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Cortita y al pie / OPINIÓN

Sí a la regeneración democrática

Foto: LORENA SOPÊNA/EP
10/05/2024 - 

El pasado 29 de abril, el presidente del Gobierno culminó su farsa introspectiva con una teatral comparecencia (sin periodistas ni preguntas, por supuesto) en la que soltó el último de sus bulos: a partir de ahora, él (¡sí, él!) va a liderar la regeneración democrática que España necesita. Sin despeinarse. En este país convertido en una tragicomedia por los delirios de grandeza y los desmanes de su presidente, semejante aseveración habría causado carcajadas, y no solo indignación, si no fuera porque aquella oculta de intenciones supone un salto cualitativo en su deriva autocrática, con unos objetivos claros y precisos: consolidar su poder personal y controlar y amedrentar a cualquier contrapeso democrático que le sea molesto y le pida cuentas.

Pedro Sánchez es el mayor responsable de la degradación de la vida pública. Es quien planteó erigir un muro contra la mitad de los españoles en su investidura, comprada mediante una transacción fraudulenta sin precedentes. Sánchez ha lanzado bulos y acusaciones falsas contra dirigentes de la oposición y sus familiares, convirtiendo el debate público en un lodazal. Ha hecho de la descalificación y la mentira (“cambios de opinión”) su sello personal. Se ha negado a dar explicación alguna sobre los escándalos que le rodean, convencido de que está por encima de la ley. Ha pisoteado la igualdad y la separación de poderes con la ley de amnistía. Ha intentado instrumentalizar todas las instituciones del Estado para ponerlas a su servicio, desde el CIS a RTVE. Ha roto los puentes con el constitucionalismo y ha abandonado la centralidad política con su deriva iliberal. Ha agitado la polarización con su política frentista para resucitar a las dos Españas y liquidar la concordia que trajo la Transición. 

Pues bien, con este historial tan poco edificante, Pedro Sánchez se propone ahora liderar un plan de regeneración democrática. Que nadie se engañe: no estamos ante un esperpento más de la factoría monclovita. Se trata de llevar a cabo una operación de “limpieza” que pone en la diana al Poder Judicial, a los medios de comunicación y a la oposición, que según Sánchez serían los responsables del “fango” y de la “crispación”. 

El secretario general del PSOE y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Foto: LORENA SOPÊNA/EP

España tiene un grave problema cuando el presidente del Gobierno no acepta la discrepancia, ni asume con normalidad el pluralismo político o las reglas básicas de convivencia en democracia. Como ha denunciado el presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, Pedro Sánchez quiere un país a su medida, con una Justicia sumisa que le garantice la total impunidad ante las investigaciones sobre la presunta corrupción que acorralan a su Gobierno, a su partido y a su entorno. De ahí las menciones al lawfare, su pretensión de controlar a los jueces, sus nombramientos partidistas en la Fiscalía General del Estado o en el Tribunal Constitucional, o los constantes e inaceptables ataques de los socios del Gobierno contra la independencia judicial. 

Pero su operación de vaciado de la democracia, un planteamiento típicamente orwelliano, no acaba en los ataques a la Justicia: se trata también de controlar y hostigar a los medios de comunicación privados que se nieguen a someterse al dictado del sanchismo. De ahí las graves acusaciones y el señalamiento a periodistas y medios y la amenaza de tomar medidas contra ellos, con la excusa de los “bulos”, en una agresión sin precedentes a las libertades de información y de expresión consagradas en la Constitución. 

Finalmente, la tercera pata del plan de regeneración de Sánchez quedó meridianamente clara en su comparecencia: el señalamiento continuo del discrepante al más puro estilo populista. Aquí la “limpieza” consiste en deslegitimar, criminalizar y parar los pies a la molesta oposición política (la “fachosfera” o directamente la “ultraderecha”), que tiene el atrevimiento de denunciar las fechorías y atropellos del Gobierno, en vez de ser complaciente y mantenerse dócil y calladita. 

Ante esta situación de decadencia y degeneración democrática que legítimamente indigna a tantos españoles, no puede cundir la desesperanza ni la resignación. La última palabra no la va a tener Sánchez, sino los españoles. Hay esperanza y hay alternativa para regenerar la democracia erosionada por el sanchismo.

El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo. Foto: GABRIEL LUENGAS/EP

Ya en enero de 2023, dada la degradación institucional, Alberto Núñez Feijóo presentó a los españoles y ofreció a Pedro Sánchez un proyecto de regeneración democrática con 60 medidas concretas, el Plan de Calidad Institucional, que no tuvo respuesta por parte del Gobierno.

Frente a las amenazas que se ciernen sobre la Justicia, la prensa y la oposición, Feijóo se ha comprometido a dar la batalla y ampliar dicho Plan para blindar la libertad de información, proteger a la Justicia del afán de control por parte del Gobierno, garantizar los derechos de la oposición y reforzar la trasparencia en el entorno de los presidentes para prevenir conflictos de interés. 

Como cualquiera puede imaginar, cuesta creer que Pedro Sánchez vaya a impulsar ni aceptar propuesta alguna de verdadera regeneración democrática porque entonces dejaría de ser presidente del Gobierno, pero sobre todo porque Pedro Sánchez dejaría de ser Pedro Sánchez.

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