son lugares para la compra-venta de libros, sino un punto de encuentro capaz de generar cultura, mediante las presentaciones de libros y los clubs de lectura, por ejemplo. Hablar de lo que leemos es fundamental, porque hay tantas historias como lectores. Un libro nunca va a ser lo mismo para mí que para ti. En este sentido, las librerías independientes ejercen una labor muy importante, que en realidad ya tenían, pero de la que se han dado cuenta sobre todo gracias al apoyo que recibieron durante la pandemia. La gente se dio cuenta de la importancia del factor humano a lo hora de comprar un libro; el librero ofrece un tipo de servicio que no te puede dar una gran plataforma ni un algoritmo.

 -Hablemos de las iniciativas que nacieron durante la pandemia -en la Comunitat Valenciana destaca “Sentim les llibreries”, que fue impulsada en un principio por un pequeño grupo de autores y lectores vinculados a la cultura-.  ¿Permanece su efecto en 2023?
-Fueron muy efectivas y consiguieron que la gente se reencontrara con la lectura, que la utilizara como refugio y herramienta para “salir del encierro”. Es cierto que hubo un pico y luego un periodo de valle, pero lo importante es que ya no hemos vuelto al estado anterior a la pandemia. Ahora la gente lee más.

-En Desde el ojo del huracán subrayas cómo la pandemia llevó a las librerías independientes a vencer resistencias y a “cambiar el chip”, sobre todo en lo que respecta a la digitalización y a la conquista de nuevos espacios. ¿Qué futuro deparas al sector?
-Durante la pandemia ocurrió algo similar a cuando te estás ahogando en el mar e instintivamente subes a la superficie para tomar oxígeno. Las librerías se vieron obligadas a entender que la web no era un espacio destinado únicamente a las grandes plataformas y superficies. Antes se contaban con una mano las pequeñas librerías que tenían su catálogo disponible en internet, y ahora es justo al revés. También se han producido importantes cambios a nivel colectivo, como se vio claramente con la consolidación de la plataforma Todostuslibros, que ya existía, pero que no funcionó realmente hasta la pandemia. La decisión de las librerías independientes de hacer piña y concentrar su catálogo en un mismo lugar ha llegado para quedarse. Es irreversible. Otra consecuencia positiva es la conversión del librero en generador de contenidos, sobre todo a través de las redes sociales. Creo, sinceramente, que dentro de unos años se analizará este periodo como un salto importante dentro de la historia universal del libro y las librerías.

-En España han comenzado a impartirse cursos de posgrado para formar académicamente a los futuros libreros ¿Es importante este tipo de formación? 
-Sí, por el momento hay un máster de la Uned en Madrid y un curso en la Universidad de Barcelona, que yo conozca. Además, algunos másteres de edición editorial incluyen pequeños módulos de formación sobre librerías. Yo creo que esta tendencia irá a más a largo plazo. Leemos sobre todo noticias sobre el cierre de librerías pero, si miramos las estadísticas, observamos que cada vez son más las que abren. La profesión de librero se presta a este tipo de formaciones, sobre todo para cubrir aspectos prácticos que son esenciales para gestionar una librería. No todo es romanticismo.

-¿Hay que hacer muchas concesiones para encontrar ese equilibrio entre el romanticismo, que es esencial, y la necesidad de mantenerse a flote económicamente?
-A mí me encanta el halo de glamour del librero, pero si te dejas guiar únicamente por el romanticismo, la librería se hunde. Es necesario tener un punto de frialdad a la hora de gestionar el stock y tener en el fondo la conciencia de que, para determinadas cosas, un libro también es un producto. Para sobrevivir tenemos que ser capaces de desprendernos de libros que no vendemos, y de mantener otros que, aunque no nos gusten a nosotros personalmente, sí le pueden gustar al entorno en el que está la librería. Te pongo un ejemplo: en mi librería de Madrid tengo una sección enorme que se llama Madrid, con mapas y guías, porque vienen muchos turistas. En la de Ponferrada tengo una sección entera dedicada al Camino de Santiago, porque es una ciudad de paso de peregrinos.

-La buena gestión librera, comentas en tu libro, pasa por saber elegir con acierto qué muestra al lector, pero también por atreverse a prescindir de aquellos títulos que, tras un tiempo a la vista en los escaparates, no han encontrado dueño. ¿Qué margen de tiempo le dais a un libro para que justifique su presencia en las estanterías?
-Hay librazos que no se venden. Ocurre constantemente. Muchos buenos libros pasan sin pena ni gloria, mereciendo llamar la atención. Se publica mucho, demasiado, y muchos títulos pasan desapercibidos inevitablemente. Creo que para que el sector permanezca en pie, esta dinámica no se puede interrumpir de repente, pero también es cierto que el sector editorial se tiene que replantearse en algún momento este nivel estratosférico de publicación. Es un sistema que ahoga a los libros, a los que no se les da tiempo a mostrarse. Lo primero que tenemos que tener en cuenta que el librero tiene un espacio físico de venta muy limitado. Respondiendo a tu pregunta, si pensamos que un libro es muy bueno y queremos apostar por él, este puede quedarse en la librería entre seis meses y un año aunque no se venda mucho. Eso sí, se irá relegando poco a poco a espacios menos visibles dentro de la librería: de la mesa novedades y el escaparte, al banco y de allí a la estantería, donde la dificultad para que encuentre dueño es mucho mayor. El periodo de tiempo de mayor visibilidad es muy fugaz.

 -¿Cuál es el mayor peligro que se cierne actualmente sobre las librerías independientes en relación a las grandes superficies y los gigantes online? Por ejemplo, en el libro comentas la práctica de las grandes superficies de acumular stock de determinados títulos, de modo que cuando se agotan los ejemplares en las pequeñas, el público tiene que ir sí o sí a las grandes) 
-En España y en algunos otros países europeos, las librerías independientes tenemos a nuestro favor la baza de la ley del precio fijo, que nos facilita mucho el camino. Las grandes plataformas no pueden utilizar el precio como arma para competir con los pequeños. Yo, de hecho, cada vez veo menos amenaza. El secreto está en entender que jugamos en ligas distintas. Yo no soy competencia para Amazon, pero Amazon tampoco lo es para mí. Pueden conseguir que al cliente le llegue un libro en cinco horas, pero la experiencia de las charlas sobre libro y la prescripción de libros que no necesariamente tienen que ser similares a los que ya has leído, eso no lo da el algoritmo. El algoritmo, lejos de abrirnos el mundo, nos encierran en uno más pequeño. No nos facilita el descubrimiento de cosas nuevas, sino de las que son muy parecidas a lo que ya conocemos. En cuanto a la supervivencia del libro como objeto, creo que es un poco pretencioso pensar que nosotros veremos el fin del libro en papel, que ha sobrevivido durante milenios.

-Según cuentas, vives fuera de València desde hace muchos años, pero todavía visitas la ciudad a menudo para visitar a amigos y familia ¿Cómo ves el panorama de las librerías a nivel local?
-En València se encuentran algunas de las mejores librerías de España. A nivel personal, tengo una relación especial con Soriano. La primera librería de la que tengo memoria es la de la tienda de Gran Vía Fernando El Católico. Ahí es donde empecé a enamorarme de los libros. Y, sin lugar a dudas, una de las mejores a nivel nacional es Ramón Llull. Paco y Almudena son dos de los mejores libreros que conozco. Por su parte, Leolo es una referencia en España en literatura infantil. Otra que significa mucho para mí, por lo que tiene de especial, es Railowsky.

-¿Y las editoriales valencianas?
-Ahora mismo estamos atravesando un momento de bastante efervescencia, con Sargantana y Barlin, que me encanta y es pequeña, pero con bastante proyección nacional, y veteranas como Pre-Textos. Es curioso porque en el campo de la edición se está produciendo una descentralización muy importante. Mira sino el ejemplo de Logroño, con Pepitas de Calabaza y Fulgencio Pimentel.

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